Capítulo 1 Tres Meses de Silencio

Jenn miró la lata de atún. La fecha de caducidad: 14 de junio. Hoy. El mismo día en que su vuelo salía de El Prat a las once de la mañana.

No había vuelo. No había maleta. Solo ella, el atún caducado y el silencio de un piso que olía a cerrado y a ropa vieja.

El suéter de Andrew seguía colgado en el respaldo de la silla de la cocina. Gris, de lana merina, con un pequeño agujero en el codo izquierdo que ella le cosió tres navidades atrás. No lo había movido en tres meses. Tampoco la foto en la pantalla del portátil: los dos en Sitges, sonriendo con copas de cava barato, el mar detrás difuminado por el sol. Ella con el pelo largo. Él con la barbilla apoyada en su hombro.

Ocho años. Ocho años para que él se fuera con su hermana. No una aventura. No un desliz. Se mudaron juntos a Madrid la semana después de dejarla en el portal con dos maletas y la llave del buzón en la mano.

—Te quiero, Jenn. Pero la quiero a ella de otra forma —le dijo él en el pasillo, sin mirarla a los ojos.

Su hermana le envió un WhatsApp tres días después: una foto de los dos en la Puerta del Sol, bocadillo de calamares en mano, anillos en los dedos. Felices. De verdad.

Jenn no contestó. Bloqueó a los dos. Tiró el móvil al cajón de las sábanas y no salió del piso en noventa días.

El timbre sonó. Luego el móvil vibró sobre la mesa. Tres mensajes a la vez.

Sarah: "Si no abres la puerta, llamo a los bomberos. Y a tu madre."

Melissa: "Traigo vino. Y tortilla de patatas de la tienda de la esquina. La buena."

Karen: "Abro con la llave que me diste en 2019. Si estás desnuda, problema tuyo."

Jenn se levantó. Las piernas le temblaban un poco. Abrió la puerta.

Sarah entró primera. Enfermera de urgencias, treinta y dos años, ojeras permanentes y una boca que no conocía filtro. Melissa detrás, dependienta en Zara, veintisiete, el pelo teñido de un rojo que cambiaba cada mes. Karen la cerraba, abogada corporativa, treinta, traje impecable a las ocho de la tarde un viernes.

—Viva la novia —dijo Melissa, dejando la bolsa sobre la mesa—. ¿Seguimos de luto o ya podemos respirar?

—No es luto —respondió Jenn, cerrando la puerta—. Es... pausa.

—Pausa se llama lo que haces en el gimnasio entre serie y serie —Sarah le arrebató la lata de atún de la mano, la miró, la olió—. Esto huele a pescado muerto. Igual que tú.

—Gracias, Sar.

—De nada. Dúchate. Te esperamos en el sofá con el vino.

Jenn fue al baño. El agua caliente le golpeó la espalda, le bajó por las cicatrices que no se veían. Se frotó la piel hasta que dolió. Se lavó el pelo tres veces. Se miró al espejo: ojeras, mejillas hundidas, el corte de pelo que se hizo ella misma con tijeras de cocina y que parecía un mapa de carreteras.

Vale. Vale.

Se puso vaqueros negros, una camiseta blanca, la chaqueta de cuero que no se ponía desde el concierto de Rammstein en 2019. Se ató el pelo en una coleta alta. Se miró otra vez.

No es la misma. Pero está aquí.

En el salón, Karen tenía el portátil abierto. Melissa servía vino en vasos de agua porque "las copas están sucias, Jen, ¿cuándo fregaste por última vez?". Sarah scrollaba en su móvil.

—Mira lo que he encontrado —dijo Karen sin levantar la vista—. Rampage Open Air. Bélgica. Festival de hardstyle. Tres días. Vuelos privados, suite presidencial, pases VIP, todo pagado.

Jenn se sentó. Aceptó el vaso.

—¿Desde cuándo te gustan los festivales? —preguntó Melissa—. Tú escuchas a Serrat.

—Desde que he ganado un sorteo que no recuerdo haber entrado —Karen giró la pantalla—. Mira el correo. Confirmación de ayer. Nombre: Jennifer Martín. DNI: 47.892.103-K.

Jenn leyó. Estimada ganadora: Enhorabuena. Ha sido seleccionada para la experiencia Rampage Open Air 2024. Vuelo privado desde Barcelona el 14 de junio a las 11:00. Regreso el 17 de junio a las 22:00. Alojamiento en suite presidencial del Hotel Amigo, Bruselas. Acceso total a backstage, afterparties y zona VIP. Contacto: William V. +32 4XX XX XX XX.

—¿William V.? —Sarah alzó una ceja—. Suena a villano de película mala.

—O a multimillonario aburrido —Melissa bebió un trago largo—. ¿Qué hay que hacer? ¿Sonreír? ¿Bailar? ¿Follar?

—El correo no lo especifica —Karen cerró el portátil—. Pero dice "experiencia exclusiva para ganadores seleccionados". Plural.

—¿Cuántos ganadores? —preguntó Jenn.

—No lo dice. Pero hay cuatro plazas en el vuelo. Y la suite tiene cuatro camas.

Silencio. Las tres la miraron.

Jenn miró el vino. El suéter gris en la silla. La foto en el portátil. Los tres meses de atún caducado y persianas bajadas.

—Voy —dijo.

Sarah sonrió. De verdad. Con dientes.

—Me cago en la puta, sí que vas.

—Las cuatro —Melissa brindó con su vaso—. A Bélgica. A pecar. A lo que sea.

Karen chocó su vaso contra los demás.

—A vivir. Que ya toca.

Jenn bebió. El vino era barato, amargo, perfecto.

Esa noche durmió en su cama por primera vez en semanas sin dar vueltas. Soñó con bajos que retumbaban en el pecho, con luces estroboscópicas, con manos grandes y anillos de oro.

A las seis de la mañana, la alarma sonó. Jenn se vistió en quince minutos. Metió en la maleta: vaqueros, camisetas, la chaqueta de cuero, botas militares, ropa interior, el cargador del móvil, el pasaporte. Nada de Andrew. Nada de fotos.

Bajó al portal. El conserje, el señor Ruiz, la vio salir.

—Se va, señorita Martín? —preguntó desde su taburete.

—Sí, señor Ruiz. Unos días.

—Bien. El aire le sentará bien a la casa.

Jenn sonrió. Salió a la calle. El sol le dio en la cara. Hacía calor para ser junio. El taxi la esperaba.

Miró el portal por última vez. Las persianas bajadas. La buzón con su nombre. La vida que dejaba atrás.

Subió al coche. Cerró la puerta.

Tres días para pecar. O para morir. Aún no lo sabía.

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