Capítulo 1 La Cuenta Atrás
Martes, 1 de julio. 18:23. Piso de Jenn. Barcelona.
El último sobre de atún caducaba en tres días.
Jenn lo sostenía entre los dedos, mirando la fecha impresa en la etiqueta como si fuera un presagio. 04/07/2025. El mismo día que ella debería estar en el aeropuerto. El mismo día que su vida, según el plan, debía empezar a ser otra.
—No es una señal —dijo en voz alta.
El piso no respondió. Como siempre.
Tiró el atún a la papelera. Cayó sobre el suéter de Andrew, el que llevaba tres meses colgado en la silla del comedor como un recordatorio de todo lo que había perdido. El suéter que hoy, por fin, había decidido tirar.
—Idiota —se dijo a sí misma.
No sabía si el insulto era para Andrew, para ella o para el maldito atún caducado.
El piso olía a cerrado. A humedad. A tres días sin abrir las ventanas porque abrirlas significaba escuchar los gritos de los vecinos, el tráfico, la vida de los demás. La vida que ella ya no tenía.
Se acercó a la mesa del comedor. Su portátil estaba abierto, la pantalla en reposo con la foto de ella y Andrew en Sitges, dos veranos atrás. Él con gafas de sol, ella con el pelo mojado, los dos riendo como si la vida fuera una línea recta.
En esa foto, ella no sabía que él ya se estaba acostando con su hermana.
En esa foto, ella todavía creía en las segundas oportunidades.
Cerró la pantalla de golpe.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Sarah: He llegado. El microondas sigue funcionando. La vida sigue.
Sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi invisible.
Se sentó en el sofá. El mismo sitio donde había pasado los últimos tres meses viendo Netflix sin verlo, comiendo delivery sin saborearlo, esperando un mensaje que nunca llegaba. El cojín derecho aún conservaba la forma de su cuerpo.
El móvil vibró otra vez.
Melissa: ¿Ya has hecho la maleta?
Jenn: No empieza hasta el jueves.
Melissa: Y hoy es martes. Eso significa que tienes 48 horas para procrastinar. Yo ya he hecho la mía. Incluye tres bikinis, dos vestidos que no me pongo nunca y un neceser con cosas que no sé para qué sirven.
Jenn: Eres un caso.
Melissa: Soy eficiente.
Karen: ¿Alguien ha leído la letra pequeña del concurso?
Melissa: Karen, estamos en un jet privado. No hay letra pequeña. Hay champán.
Karen: Eso es exactamente lo que diría alguien que va a ser víctima de una estafa piramidal.
Jenn: Karen, relájate.
Karen: Soy abogada. Relajarme es mi antítesis.
Jenn guardó el teléfono. Necesitaba silencio.
Pero el silencio no le daba tregua.
—Tres días —dijo en voz baja.
Su voz sonó extraña en el vacío del piso. Distorsionada. Ridícula.
Se levantó y fue a la cocina. Abrió la nevera. Sólo había cervezas, una leche caducada y un limón que ya estaba empezando a encogerse.
—Voy a Bélgica —dijo, como si necesitara convencerse a sí misma—. A un festival. A un país nuevo. A olvidarme de Andrew. De mi hermana. De mi puta vida.
Cerró la nevera.
El ruido del motor vibró en el silencio del piso.
Se quedó allí, de pie, en la oscuridad de su cocina, sintiendo cómo las paredes se cerraban a su alrededor. Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas desde que Andrew se fue. Y aún así, su ropa seguía allí. Su olor. Su ausencia.
El móvil vibró de nuevo.
Karen: He investigado. Rampage Open Air. Lommel, Bélgica. 3 al 6 de julio. 60.000 asistentes. 7 escenarios. Más de 300 artistas . Es el festival de drum & bass y dubstep más grande del mundo. El año pasado batieron su récord: 66.000 personas . La organización espera repetir este año. Tiene un parque de atracciones con coches de choque, un skatepark, una zona de juegos arcade y una tienda abierta 24 horas .
Jenn leyó el mensaje tres veces.
60.000 personas. Siete escenarios. Más de trescientos artistas . Una tienda abierta 24 horas.
Sonó otro mensaje.
Karen: El 65% de los asistentes son de fuera de Bélgica. Han llegado de 75 nacionalidades. Incluidos 300 australianos y 600 estadounidenses . Esto no es un festival, Jenn. Es un fenómeno.
Jenn sintió un escalofrío que no era de frío.
Un año entero de su vida había sido un agujero negro. Andrew. Su hermana. La foto del anillo en Instagram. El diamante que ocupaba media pantalla. La sonrisa de su hermana, la muy zorra, con la mano bajo la barbilla, posando como si hubiera ganado un premio.
Y ella, viéndolo desde su piso vacío, con el teléfono en la mano, preguntándose en qué momento su vida se había convertido en una broma de mal gusto.
El móvil vibró. Una llamada. Melissa.
Jenn descolgó.
—Dime que has hecho algo ilegal —dijo la voz de Melissa al otro lado—. Necesito entretenerme.
—No he hecho nada. Estoy en casa.
—Mierda. ¿Y las cosas emocionantes? ¿Los gritos? ¿Los llantos?
—Melissa, son las seis de la tarde.
—Eso no es excusa. Podrías haber matado a alguien y luego arrepentirte. Eso sería emocionante.
—No he matado a nadie.
—Qué lástima. Yo llevo quince minutos en el trabajo y ya he pensado en incendiar la tienda.
—¿La tienda de lencería?
—Sí. Los bomberos tienen buen tipo. Siempre van con la adrenalina alta. Y con la manguera lista.
—Eres un caso.
—Soy un caso con buen gusto.
Jenn sonrió. La primera sonrisa del día.
—¿Has visto el correo? —preguntó Melissa.
—No. No he abierto el correo en tres días.
—Pues ábrelo. Ahora. Te va a interesar.
—¿Qué es?
—Rampage Records. El festival. Han mandado la confirmación. Y algo más.
—¿Algo más?
—Te va a gustar. O no. Depende de si estás dispuesta a flipar.
Jenn escuchó el clic. Melissa había colgado.
Abrió el correo.
Miles de mensajes basura. Promociones de tiendas donde nunca compraba. Ofertas de seguros. Un correo de su madre, que Jenn no abrió. Y uno de Rampage Records.
El asunto decía: "¡FELICIDADES, GANADORA!"
Estimada Jennifer,
Nos complace informarte que has resultado ganadora de nuestro sorteo de Instagram. Tú y tres acompañantes han sido seleccionadas para asistir al Rampage Open Air 2025, en Lommel (Bélgica), con un paquete VIP que incluye:
— Vuelos privados ida y vuelta.
— Alojamiento en suite presidencial.
— Pases todo acceso para las cuatro jornadas.
— Encuentro con los artistas.
— Cortesía de Rampage Records.
¡Te esperamos!
Jenn leyó el correo tres veces.
Luego lo reenvió al grupo de WhatsApp.
Jenn: ¿Esto es real?
Sarah: Parece real. He visto el nombre. Rampage existe.
Karen: He investigado. Rampage existe. Es el festival de bass más grande de Europa . 60.000 asistentes . 4 días. Más de 300 artistas . Es real.
Melissa: LO SABÍA. LO SABÍA. SE LOS DIJE. MI FOTO EN BIKINI ME DIO ESTO.
Jenn: Tú no subiste ninguna foto en bikini.
Melissa: Exacto. Por eso es un milagro.
Karen: Voy a revisar la letra pequeña. Esto es demasiado bueno para ser verdad.
Jenn: ¿Irían?
Silencio.
Luego, tres respuestas casi simultáneas:
Sarah: Sí.
Melissa: Ayer.
Karen: Ya pedí los días en el bufete.
Jenn miró el techo otra vez.
El piso seguía vacío. El suéter, en la papelera. Andrew, en la foto de Instagram. Su vida, un agujero negro de tres meses.
Pero ahora había algo más.
Un festival. Cuatro días. Sesenta mil personas. Siete escenarios. Una tienda abierta 24 horas y más de 300 artistas .
—¿Por qué no? —se dijo a sí misma.
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Martes, 1 de julio. 21:07. Casa de Sarah. Hospitalet.
Jenn no recordaba la última vez que se habían reunido las cuatro en casa de Sarah.
El piso de su amiga olía a incienso y a jabón de hospital. Sarah trabajaba en urgencias, y aunque nunca hablaba de los casos, algo de ellos se quedaba pegado a su ropa, a su cabello, a la forma en que miraba a los demás.
Estaban sentadas en el suelo de la sala, alrededor de una mesa baja cubierta de papas fritas y cervezas. Melissa se había instalado en el sofá como una reina, con las piernas cruzadas y un cigarrillo electrónico colgando de los dedos.
—No me digas que vas a soltar un discurso —dijo Melissa.
—No es un discurso —respondió Jenn—. Es una pregunta.
—Las preguntas son discursos disfrazados.
—¿Puedes callarte dos minutos?
—No. Pero lo intentaré.
Jenn miró a sus amigas.
Karen estaba sentada en la alfombra, con la computadora abierta y la cara de abogada en modo investigación. Sarah estaba a su lado, con una cerveza sin abrir y la paciencia de quien ha visto morir a gente y sabe lo que realmente importa.
Melissa las miraba a todas con una sonrisa de gato satisfecho.
—¿Por qué deberíamos ir? —preguntó Jenn.
Karen levantó la vista de la computadora.
—Porque he investigado. Es real. Rampage Records pertenece a un tal Michael Williams. El festival es el Rampage Open Air, en Lommel. Más de 300 artistas en siete escenarios . El año pasado hubo 66.000 asistentes . Los headliners son Becky Hill, Excision, Hybrid Minds, REZZ, Dimension, Wilkinson y Andy C, que va a hacer un set de tres horas el jueves . No es una estafa.
Jenn sintió que la información se le clavaba en el pecho.
Trescientas personas había visto ella en su puta vida. Trescientas, como mucho. Y allí iban a haber trescientos artistas . Setenta y cinco nacionalidades distintas . Gente de Australia, de Nueva Zelanda, de Estados Unidos .
Y ella, Jennifer Taylor, que llevaba tres meses sin salir de su piso, iba a estar en medio de todo eso.
—No preguntaba si es real —dijo Jenn—. Preguntaba por qué deberíamos ir.
—Porque no tenemos nada mejor que hacer —dijo Melissa.
—Tú siempre tienes algo mejor que hacer. El lunes te estabas acostando con un reponedor del supermercado.
—Y era bueno. Pero no es Bélgica.
—No me refiero a eso —dijo Jenn, apoyando los codos en las rodillas—. Me refiero a… ¿por qué nosotras? ¿Por qué nos eligieron a nosotras? De las miles de personas que debían haber participado en ese sorteo. ¿Por qué a nosotras? No hemos ganado nada en nuestra vida.
—Es un sorteo —dijo Karen—. Un algoritmo. Aleatorio.
—No dije que haya conspiración. Digo que no confío en las cosas buenas que caen del cielo.
Sarah habló por primera vez.
—¿Y si no es del cielo? ¿Y si es del infierno?
Todas la miraron.
—No lo digo por el festival —continuó Sarah—. Lo digo por ti, Jenn. Llevas tres meses sin salir de tu piso. Sin reírte. Sin hacer nada que no sea mirar el teléfono de Andrew. Y te juro que si vuelves a hablar de él en esta conversación, te tiro la cerveza a la cara.
—No miro su teléfono.
—Miras sus fotos. Es lo mismo.
Jenn apretó la mandíbula.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Ir a un festival en Bélgica con sesenta mil desconocidos y fingir que estoy bien?
—Sí —dijo Sarah. Sin piedad. Con la voz plana de quien ha tenido que decir cosas peores a familias en una sala de espera—. Eso es exactamente lo que tienes que hacer.
—El viaje no es para huir de Andrew —dijo Sarah—. Es para recordar quién eres sin él. Y si no te gusta la persona que eres, para construir una nueva.
—Uy —dijo Melissa—. Eso fue profundo. ¿Quién te escribió el guión?
—Cállate.
—No. Ahora va a llorar y voy a tener que abrazarla, y a mí no me gusta abrazar.
Jenn rió. Fue una risa pequeña, escapada, como una burbuja que sube a la superficie.
—No voy a llorar.
—Lo harás. Pero te espero.
Karen cerró la computadora.
—He revisado los vuelos. Si aceptamos, salimos el jueves. El festival es de jueves a domingo . Llegamos el jueves por la mañana para instalarnos.
—¿Y el trabajo?
—Pedí vacaciones —dijo Sarah.
—Yo me inventé un funeral —dijo Melissa.
—¿Qué funeral?
—El de mi tía abuela. La que ya murió hace tres años.
—Eso es ilegal —dijo Karen.
—Es picaresca. Hay diferencia.
Jenn las miró.
Sus tres amigas. Karen, la abogada que trabajaba ochenta horas a la semana y nunca se quitaba el reloj ni para dormir. Melissa, la dependienta de una tienda de lencería que se acostaba con cualquiera que le hiciera reír más de diez minutos. Sarah, la enfermera que veía morir gente en urgencias y aún así creía en la vida.
Todas estaban rotas a su manera.
Y aun así, estaban allí.
—Bien —dijo Jenn—. Vamos.
Melissa levantó la cerveza.
—¡Por Bélgica!
—¡Por Bélgica! —corearon las demás.
Y bebieron.
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Miércoles, 2 de julio. 09:45. Oficina de Karen. Barcelona.
Jenn no había dormido bien.
El piso seguía vacío. El suéter seguía en la papelera. Andrew seguía en Instagram.
Pero ahora había algo más: un correo. Un boleto. Una promesa de algo distinto.
Llamó a Karen.
—Necesito que me digas algo.
—Dime.
—¿Crees que esto es normal?
—¿El viaje?
—Todo. Que nos haya tocado. Que sea tan fácil. Que sea tan… perfecto.
Karen se rió. Una risa corta, profesional, de abogada que ya ha oído esa pregunta cien veces.
—Nada es normal, Jenn. Pero a veces lo normal no es lo que necesitas.
—¿Y qué necesito?
—Algo que te haga sentir viva.
Jenn se quedó callada.
Karen tenía razón. Llevaba tres meses sintiéndose muerta. Y Bélgica, con sus sesenta mil personas y su música que vibraba en los huesos, no era un escape. Era una resurrección .
Jueves, 3 de julio. 06:00. Aeropuerto de El Prat. Barcelona.
El aeropuerto estaba vacío a esa hora.
Las tiendas cerradas. Los pasillos iluminados con esa luz blanca y fría de los sitios donde nadie quiere estar a las seis de la mañana. Jenn caminaba con la maleta de ruedas, las ojeras marcadas y el café del aeropuerto en la mano.
—Veintidós minutos —dijo Melissa, señalando su reloj cuando la vio llegar a la puerta de embarque B27.
—El tráfico.
—Mientes. Sabemos que no tienes coche.
—El metro.
—Mientes más. El metro pasa cada cinco minutos.
—Vi un gato.
—Ahora mientes peor.
Jenn dejó la maleta en el suelo. Sarah sonreía con esa paciencia de enfermera que todo lo soporta. Karen miraba el móvil, revisando por enésima vez la documentación del concurso.
—¿Dónde está el avión? —preguntó Jenn.
—No hay avión —dijo Karen—. Es un jet privado.
—¿Cómo? —Jenn se giró hacia ella—. ¿Un jet privado?
—Sí. El tipo ese de Rampage nos puso un jet privado. Incluido en el paquete. Y lo que no te he dicho porque quería asegurarme antes: el festival espera 66.000 asistentes este año. Han ampliado el camping, han añadido un día extra, hay una nueva zona de glamping y el jueves ya es jornada completa .
—¿Y el que ha organizado todo esto? —preguntó Sarah, que había estado en silencio hasta ahora.
—Un tal Michael Williams —respondió Karen—. Es el CEO de Rampage Records. Fundó el festival hace años. Los belgas lo llaman "Mister Rampage" . Y según he podido rastrear, este año han conseguido que Andy C haga un set de tres horas solo para la apertura . Eso no es casualidad.
—¿Qué quieres decir?
—Que alguien con mucho dinero está detrás de esto. Y ese alguien nos ha elegido a nosotras.
—Soy abogada, Jenn. Confiar no es mi fuerte. Pero he mirado todos los papeles. Todo es legal. Lo que no sé es por qué hemos tenido tanta suerte.
Jenn sintió un escalofrío que no era de frío.
—Vamos —dijo.
Pasaron el control. Subieron las escalerillas. El interior olía a cuero nuevo y a dinero que quema. Ocho asientos reclinables, alfombra gruesa, ventanillas polarizadas. Una azafata de sonrisa profesional les ofreció champán.
—Champán —dijo Melissa, cogiendo la copa.
—Es cava —corrigió Sarah.
—Da igual. Tiene burbujas y cuesta más de veinte euros.
Jenn se sentó junto a la ventanilla. Vio las luces del aeropuerto haciéndose borrosas. El avión despegó, y con él, todo lo que había sido su vida en los últimos tres meses.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Andrew: "¿Seguro que no quieres venir a la boda? Mi hermana estaría encantada."
Jenn leyó el mensaje. Lo leyó otra vez.
Y luego lo borró.
No contestó. No bloqueó. Solo borró.
Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla y cerró los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Sarah a su lado.
—Voy a estarlo —respondió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no tengo otra opción.
El avión subió. Barcelona se hizo pequeña. España se hizo pequeña. Todo lo que conocía se fue haciendo cada vez más diminuto hasta desaparecer en el azul del cielo.
Y por primera vez en tres meses, Jenn no sintió miedo.
Sintió algo parecido a la esperanza.
—Tres días —susurró.
—¿Qué? —preguntó Melissa.
—Tres días para pecar.
