Capítulo 4 El Vestido Rojo
El bajo retumbaba en el pecho antes de cruzar la valla. Thump-thump-thump. 150 BPM. Hardstyle puro. El corazón de Jenn latía al mismo ritmo.
El vestido rojo se ceñía a cada curva. La seda fría contra la piel caliente. Los Louboutin hundiéndose en la grava de la entrada VIP. Michael caminaba a su lado, la mano en la parte baja de su espalda. Quemaba a través de la tela.
—No te apoyes en mí —susurró él—. Camina recta. Barbilla alta.
—Camino recta. Y mi barbilla está donde quiero.
Un fotógrafo saltó de la nada. Flash. Otro. Y otro. Cámaras profesionales, objetivos gruesos, flashes que cegaban.
—Sonríe —dijo Michael sin girar la cabeza—. Hay fotos.
Jenn sonrío.
No la sonrisa de las fotos de Sitges. No la sonrisa de "todo bien" que ensayaba en el espejo del baño. Esta era distinta. Labios separados. Dientes. Ojos brillantes. La sonrisa de una mujer que sabe que está en el puto Olimpo del festival y que el dios de la guerra camina a su lado.
Michael levantó la cabeza. Su mandíbula se tensó. Algo en su ojo gris parpadeó: satisfacción. O posesión.
—Bien —murmuró—. Así.
La carpa principal era una estructura de cristal y acero negro en el centro del recinto. Dentro: barras de hielo, sofás de terciopelo, pantallas LED con el logo de Rampage pulsando al ritmo. Trescientas personas, maybe. La élite. Patrocinadores, políticos, narcos con traje italiano, modelos que no comían desde 2012.
Al fondo, junto a una mesa con botellas de Dom Pérignon sin abrir, esperaba un hombre.
Treinta y cuatro años. Traje azul marino cortado a medida, camisa rosa palo, corbata de nudo perfecto. Pelo rubio oscuro peinado hacia atrás. Cara de anuncio de colonia: mandíbula marcada, pómulos altos, sonrisa fácil. Ojos avellana. Cálidos. Amables.
Mentira.
Jenn lo sintió antes de verlo. El aire cambió. La presión subió. El olor a champán y sudor caro se volvió ácido.
—Michael —dijo el hombre, abriendo los brazos—. Mi socio. Mi amigo. Mi dolor de cabeza favorito.
Michael no abrió los brazos. Su mano se apretó en la cintura de Jenn. Duele.
—Charles.
Charles Brown. El nombre sonó en la cabeza de Jenn como un disparo. El socio. El enemigo. El que quería las rutas de Michael. El que habría matado por ellas. O matado a Michael por ellas.
Charles giró la cabeza. La miró.
La sonrisa no se movió. Los ojos sí. Se enfriaron. La recorrieron de arriba abajo: el escote en V, la cintura, las piernas que terminaban en tacones rojos. La evaluaron. La tasaron.
—Y tú debes ser Jennifer —dijo Charles. Voz suave, acento belga perfecto, un toque de inglés posh—. Michael no habla de otra cosa desde hace meses.
Jenn no bajó la mirada. No se escondió detrás de Michael. Extendió la mano.
—Jenn. Directora de marketing. Ayudo con la promoción del festival.
Charles besó su mano. Sus labios fueron fríos. Secos. Se quedaron un segundo de más.
—Encantado, Jenn. Directora de marketing. —Soltó la mano, se volvió a Michael—. ¿Marketing? Creía que eras del sector logístico, Michael. ¿Desde cuándo contratas directoras de marketing para festivales de hardstyle?
Michael no parpadeó.
—Desde que necesito a alguien que entienda el producto. Jenn lo entiende. —Su pulgar dibujó círculos en la cadera de ella, sobre la seda—. Además, es buena negociando.
Charles rio. Un sonido ligero, musical. Falso.
—Negociando. Claro. Todos negociamos, ¿verdad? —Miró a Jenn otra vez—. ¿Bailas esta noche, Jenn? La carpa VIP tiene el mejor sonido. Yo estaré allí. Me gustaría verte moverte.
—Va a estar muy ocupada —intervino Michael. Su voz era plana. Sin emoción—. Sale conmigo.
Charles inclinó la cabeza. El pelo no se movió.
—¿Contigo? —Repitió la palabra como si fuera extraña—. Con los negocios nunca se sabe, ¿verdad? Hoy eres mi socio, mañana mi enemigo. Las alianzas... —hizo una pausa, miró a Michael a los ojos—. Las alianzas duran lo que duran los intereses. Y los intereses cambian. Rápido.
El silencio se hizo denso. El bajo seguía retumbando. Thump-thump-thump. Nadie respiraba.
Charles sonrió. De nuevo. La sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Disfrutad la noche, amigos. —Levantó su copa—. Brindemos por Rampage. Por... tres días interesantes.
Se giró. Caminó. La gente se apartaba. Se fundió en la multitud de trajes y vestidos de diseñador.
Michael esperó tres segundos. Cuatro. Soltó la cadera de Jenn.
—Vamos.
Jenn no se movió. Las piernas le pesaban. El corazón le golpeaba las costillas.
—Jenn.
Ella parpadeó. Lo miró.
—¿Estás bien?
—No.
—Bien. Vamos.
La guio hacia la salida trasera de la carpa. El aire fresco de la noche le golpeó la cara. Respiró hondo. Las manos le temblaban.
—Lo has hecho bien —dijo Michael, caminando a su lado—. No has temblado. No has bajado la mirada. No has tartamudeado.
—He temblado por dentro.
—Por dentro no cuenta. Solo lo que se ve.
—Eres un hijo de puta frío.
—Eres una buena actriz.
—No estoy actuando. Estoy sobreviviendo.
Michael se detuvo. Se giró. La luz de las pantallas LED le daba en la cara, cortándole la mandíbula en sombras duras. Algo se suavizó en su rostro. Algo viejo. Algo que no era cálculo.
La miró. Mucho tiempo.
—Sobrevivir es lo único que importa —dijo al final—. Lo demás es ruido.
Se giró. Siguió caminando. Jenn lo siguió. Porque no sabía hacer otra cosa.
Encontró a sus amigas en la zona general, cerca del escenario principal. Melissa tenía una cerveza en cada mano. Sarah hablaba con un tipo alto de camiseta negra. Karen miraba el móvil con la ceja fruncida.
Jenn se abrió paso. Llegó jadeando.
—Chicas. Escuchad.
Las tres se giraron. Melissa bajó las cervezas. Sarah cruzó los brazos. Karen guardó el móvil.
—¿Qué pasa? —preguntó Sarah.
—Charles Brown. El socio de Michael. El enemigo. —Jenn bajó la voz—. Acabo de conocerlo. Es... peligroso. De los de verdad. Encantador, guapo, sonríe todo el rato. Pero sus ojos... sus ojos son fríos. Vacíos.
Karen asintió despacio.
—He leído sobre él. Charles Brown. Heredó el imperio de su padre. Lavado de dinero, tráfico de armas, rutas de cocaína desde Rotterdam. Se dice que mató a su propio tío para quedarse con el control. Patrick Brown. Desapareció en 2019. Nunca apareció el cuerpo.
Melissa silbó bajo.
—Guapo y psicópata. Mi tipo. —Sarah le dio un codazo—. Bromas aparte, Jenn. ¿Qué quiere de ti?
—De mí, nada. De Michael, todo. Las rutas. El festival. El control. —Jenn tragó saliva—. Y yo... soy la pieza. El peón. O la reina. No lo sé.
—Entonces no te separes de Michael —dijo Karen—. Ni de nosotras. Ni un metro.
—Trato hecho.
El escenario principal explotó. Las luces estroboscópicas pintaron la multitud de blanco y negro. El DJ subió el volumen hasta que los huesos vibraron. Thump-thump-thump. La gente saltaba. Brazos en alto. Bocas abiertas. Sudor. Éxtasis.
Jenn cerró los ojos. Dejó que la música la atravesara. Por primera vez en tres meses, no pensó en Andrew. No pensó en su hermana. No pensó en el atún caducado.
Pensó en el bajo. En el vestido rojo. En las manos de Michael en su cintura.
Abrió los ojos.
Charles Brown estaba en el balcón VIP, a treinta metros. Una copa en la mano. La miraba.
Sonrió. Levantó la copa. Un brindis silencioso.
Jenn no brindó. No se movió. No parpadeó.
Solo se quedó mirando, con el corazón en un puño.
Una mano le rodeó la cintura. La atrajo hacia un cuerpo duro. Caliente. Olía a madera y tabaco.
—Baila conmigo —susurró Michael en su oído, sobre el ruido.
Jenn se giró. Sus manos subieron a sus hombros. Su cuerpo se moldeó contra el de él.
La música los envolvió. El bajo. Las luces. El calor.
No era un juego. Era una guerra. Y Jenn acababa de convertirse en el tablero.
