Capítulo 3 El Vestido Rojo
El Hotel Plaza no parecía un hotel. Parecía un palacio que alguien hubiera olvidado en el centro de Amberes. Mármol blanco, escaleras de caracol, lámparas de araña del tamaño de un coche pequeño. El conserje las reconoció antes de que William terminara de aparcar la limusina.
—Señoritas. La suite presidencial les espera. Planta séptima. Ascensor privado.
La suite ocupaba toda la esquina del edificio. Tres dormitorios con camas king size, baños de mármol con duchas para cuatro, salón con chimenea de gas, cocina equipada, terraza envolvente con vistas a la catedral gótica recortándose contra el cielo gris. Tres minibares. Uno en cada habitación.
Melissa gritó. Literalmente. Se lanzó sobre la cama principal, brazos abiertos, el pelo rojo esparcido sobre el edredón de plumas.
—¡Madre de Dios! ¡Esto huele a dinero viejo! ¡A dinero que no se lava!
Karen dejó su maleta junto a la puerta. No sonrió. Sacó el móvil, hizo fotos: el contrato de la suite, el número de reserva, la tarjeta de bienvenida con letra caligráfica: Bienvenidas, invitadas del Sr. Williams. Todo está a su cargo.
Sarah fue directa a la terraza. Se apoyó en la barandilla, encendió un cigarrillo con manos que no temblaban.
—Vistas de puta madre —dijo el humo saliéndole por la nariz—. Y cero vecinas. La habitación de al lado está vacía. La de arriba también.
Jenn entró en el dormitorio de la izquierda. El más pequeño. Dejó su maleta. Se sentó en el borde de la cama. El colchón la abrazó. Hacía tres meses que no dormía en un colchón así.
Su móvil vibró en el bolsillo.
Desconocido: "¿Te gusta la suite?"
Jenn frunció el ceño. Abrió el chat. Sin foto. Sin nombre. Solo el número belga que William les dio en el aeropuerto.
Jenn: "¿Quién es?"
Desconocido: "¿Te gusta la suite, Jennifer?"
Jenn: "¿Cómo sabes que estoy en la suite?"
La respuesta tardó tres segundos. Las burbujas de escritura aparecieron y desaparecieron dos veces.
Desconocido: "Porque he pagado por ella. Y porque sé todo de ti, Jennifer."
Jenn se levantó de un salto. Fue a la puerta, la abrió de golpe.
—Karen. ¿Quién ha pagado la suite?
Karen no levantó la vista del móvil.
—El Sr. Williams. Viene en la factura. ¿Por qué?
Jenn enseñó la pantalla. Karen leyó. Su mandíbula se tensó.
—Un número belga. Registrado a nombre de... —pulsó unos segundos—. William V. La mano derecha.
—¿Y el tal Williams? ¿El dueño del festival?
—Michael Williams. Multimillonario. Dueño de Rampage Open Air, de media docena de festivales más, de una cadena de hoteles en Europa del Este y de una empresa de "logística" que huele a lavado de dinero a tres kilómetros. —Karen guardó el móvil—. He tardado treinta segundos en Google. Tú qué has hecho en tres meses, Jenn.
—Nada. Atún caducado.
—Exacto.
El timbre sonó. No era un timbre normal. Era una campanilla antigua, de las que suenan en otra habitación.
Jenn fue a abrir. William estaba al otro lado. Detrás de él, un hombre.
Treinta y cinco años, maybe. Traje negro impecable, camisa blanca con el cuello abierto, sin corbata. Zapatos Oxford pulidos hasta brillar. Las manos en los bolsillos del pantalón. Alto. Ancho de hombros. La cara... la cara era lo que te hacía parar. Mandíbula cuadrada, pómulos altos, boca fina. Ojos grises. Gris acero. Fríos. Y algo más. Algo que no se veía en fotos.
Jenn lo supo antes de que hablara. Lo supo en los huesos.
—Jennifer Martín —dijo él. Voz grave, ronca, acento inglés perfecto—. Por fin.
No extendió la mano. No se inclinó. Solo la miró. Como si la estuviera desnudando con la mirada. Como si ya la hubiera hecho mil veces.
Jenn cruzó los brazos.
—Michael Williams.
—En persona. —Una esquina de su boca se curvó. No era una sonrisa. Era una promesa—. William, déjanos.
William asintió, se giró, se fue. El pasillo quedó en silencio.
Jenn no se movió. No bajó los brazos.
—Tienes un año de retraso —dijo ella—. El sorteo fue hace un año. Yo gané ayer.
—El sorteo fue ayer. Lo arreglé yo. —Michael entró en la suite sin invitación. Cerró la puerta con la mano libre—. Llevaba un año esperando el momento. El momento en que estuvieras lista.
—¿Lista para qué?
—Para mí.
Jenn soltó una carcajada seca.
—Qué arrogancia. Crees que estoy aquí por ti. Estoy aquí porque mis amigas me arrastraron. Porque necesitaba salir de mi puta casa. Porque...
—Porque yo lo arreglé —la interrumpió él, acercándose. Un paso. Otro—. Karen te inscribió. Yo me aseguré de que ganaras. William os trajo. El hotel, la suite, el jet... todo yo. Un año, Jennifer. Un año viéndote. Esperando.
Jenn se quedó quieta. El aire se le atascó en el pecho.
—¿Viéndome? ¿Cómo? ¿Cámaras? ¿Detectives?
—Redes sociales. Tu banco. Tu móvil. Tu historial médico. Todo. —Se detuvo a un metro de ella. Olía a madera, a tabaco caro, a algo salvaje debajo—. Sé que Andrew te dejó por tu hermana. Sé que no sales de casa desde hace noventa días. Sé que comes atún caducado porque no te da la gana ir al supermercado. Sé que tienes una cicatriz en el omóplato izquierdo —la yema de su dedo rozó el hombro de ella, sobre la camiseta—. De una operación de apendicitis a los catorce. Sé que te gusta el café solo, sin azúcar. Que odias el cilantro. Que escuchas a Serrat cuando estás triste y a Rammstein cuando estás furiosa.
Jenn le dio una bofetada.
El sonido fue seco. La cabeza de él se giró. Se quedó así, quieto, la mejilla roja marcándose en la piel pálida.
Volvió la cara despacio. Los ojos grises brillaban. No de ira. De otra cosa.
—Bien —dijo—. Esa es la Jennifer que recuerdo. La que muerde.
—Largo de aquí —espeto ella—. Ahora. O llamo a la policía.
—La policía trabaja para mí en Amberes. En Bruselas. En media Bélgica. —Sacó un tarjetero de piel, una tarjeta negra, la dejó en la mesa del salón—. Mi número. Directo. Sin secretarias. Sin William. Llámame cuando quieras irte. O cuando quieras quedarte.
Se giró hacia la puerta. Se detuvo en el umbral.
—Cena conmigo esta noche. Ocho en punto. El restaurante del hotel. Si no vienes... —se encogió de hombros—. Vendré a buscarte.
Salió. La puerta se cerró. El silencio volvió.
Jenn exhaló. Las piernas le temblaban. Se apoyó en la pared.
—Joder —susurró.
La cena fue en La Table, el restaurante del hotel. Una estrella Michelin. Manteles de lino, copas de cristal fino, camareros que se movían como sombras.
Michael pidió el vino sin mirar la carta. Un Château Margaux 2015. Jenn pidió agua con gas.
—Beberás vino —dijo él—. Es bueno. Y te relajará.
—No necesito relajarme. Necesito respuestas.
—Las tendrás. Come primero.
Comieron en un silencio tenso. Foie gras. Vieiras. Cordero. Michael la miraba comer. No comía mucho. Solo la miraba.
—¿Por qué yo? —preguntó Jenn al tercer plato—. De todas las mujeres del mundo. ¿Por qué una española rota que come atún caducado?
Michael cortó un trozo de cordero. Se lo llevó a la boca. Masticó despacio. Tragó.
—Porque eres la única que me ha dicho que no en diez años.
Jenn se quedó quieta. El tenedor a medio camino de la boca.
—¿Qué?
—Hace un año. En Madrid. La gala benéfica del hospital. Tú eras camarera. Yo estaba en la mesa VIP. Pedí whisky. Me traíste agua. Dijiste: "El señor Williams no bebe whisky los martes. Es su regla. Le traigo agua con limón". —Sonrió. Era una sonrisa real. Peligrosa—. Nadie me dice que no. Nadie me conoce las reglas. Tú sí. Investigaste. Me observaste. Me desafiaste.
Jenn bajó el tenedor.
—Era mi trabajo. Y estabas borracho.
—Estaba aburrido. Tú eras lo único interesante en la sala. —Se inclinó hacia adelante, codos en la mesa—. Desde entonces, no he dejado de buscarte. Un año. Dinero. Contactos. Tiempo. Todo para traerte aquí. Tres días. Solo tres días.
—¿Y si me voy mañana?
—No te irás.
—Tienes mucha confianza.
—Tengo información. —Sacó el móvil, puso algo sobre la mesa. Una foto. Jenn, Sarah, Melissa, Karen en la terraza de la suite. Hace diez minutos—. William me envía actualizaciones. Cada hora. Cada movimiento. Sé que Melissa ha abierto el tercer minibar. Sé que Karen ha llamado a su despacho en Barcelona. Sé que Sarah ha fumado cuatro cigarrillos. Y sé que tú... —la miró a los ojos—. Que tú tienes miedo. Y excitación. A la vez.
Jenn sintió el calor subirle por el cuello. Maldición.
—Termina la cena —dijo él, levantándose—. Te llevo a un sitio.
—¿Dónde?
—Una sorpresa. Tu uniforme para el festival.
—No necesito uniforme.
—Te lo pongo yo si hace falta.
Jenn se levantó. Tiró la servilleta sobre el plato.
—Inténtalo.
Michael pagó sin mirar la cuenta. Caminaron por el pasillo privado del hotel, bajaron en el ascensor de servicio, salieron al jardín trasero. Una carpa blanca, grande, iluminada por dentro, esperaba junto a la fuente. Dos guardaespaldas en la entrada. Asintieron a Michael. Abrieron la solapa.
Dentro: una cama king size con sábanas de seda negra. Una mesa con champán. Y sobre la cama, un vestido.
Rojo. Seda. Escote en V profundo. Espalda descubierta. Falda hasta media muslo. Tacones a juego: Louboutin, suela roja, taconazo de doce centímetros.
—Tu uniforme —dijo Michael, cerrando la cremallera de la carpa—. Para la primera noche del festival. Mañana.
Jenn lo tocó. La seda fría bajo sus dedos.
—No me pongo esto.
—Es una petición. No una orden.
—Desde cuándo pides por favor.
—Desde que te conocí. —Se acercó por detrás. Su aliento en su nuca. Sus manos en su cintura, por encima de la camiseta—. Por favor, Jennifer. Póntelo. Para mí.
El cuerpo de ella traicionó su mente. Se inclinó hacia atrás. La cabeza cayendo sobre su hombro. Las manos de él subieron, desabrocharon los vaqueros, los bajaron. La camiseta. El sujetador. Las braguitas. La dejó desnuda en el centro de la carpa, la luz cálida acariciándole la piel.
Él se arrodilló. Le puso los tacones. Le subió el vestido por las piernas, por las caderas, por el torso. Le ajustó los tirantes. Le besó la nuca. La espalda. El hombro.
Vuélvete —susurró.
Jenn se volvió.
Michael la miraba. De pie. El traje impecable. Los ojos grises oscuros. Hambrientos.
—Hermosa —murmuró.
La besó.
No fue un beso suave. Fue un choque. Lengua, dientes, manos que agarran, uñas que clavan. Jenn le agarró la nuca, el pelo corto y duro, le metió la lengua en la boca, le mordió el labio inferior. Él gruñó, la alzó en brazos, la depositó sobre la seda negra.
Su cuerpo sobre el de ella. La rodilla entre sus muslos. La mano en su cuello, apretando. Justo. Necesario.
Jenn arqueó la espalda. Jadeó contra su boca.
—Michael...
—Shh. —Le besó la mandíbula, el cuello, el pecho—. Esta noche. Si te portas bien, esta noche no te dejaré dormir.
Se detuvo. Se incorporó. Se pasó la mano por la cara, por el pelo. Respiró hondo.
—Mañana, festival. Noche, carpa VIP. Yo estaré allí. Tú también.
Bajó de la cama. Se enderezó la chaqueta. Se fue sin mirar atrás.
La solapa de la carpa se cerró. El motor de un coche arrancó lejos.
Jenn quedó sola. En seda roja. En tacones de doce centímetros. En una carpa en el jardín de un hotel en Amberes. Con el cuerpo ardiendo. El cuello latiendo donde sus dedos estuvieron. La boca sabiendo a él.
Se levantó. Las piernas le temblaban. Caminó hacia la salida tambaleándose un poco. Salió al aire frío de la noche. La fuente burbujeaba. La catedral se recortaba negra contra las estrellas.
Se apoyó en la piedra fría. Respiró.
Joder. Estaba perdida.
