58. ¡Que Dios me ayude!

DÍA TRES

Mis pestañas rozan su suave mejilla mientras miro sus labios. Rosados como pétalos de loto, ligeramente entreabiertos y sin tocar.

—Quiero que me toques, como si fuera tuya.

Sus palabras resuenan en el vacío de mi mente. Lo dijo tan suavemente, tan despreocupadamente.

—Quiero... —su...

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