Capítulo 3 La Suerte
Jueves, 3 de julio. 13:45. Hotel Plaza. Amberes.
El lobby del hotel era una catedral de mármol blanco.
Jenn entró detrás de sus amigas y se detuvo en seco. El suelo brillaba como un espejo. Las columnas eran de mármol auténtico, con vetas doradas que parecían ríos de dinero. Las lámparas de cristal colgaban del techo como gotas de luz congelada. Y el olor... el olor era a jazmín sintético y a dinero que no necesita presumir.
—Esto no es un hotel —dijo Karen, girando sobre sí misma con los brazos abiertos—. Esto es un museo con camas.
—Las camas son lo de menos —murmuró Melissa, que llevaba la maleta rodando detrás de ella como si fuera una extensión de su cuerpo—. Quiero saber si el minibar es gratis.
—No es gratis —dijo una voz detrás de ellas.
Jenn se giró.
William Jones estaba allí. Traje negro. Camisa negra. Corbata negra. Zapatos negros que brillaban como el mármol del suelo. La misma cara de póker. La misma altura de torre de vigilancia. La misma ausencia total de expresión.
—Señorita Taylor —dijo, inclinando ligeramente la cabeza.
—William.
—El señor Williams ha dispuesto que se alojen en la suite presidencial. Planta octava. Acceso a todas las zonas comunes. Piscina cubierta, gimnasio, sauna y servicio de habitaciones las 24 horas.
—¿Suite presidencial? —preguntó Melissa, con los ojos brillando.
—Sí. Y el minibar es gratuito.
Melissa soltó un grito ahogado.
—¡Te quiero! —dijo, señalando a William con el dedo—. ¡Te quiero, tío serio del traje negro!
William no parpadeó.
—Les acompañaré al ascensor.
El ascensor era una caja de espejos y luces doradas. Jenn se vio reflejada cuatro veces. Chaqueta de cuero, ojeras que el champán no había borrado, una expresión que no terminaba de decidir si estaba emocionada o aterrorizada.
—Planta octava —dijo una voz femenina desde un altavoz.
Las puertas se abrieron.
El pasillo era ancho, alfombrado en azul marino. Puertas de madera oscura con números dorados. William se detuvo frente a la 812.
—Esta es su suite.
Abrió la puerta.
Jenn entró primera.
Y se quedó sin aire.
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13:50. Suite 812.
El salón era más grande que todo su piso.
Sofá de piel blanca. Mesa de centro de mármol. Una televisión del tamaño de una pared. Ventanales que daban a las luces de Amberes, un mapa de puntos naranjas y blancos que se perdía en la niebla.
Pero lo que hizo que Jenn se quedara sin aliento fue el resto.
La suite tenía tres habitaciones. Cada una con su propio baño. Una cocina completa. Un comedor con mesa para ocho. Una terraza con vistas a la catedral de Amberes, que se alzaba en el horizonte como una aguja de piedra.
—Joder —dijo Melissa, dejando caer la maleta en el suelo.
—No es una palabra suficiente —dijo Sarah, que ya estaba inspeccionando el baño principal—. Hay una bañera con hidromasaje. Y una ducha de esas que tienen chorros por todos lados.
—¿Y el minibar? —preguntó Melissa.
—Hay tres —dijo Karen, que había abierto la nevera empotrada—. Tres minibares. Uno en la cocina, uno en el salón y uno en la habitación principal. Y todos están llenos.
—Voy a llorar —dijo Melissa.
—No llores, que te quedas sin champán.
Jenn no las escuchaba. Estaba de pie frente a los ventanales, mirando la ciudad que se extendía bajo ella. Amberes. Una ciudad que no conocía. Un país que no conocía. Una vida que no reconocía.
Se llevó la mano al pecho. El latido del corazón le golpeaba las costillas como un pájaro atrapado.
—¿Jenn? —Sarah se acercó a ella—. ¿Estás bien?
—Sí.
—Mientes.
—Un poco.
—¿Qué pasa?
—No lo sé. Todo esto... es demasiado. El avión. El hotel. La suite. El tío ese que me ha seguido durante un año. No sé si estoy en una película o en una pesadilla.
—¿Y qué quieres hacer?
—No lo sé.
—¿Quieres irte?
Jenn se giró hacia ella.
—¿Irme a dónde? No tengo dinero. No tengo billete de vuelta. No tengo nada. Esto es todo lo que tengo.
—No es todo lo que tienes. Tienes a nosotras.
—Lo sé. Pero no es suficiente.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo.
Sarah la miró. Esa mirada suya de enfermera que todo lo ve, que todo lo entiende.
—Miedo de qué.
—De que esto sea real. De que no lo sea. De que el tío ese sea un psicópata. De que no lo sea. De que me guste. De que no me guste. De que todo esto acabe y yo vuelva a mi piso vacío con el suéter de Andrew en la papelera.
—No vas a volver a tu piso vacío.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque vas a volver con una historia que contar. Y esa historia va a cambiar tu vida.
Jenn la miró.
—Eres muy optimista para ser enfermera.
—He visto morir a mucha gente —dijo Sarah—. He visto cómo se van. Y he visto cómo se quedan los que siguen vivos. Y te digo una cosa: la vida es demasiado corta para tener miedo de vivirla.
—Eso suena a eslogan de Instagram.
—Pues ponlo en Instagram.
Jenn casi sonrió.
—Eres una idiota.
—Lo sé.
—Te quiero.
—También.
Jenn la abrazó.
Y por un momento, el miedo se hizo más pequeño.
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14:30. La habitación principal.
Jenn se había refugiado en la habitación principal. Necesitaba estar sola. Necesitaba procesar.
Se sentó en el borde de la cama. Las sábanas eran de seda. Grises. Suaves como el agua. La cama era tan grande que podían dormir cuatro personas sin tocarse.
Sobre la mesilla, había un marco de fotos.
Jenn lo cogió.
Dentro de la foto: un hombre. Traje, copa de vino, fondo de alguna fiesta cara. No se veía bien la cara. Solo la mandíbula, la sombra de barba, una mano que sostenía la copa con dedos largos y un reloj que parecía de oro.
Michael Williams.
Lo reconoció enseguida. La mandíbula. La postura. La forma de sostener la copa como si el mundo le debiera algo.
—¿Por qué tienes una foto tuya en mi mesilla? —murmuró.
La foto no respondió.
Jenn la dejó boca abajo sobre la mesilla.
El móvil vibró en su bolsillo.
Michael: "¿Te gusta la suite?"
Jenn sintió un escalofrío.
Jenn: "¿Cómo sabes que estoy en la suite?"
Michael: "Porque he pagado por ella. Y porque sé todo de ti, Jennifer."
Jenn: "Eso es inquietante."
Michael: "Lo sé. Pero también es honesto."
Jenn: "La honestidad no excusa el acoso."
Michael: "No estoy excusando nada. Solo te estoy diciendo la verdad."
Jenn: "¿Y cuál es la verdad?"
Michael: "Que quiero verte esta noche."
Jenn: "Ya nos hemos visto."
Michael: "No es suficiente."
Jenn: "¿Y qué quieres?"
Michael: "Cenar contigo. En el restaurante del hotel. A las ocho."
Jenn: "No he aceptado ninguna cena."
Michael: "Has aceptado darme una oportunidad. Eso incluye la cena."
Jenn: "Eres un cabrón."
Michael: "Lo sé. ¿Aceptas?"
Jenn se quedó mirando la pantalla.
Jenn: "Sí."
Michael: "Perfecto. Te espero en el lobby."
Jenn: "¿Y si no voy?"
Michael: "Entonces iré a buscarte."
Jenn: "Eso es acoso."
Michael: "Es insistencia. Hay diferencia."
Jenn guardó el móvil. Se tumbó en la cama. Las sábanas de seda le rozaban la piel como una caricia.
—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó en voz alta.
Nadie respondió.
Pero en el fondo de su pecho, una voz susurró:
—Estás viviendo.
Y por primera vez en tres meses, Jenn no quiso que esa voz se callara.
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15:00. La terraza.
Jenn salió a la terraza. El aire de Amberes olía a lluvia y a hierro. La catedral se alzaba al fondo, sus agujas perforando el cielo gris.
—¿Estás bien? —preguntó Karen desde la puerta.
—No lo sé.
—¿Quieres hablar?
—No.
—¿Quieres estar sola?
—Tampoco.
Karen se acercó. Se apoyó en la barandilla a su lado.
—¿Qué te ha dicho el tío ese?
—Que quiere cenar conmigo.
—¿Y qué le has dicho?
—Que sí.
—Joder.
—Ya.
—¿Por qué has aceptado?
—Porque no sé decir que no.
—Mientes. Sabes decir que no. Lo has hecho con Andrew. Con tu jefe. Con tu madre.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque ellos no me han seguido durante un año. Porque ellos no me han traído a Bélgica en un jet privado. Porque ellos no tienen el poder de cambiar mi vida de la noche a la mañana.
—¿Y él sí?
—Eso parece.
Karen la miró.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque si vas, pareceré débil.
—No parecerás débil. Parecerás acompañada.
—No. Pareceré asustada. Y no quiero que él me vea asustada.
—¿Por qué?
—Porque si me ve asustada, sabrá que tiene poder sobre mí.
—¿Y no lo tiene?
Jenn se quedó callada.
—No lo sé —dijo al final—. Pero no quiero que lo sepa.
Karen puso una mano en su hombro.
—Si necesitas algo, llámanos.
—Lo sé.
—Y si el tío ese intenta algo...
—¿Qué?
—Le rompo los huevos.
Jenn sonrió.
—Te quiero, Karen.
—También te quiero.
Se quedaron mirando la ciudad.
Y por un momento, el miedo se hizo más pequeño.
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19:45. La habitación principal. Preparándose.
Jenn estaba de pie frente al espejo del baño.
No sabía qué ponerse. Había probado tres conjuntos diferentes. Vaqueros negros y camiseta blanca. Vestido corto y chaqueta de cuero. Pantalones de lino y blusa. Todo le parecía equivocado. Todo le parecía demasiado poco o demasiado mucho.
Finalmente se había decidido por unos jeans negros ajustados, una camiseta de tirantes gris y las zapatillas blancas que había comprado en el aeropuerto. Sin maquillaje. Sin arreglos. Sin concesiones.
No iba a ponerse bonita para él.
Eso era lo que se repetía a sí misma mientras se miraba en el espejo.
Pero sus manos temblaban.
—Tranquila —se dijo—. Es solo una cena. Con un acosador. En un hotel. En un país extranjero. Nada que no hayas hecho antes.
Se rió. Una risa nerviosa, casi histérica.
—Estás jodida, Jennifer.
El móvil vibró.
Michael: "Te espero."
Jenn guardó el móvil.
Salió de la habitación.
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20:00. El lobby.
Michael estaba de pie junto a la fuente central del lobby.
Traje negro. Camisa blanca. Sin corbata. El primer botón desabrochado. Las mangas arremangadas hasta los codos, mostrando antebrazos con venas marcadas y un reloj que valía más que el coche de Jenn.
Cuando la vio, una sonrisa lenta se dibujó en su rostro.
—Llegas tarde.
—Llego justo.
—Mi reloj dice que son las ocho y dos minutos.
—Pues tu reloj está mal.
—Tienes razón. Lo he adelantado a propósito para que llegaras temprano.
—Eres un cabrón.
—Lo sé. ¿Cenamos?
—No tengo hambre.
—Mientes. Se te nota en la mandíbula.
Jenn aflojó la mandíbula. Mierda.
—No hables de mi mandíbula.
—Entonces hablemos de ti.
—No quiero hablar de mí.
—¿De qué quieres hablar?
—De nada.
—Perfecto. Cenemos en silencio.
Michael le ofreció el brazo.
—No voy a cogerte el brazo.
—¿Por qué?
—Porque no soy tu novia.
—Aún no.
—No voy a ser tu novia.
—Ya veremos.
Jenn apretó los puños.
—Eres un cabrón.
—Lo sé. ¿Vienes?
Jenn cogió su brazo.
No porque quisiera. Porque no sabía qué más hacer.
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20:15. El restaurante del hotel.
El restaurante se llamaba Noir. Paredes negras. Luces tenues. Velas en cada mesa. Un silencio respetuoso que contrastaba con el ruido de la ciudad.
Michael pidió vino tinto. Jenn pidió agua.
—¿No bebes? —preguntó él.
—No bebo con desconocidos.
—No soy un desconocido.
—Lo eres.
—¿Qué tengo que hacer para no serlo?
—No lo sé.
—Entonces hablemos.
—¿De qué?
—De ti.
—No quiero hablar de mí.
—¿Por qué?
—Porque no hay nada que contar.
—Mientes.
—No.
—Sí. Hay mucho que contar. Pero no quieres contarlo porque duele.
Jenn apretó la copa de agua.
—No soy tu paciente.
—No he dicho que lo seas.
—Entonces no me analices.
—No te analizo. Te observo.
—Es lo mismo.
—No. Analizar implica que quiero cambiarte. Observar implica que quiero conocerte.
—¿Y qué quieres, Michael? ¿Conocerme o poseerme?
—Las dos cosas.
Jenn se quedó callada.
No esperaba esa honestidad.
—Eres un cabrón —dijo.
—Lo sé.
—Un cabrón con dinero.
—También.
—Y con un jet privado.
—Sobre todo con un jet privado.
Jenn casi sonrió.
—No me caes bien —dijo.
—No hace falta que te caiga bien.
—¿Entonces qué hace falta?
—Que confíes en mí.
—No confío en ti.
—Todavía.
—No voy a confiar en ti.
—Ya veremos.
El camarero llegó con la comida. Michael pidió cordero. Jenn pidió lo mismo. Sin ganas.
Comieron en silencio.
Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de "hay tanto que decir que no sabemos por dónde empezar".
Jenn fue la primera en romperlo.
—¿Por qué yo? —preguntó.
—Ya te lo he dicho.
—Quiero oírlo otra vez.
—Eres la única que no me ha sonreído.
—Eso es todo.
—Eso es suficiente.
—No lo entiendo.
—No hace falta que lo entiendas.
—Necesito entenderlo.
—¿Por qué?
—Porque si no lo entiendo, no puedo confiar en ti.
Michael dejó los cubiertos. La miró. Esa mirada de hielo sucio.
—Hace un año —dijo—, estaba en una gala de premios. Rodeado de gente que quería algo de mí. Falsos abrazos. Sonrisas de mentira. Manos que se extendían para pedir, nunca para dar. Y luego, te vi a ti. Detrás de la barra. Pidiendo una copa. Pagaste, te fuiste. No me viste. No me sonreíste. No querías nada de mí.
—Y por eso me seguiste durante meses.
—Por eso te empecé a seguir. Luego fue por otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
—Que eres real, Jennifer. Y no sabes cuánto tiempo llevo esperando a alguien real.
Jenn sintió un nudo en la garganta.
—Eso no es una respuesta —dijo.
—Es la única que tengo.
—¿Y qué quieres de mí?
—Todo.
—No puedo darte todo.
—Puedes intentarlo.
—¿Y si no quiero?
—Entonces no.
—¿Y si quiero?
—Entonces sí.
—¿Y qué más da?
—Da todo.
Jenn se quedó callada.
No sabía qué decir. No sabía qué sentir. No sabía qué hacer.
Solo sabía que, por primera vez en meses, no quería irse.
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21:30. De vuelta en la suite.
Jenn entró sola. Michael se había quedado en el restaurante. "Tengo una llamada", había dicho. "Te veo mañana."
Ahora estaba en el salón de la suite, con el vestido de tirantes gris y los vaqueros negros, mirando la ciudad desde los ventanales.
—¿Qué tal? —preguntó Sarah desde el sofá.
—Raro.
—¿Raro bueno o raro malo?
—Raro raro.
—Cuenta.
Jenn se sentó a su lado.
—Es inteligente. Y peligroso. Y sabe exactamente lo que decir para que te sientas especial.
—¿Te sientes especial?
—No lo sé.
—Entonces es especial.
—¿Por qué?
—Porque si te hiciera sentir mal, lo sabrías. Pero si te hace sentir bien y no estás segura, es porque estás empezando a sentir algo.
—Eso es muy psicológico para ser una enfermera.
—He visto a mucha gente enamorarse. Y he visto a mucha gente romperse. Y sé reconocer las señales.
—¿Y cuáles son las señales?
—Que no paras de pensar en él. Que te preguntas qué está haciendo. Que te da miedo no volver a verlo.
—No es miedo. Es curiosidad.
—Son lo mismo.
Jenn se quedó callada.
—No quiero enamorarme de él —dijo.
—No se puede decidir eso.
—Puedo intentarlo.
—¿Y si no puedes?
—Entonces me romperé.
—¿Y si no te rompes?
—No lo sé.
—Pues averigüémoslo.
Jenn la miró.
—Eres una idiota.
—Lo sé.
—Te quiero.
—También.
Sarah la abrazó.
Y por un momento, el miedo se hizo más pequeño.
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22:00. La habitación principal.
Jenn se tumbó en la cama de seda gris.
El móvil vibró.
Michael: "¿Has llegado bien?"
Jenn: "Sí."
Michael: "Bien."
Jenn: "Gracias por la cena."
Michael: "No me des las gracias. Todavía no hemos cenado juntos de verdad."
Jenn: "¿Qué quieres decir?"
Michael: "Que esto no ha hecho más que empezar."
Jenn: "Eso es inquietante."
Michael: "Lo sé. Pero también es emocionante."
Jenn: "No sé si es emocionante o aterrador."
Michael: "Las dos cosas pueden ser verdad."
Jenn: "Eres un cabrón."
Michael: "Lo sé. Buenas noches, Jennifer."
Jenn: "Buenas noches, Michael."
Guardó el móvil. Apagó la luz.
La oscuridad de la suite la envolvió. Pero no era una oscuridad vacía. Era una oscuridad llena de preguntas.
—Tres días —susurró.
Tres días para pecar.
Y luego, decidir.
