Capítulo 2 El Vuelo

Jueves, 3 de julio. 08:15. Sobrevolando Francia.

El jet privado surcaba el cielo a 10.000 metros de altura.

Jenn llevaba veinte minutos mirando por la ventanilla sin ver nada. Las nubes pasaban como fantasmas bajo el ala del avión. Blanco sobre blanco. Vacío sobre vacío. Igual que su vida los últimos tres meses.

—Llevas veinte minutos sin parpadear —dijo Sarah a su lado—. ¿Estás catatónica o solo estás pensando?

—Pensando.

—¿En qué?

—En que todo esto parece una broma de mal gusto.

—El viaje, ¿quieres decir?

—No. La vida en general. Tres meses viendo Netflix, comiendo delivery y esperando que Andrew volviera. Y de repente, esto. Un jet privado. Un festival con sesenta mil personas. Como si alguien hubiera apretado un botón y hubiera dicho: "Vale, ya has sufrido suficiente, ahora te toca vivir."

Sarah la miró. Esa mirada suya de enfermera que todo lo ve, que todo lo entiende, que ya ha visto morir a suficiente gente como para saber que la vida es una mierda y aún así merece la pena vivirla.

—¿Y qué quieres que te diga? —preguntó Sarah—. ¿Que es una señal divina? ¿Que el universo te debe una?

—No. Solo quiero que alguien me diga que esto es real. Que no me voy a despertar en mi piso con la tele encendida y el suéter de Andrew en la silla.

—Es real. Estamos en un avión. En el puto cielo. Y dentro de dos horas vas a pisar tierra belga.

Jenn se giró hacia ella.

—¿Crees que esto es una buena idea?

—No lo sé —respondió Sarah, encogiendo los hombros—. Pero creo que es mejor que quedarte en casa.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que tengo.

Jenn suspiró. Se recostó en el asiento de cuero. El avión era ridículamente cómodo. Asientos reclinables que se convertían en camas. Pantallas individuales con películas a elegir. Una nevera empotrada con champán y caviar.

Melissa ya había abierto la segunda botella. Karen tenía la computadora abierta, repasando documentos.

—¿Crees que el tipo este nos va a pedir algo? —preguntó Jenn en voz baja.

—¿Qué tipo?

—El que ha pagado esto. Michael Williams, el CEO de Rampage Records. Este avión no es barato. Esto no es un sorteo. Esto es una inversión. Y nadie invierte sin esperar algo a cambio.

Sarah se quedó callada.

—No lo sé —dijo al final—. Pero sea lo que sea, estaremos juntas. Las cuatro.

Jenn quiso creerle.

Pero había algo en el fondo de su estómago, caliente y aterrador, que le decía que esto no había hecho más que empezar.

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08:45. Sobrevolando Francia. Altitud: 11.000 metros.

El altavoz crujió.

—Señoritas, tenemos un pequeño cambio de planes.

Jenn levantó la cabeza. La azafata, la misma morena de sonrisa profesional, estaba de pie en el pasillo con un teléfono en la mano.

—El señor Williams ha pedido que hagamos una parada técnica en París.

—¿Una parada? —preguntó Karen, cerrando el portátil—. ¿Por qué?

—No me lo han especificado. Pero hay un coche esperándolas en la pista. Las llevará a un lugar donde el señor Williams quiere verlas antes de que lleguen al festival.

—¿Ahora? —preguntó Jenn—. ¿Sin avisar?

—El señor Williams no suele avisar con antelación. Lo siento.

La azafata se fue.

El silencio en la cabina se hizo denso.

Melissa fue la primera en hablar.

—Esto es la hostia —dijo, con una sonrisa de oreja a oreja—. El tío misterioso del festival nos va a recibir en París. Esto es como una película de espías, pero con champán.

—No es una película de espías —dijo Karen, con la voz tensa—. Es una reunión de negocios. Y en las reuniones de negocios, la gente que paga un jet privado siempre quiere algo.

—¿Y tú qué crees que quiere? —preguntó Jenn.

—No lo sé. Pero no es bueno que un desconocido pueda cambiar nuestros planes sin preguntar.

—Estamos en su avión —dijo Jenn—. En su país. Con su dinero. No tenemos mucho poder de decisión.

—Siempre tenemos poder de decisión —respondió Karen, con la voz de abogada que no acepta perder un caso—. Podemos negarnos. Podemos pedir que nos devuelvan a Barcelona.

—¿Y perder el viaje?

—¿Y perder nuestra dignidad?

Jenn se quedó callada.

Sarah puso una mano en el brazo de Karen.

—Vamos a ver. No sabemos qué quiere. No sabemos si es bueno o malo. Pero si nos negamos ahora, nos quedaremos sin saberlo. Yo prefiero saber.

Karen dudó.

—Vale. Pero si esto se tuerce, yo lo denuncio.

—Todos lo denunciaremos —dijo Melissa, ya con la tercera botella en la mano—. Pero primero, vamos a ver qué pinta tiene el tío este.

El avión empezó a descender.

Jenn miró por la ventanilla. Las nubes se abrieron y París apareció abajo. La Torre Eiffel, un pequeño punto dorado. El Sena, una cinta brillante. Las calles, un laberinto de hormigón y luz.

—Bienvenidas a París —dijo la azafata por el altavoz—. El señor Williams las espera.

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09:15. Aeropuerto de Le Bourget. París.

El coche era negro. Demasiado negro. Una limusina con los cristales polarizados que no dejaban ver el interior.

Jenn se detuvo frente a la puerta abierta.

Dentro, solo había una persona.

Un hombre.

Traje azul marino. Camisa blanca. Sin corbata. El primer botón desabrochado dejaba ver un triángulo de piel morena. Los brazos apoyados en el respaldo del asiento. La mirada fija en ella.

No sonreía.

—Jennifer Taylor —dijo. Su voz era grave. Pausada. Como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Sube.

—¿Quién eres? —preguntó Jenn.

—Ya lo sabes.

—Quiero oírlo de tu boca.

—Michael Williams. CEO de Rampage Records. Tu anfitrión.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que necesitas.

Jenn no se movió.

Michael la miró. Esa mirada de hielo sucio. Como si estuviera leyendo cada uno de sus pensamientos.

—No tengas miedo —dijo.

—No tengo miedo.

—Mientes. Se te nota en la mandíbula. La aprietas cuando estás nerviosa.

Jenn aflojó la mandíbula. Mierda.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque llevo meses observándote.

El corazón de Jenn se detuvo.

—¿Qué?

—Las rosas. Las fotos. El concurso. Todo fue para traerte aquí.

—¿Me estás diciendo que me has estado siguiendo?

—No siguiendo. Observando.

—Eso es lo mismo.

—No. Seguir implica que no sabes que estoy ahí. Observar implica que siempre lo has sabido.

Jenn apretó los puños.

—Eres un enfermo.

—Probablemente.

—Un acosador.

—También.

—Y me has traído aquí con una mentira.

—No. Te he traído aquí con una oportunidad.

—¿Qué oportunidad?

Michael sacó una mano del bolsillo. No era una pistola. Era una rosa.

Roja.

—La misma que te enviaba cada martes —dijo—. La misma que tirabas a la basura sin mirar. La misma que, por alguna razón, no has tirado esta semana.

Jenn sintió el peso de la rosa en su pecho sin que él se la hubiera dado todavía.

—¿Cómo sabes que no la tiré?

—Porque sé todo de ti, Jennifer. Tu color favorito es el azul. Tu café es con leche de avena y un sobre de sacarina. Tienes una cicatriz en la rodilla izquierda de cuando te caíste en bicicleta a los doce años. Duermes del lado derecho de la cama. Y cuando te enfadas, te muerdes las uñas.

Jenn apartó la mano de su boca. Mierda otra vez.

—Eso es enfermizo.

—Es atención al detalle. En mi negocio, los detalles te mantienen vivo.

—¿Y qué negocio es ese? —preguntó Jenn, con la voz temblorosa—. Porque esto no es un festival. Esto es otra cosa.

Michael no respondió. Solo la miró.

—Sube al coche —dijo—. Hablaremos dentro.

—No voy a subir a un coche con un desconocido.

—No soy un desconocido. Soy el hombre que te ha seguido durante un año. El que te ha traído hasta aquí. El que va a hacer que te olvides de tu exnovio en menos de tres días.

—No voy a olvidarme de Andrew.

—Andrew te dejó por tu hermana. Y te pidió que fueras a su boda. Y tú, en lugar de mandarlo a la mierda, leíste el mensaje cinco veces antes de borrarlo. No es amor, Jennifer. Es costumbre. Y las costumbres se rompen.

Jenn sintió que la sangre se le helaba.

—¿Cómo sabes lo del mensaje?

—Te he dicho que sé todo de ti.

—Eso no es posible.

—Es posible cuando tienes acceso a todo. A sus teléfonos. A sus correos. A sus redes.

—¿Estás espiando a Andrew?

—No. Solo a ti.

Jenn sintió náuseas.

—Vete a la mierda.

—Sube al coche.

—No.

—Sube, Jennifer.

—He dicho que no.

Michael se levantó del asiento. Dio un paso hacia ella. Jenn retrocedió. Pero él no la tocó. Solo la miró.

—Tienes tres días —dijo—. Tres días para que me conozcas. Tres días para que decidas si quieres quedarte.

—¿Quedarme?

—Conmigo.

—No te conozco.

—Puedes conocerme.

—No quiero conocerte.

—Mientes otra vez.

—No.

—Sí. Si no quisieras conocerme, no estarías aquí. Si no quisieras saber quién soy, no habrías subido al avión. Si no sintieras curiosidad, ya te habrías ido.

Jenn abrió la boca para responder. No le salió nada.

Porque él tenía razón.

Michael sonrió. Esa sonrisa otra vez. Lenta. Segura. Infumable.

—Tres días, Jennifer. Solo tres días. Y si al final quieres irte, te irás. Sin preguntas. Sin condiciones. Sin nada.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te quedas.

—¿Para siempre?

—Para siempre.

Jenn sintió un escalofrío.

No era miedo.

Era algo más. Algo que no quería nombrar.

—Sube —dijo él—. Tus amigas te esperan en el hotel. Y yo tengo cosas que hacer antes de que empiece el festival.

Jenn miró el coche. La puerta abierta. El asiento vacío.

Miró a Michael. Sus ojos grises. Su mandíbula cuadrada. Sus manos enormes.

Y por un momento, solo un momento, quiso saber qué pasaría si subía.

Si decía que sí.

Si se dejaba llevar.

—Vale —dijo—. Pero si intentas algo, grito.

—No vas a gritar.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no quieres.

Jenn subió al coche.

Michael cerró la puerta.

El coche arrancó.

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09:45. Dentro de la limusina.

El interior era más grande de lo que parecía desde fuera. Asientos de cuero blanco. Una barra con bebidas. Una pantalla que mostraba el mapa de París.

Jenn se sentó en el extremo izquierdo. Michael en el derecho. Dos metros de distancia entre ellos.

Pero parecían dos centímetros.

—¿Por qué yo? —preguntó Jenn.

—¿Por qué qué?

—¿Por qué me has seguido? ¿Por qué no a otra?

Michael apoyó la cabeza contra el respaldo. La miró.

—¿Quieres la verdad o quieres una respuesta bonita?

—La verdad.

—Eres la única que no me ha sonreído.

—¿Qué?

—La primera vez que te vi, fue en la gala de los premios de la música electrónica. Hace un año. Tú estabas detrás de la barra, pidiendo una copa. Yo estaba al lado. No te dije nada. Pero te vi.

—No recuerdo esa noche.

—Claro que no. Porque no te fijaste en mí. Todos se fijan en mí. Todos me sonríen. Me llaman "señor Williams" con esa voz de miedo o de interés. Pero tú no. Tú pediste tu copa, pagaste, te fuiste. Ni siquiera me miraste.

—Y por eso me perseguiste durante meses.

—Por eso te empecé a seguir. Luego fue por otras cosas.

—¿Qué otras cosas?

—Que eres cabezota. Que no te callas. Que no te rindes. Que te muerdes las uñas cuando estás nerviosa aunque sepas que es feo. Que lloras viendo películas románticas pero dices que es porque te ha entrado algo en el ojo. Que eres real, joder. Y yo he conocido a mucha gente, Jennifer. Todos quieren algo. Todos mienten. Todos son falsos. Pero tú no.

Jenn se quedó callada.

No esperaba eso.

Esperaba amenazas. Esperaba poder. Esperaba a un hombre que la encerrara en una habitación y le dijera lo que tenía que hacer.

No esperaba vulnerabilidad.

—Eso es muy triste —dijo al final.

—¿El qué?

—Que tengas que pagar un jet privado para que alguien te mire sin miedo.

Michael bajó la mirada.

Por un segundo, un solo segundo, Jenn vio al hombre detrás del monstruo.

Luego él levantó la cabeza y la máscara volvió a colocarse.

—¿Tienes hambre? —preguntó.

—No.

—Tienes que comer. Estás demasiado delgada.

—No te importa.

—Me importa.

—No me conoces.

—Te conozco mejor que tú misma.

Jenn apretó los puños.

—Odio cuando hablas como si supieras todo de mí.

—Lo sé todo de ti.

—No es verdad.

—¿Quieres que te lo demuestre?

—No.

—Entonces come.

Michael le tendió una bandeja con frutas y croissants.

Jenn la cogió.

No porque tuviera hambre.

Porque no sabía qué más hacer.

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10:30. París. Un café en el Marais.

El coche se detuvo frente a una cafetería pequeña, con toldo rojo y mesas en la acera. Michael bajó primero.

—Ven —dijo—. Te voy a enseñar algo.

—No quiero que me enseñes nada.

—Ven.

Jenn bajó del coche. Michael la guió hacia la cafetería. La puerta de madera crujió al abrirse. Dentro, el olor a café recién hecho y a pan tostado. Las mesas de mármol. Los camareros con delantal blanco.

Todo era antiguo. Auténtico. Demasiado perfecto.

Michael se sentó en una mesa del fondo. Jenn, enfrente.

—Este es mi sitio favorito en París —dijo—. Vengo aquí cada vez que necesito pensar.

—¿Y qué necesitas pensar ahora?

—En ti.

—No soy un problema.

—No. Eres la solución.

—¿A qué?

—A todo.

Jenn sintió un nudo en la garganta.

—No me digas esas cosas.

—¿Por qué?

—Porque no son verdad.

—Lo son.

—No.

—Jennifer.

—No.

Michael se inclinó hacia delante.

—Mírame —dijo.

Jenn lo miró.

—No tengo miedo de ti —dijo—. No sé si debería tenerlo, pero no lo tengo.

—¿Por qué?

—Porque si tuvieras intención de hacerme daño, ya lo habrías hecho.

—Puede que sea un acosador, pero no soy un violador.

—Eso no es tranquilizador.

—Es honesto.

—La honestidad no excusa el acoso.

—No estoy excusando nada. Solo te estoy diciendo la verdad. Te he seguido. Te he observado. Te he traído aquí. Y todo lo que quiero es que me des una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para conocerme.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te vas. Y no vuelvo a molestarte.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

—Palabra de Williams.

—Palabra de Williams.

Jenn se quedó mirándolo.

—Tres días —dijo.

—Tres días.

—Y luego decido.

—Y luego decides.

—Vale.

Michael sonrió. Esta vez, no era una sonrisa de triunfo. Era una sonrisa de alivio.

—Gracias —dijo.

—No me des las gracias. Todavía no he decidido nada.

—Pero has aceptado intentarlo.

—Eso no es un sí.

—Es suficiente.

El camarero llegó con dos cafés. Michael pagó antes de que Jenn pudiera ofrecerse.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella.

—¿El qué?

—Cuidarme. Pagarme cosas. Traerme aquí.

—Porque quiero que te quedes.

—¿Y si no quiero?

—Entonces te dejo ir.

—¿Así de fácil?

—Nada de esto es fácil, Jennifer. Pero todo vale la pena.

Jenn cogió su café.

Bebió un sorbo.

—Te voy a hacer una pregunta —dijo.

—Dime.

—¿Esto es una cita?

—No. Es una entrevista.

—¿Para qué?

—Para saber si quieres trabajar para mí.

—¿Trabajar?

—Sí. En el festival. Como relaciones públicas. Necesito a alguien que hable con los artistas, que gestione los horarios, que se encargue de que todo funcione. Y tú tienes cara de saber hacer eso.

—No sé hacer eso.

—Aprenderás.

—¿Y si no quiero?

—Entonces no trabajas. Pero igual te quedas.

—¿Y por qué querría quedarme?

—Porque aquí tienes todo lo que no tienes en casa.

Jenn no supo qué responder.

Porque él tenía razón.

---

11:30. De vuelta en el coche.

Michael la llevó al aeropuerto. El coche negro atravesó París como una cuchilla.

—Tus amigas te esperan en el hotel de Amberes —dijo.

—¿No vienes?

—Tengo cosas que hacer. Pero te veré esta noche.

—¿Esta noche?

—Sí. Hay una cena. Para los artistas. Los patrocinadores. La gente importante.

—¿Y yo voy?

—Tú eres mi invitada.

—No he aceptado ser tu invitada.

—Has aceptado darme una oportunidad. Eso incluye la cena.

Jenn apretó los labios.

—Eres un cabrón.

—Lo sé.

—Un cabrón con dinero.

—También.

—Y con un jet privado.

—Sobre todo con un jet privado.

Jenn casi sonrió.

—No me caes bien —dijo.

—No hace falta que te caiga bien.

—¿Entonces qué hace falta?

—Que confíes en mí.

—No confío en ti.

—Todavía.

—No voy a confiar en ti.

—Ya veremos.

El coche se detuvo en la pista. El jet privado las esperaba. La azafata sonrió desde la escalerilla.

—Sube —dijo Michael.

—¿Y tú?

—Yo me voy.

—¿Así nomás?

—Así nomás.

Jenn se bajó del coche.

—Michael —dijo, girándose.

—Dime.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no haber hecho nada raro.

—Aún no ha empezado el día.

Michael cerró la puerta del coche.

El coche arrancó.

Jenn se quedó mirando cómo se alejaba.

No sabía si lo que sentía era alivio o decepción.

Y eso era lo peor.

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12:00. Dentro del avión.

—¿Y bien? —preguntó Melissa, con el champán ya en la mano—. ¿Qué tal el tío misterioso?

—Es un acosador —dijo Jenn.

—¿Y?

—Y me ha invitado a una cena.

—¿Una cena?

—Con los artistas. Los patrocinadores. La gente importante.

—¿Y has aceptado?

—Sí.

—Joder —dijo Melissa—. Eso es la hostia.

—No, eso es peligroso —dijo Karen.

—Las dos cosas —dijo Sarah—. Pueden ser las dos cosas.

—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Karen.

—Ir a la cena —dijo Jenn—. Y ver qué pasa.

—¿Y si pasa algo malo?

—Entonces me voy.

—¿Y si no puedes irte?

—Entonces grito.

—¿Y si no te oyen?

Jenn se quedó callada.

—Entonces me defenderé.

—¿Con qué?

—Con lo que tenga.

—No tienes nada.

—Tengo a las cuatro.

Sarah, Melissa y Karen la miraron.

—No vamos a dejar que te pase nada —dijo Sarah.

—Lo sé.

—Y si el tío ese intenta algo, lo denunciamos —dijo Karen.

—Lo sé.

—Y si no funciona, lo matamos —dijo Melissa.

—Eso es ilegal —dijo Karen.

—Es picaresca. Hay diferencia.

Jenn sonrió.

—Sois las mejores amigas del mundo.

—Lo sabemos —dijeron las tres a la vez.

El avión despegó.

Jenn miró por la ventanilla.

París se hizo pequeña. Michael se hizo pequeño.

Pero ella sabía que no había terminado.

Esto no había hecho más que empezar.

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