Capítulo 2 Marionetas

IAN

Ver la sonrisa de mi padre ya es suficiente para revolverme el estómago. 

Ver la fotografía sobre su escritorio es otra cosa. Luna sostiene un helado enorme entre las manos mientras me mira como si yo fuera lo mejor que existe en este puto mundo. La foto es de hace apenas unos días. Una tarde normal. Una de esas pocas horas en las que consigo olvidar todo lo demás.

El viejo sabe exactamente dónde golpear. Siempre lo ha sabido.

—Acepto —escupo, clavando los dedos en el borde del escritorio—. Pero mantén tus malditas manos lejos de ella.

—Hijo, por favor, es mi pequeña. Solo quiero lo mejor para Luna —mentiroso.

A mí me importa una mierda terminar en una celda. Me importa una mierda la campaña, los periodistas o que medio país piense que soy un delincuente. Pero no voy a permitir que vuelva a quitarme a alguien. Ya lo hizo una vez.

1994. El humo. Los gritos. Todo lo que vino después.

Aprieto los dientes antes de que los recuerdos terminen de abrirse paso. No otra vez.

—Sabía que entrarías en razón —dice mi padre.

Recupera su voz perfecta con una facilidad que da asco. Como si hace un minuto no hubiera utilizado a su propia hija para ponerme una cadena al cuello y entonces mira a Alana.

—Y ahora falta tu parte.

La chica sigue inmóvil junto al escritorio. Tiene la espalda recta, las manos unidas frente al cuerpo y una expresión que intenta parecer profesional pero no lo consigue del todo.

Está pálida.

—Alana, sé que esto es repentino —continúa el viejo—, pero necesito a alguien en quien pueda confiar. Si aceptas mantener este acuerdo durante un año, tendrás mi recomendación directa para convertirte en jefa de Despacho en el Ministerio —sus ojos cambian. Ahí está. Ambición y mi padre también la ve—. Has trabajado cinco años para llegar hasta aquí —añade—. Sabes lo que significa una oportunidad así.

La chica baja la mirada unos segundos. La juzgué bien. Todo el mundo tiene un precio. El suyo simplemente viene con un despacho elegante.

—¿Un año? —pregunta finalmente.

—Un año.

—¿Y la prensa? ¿Los votantes? Nadie nos ha visto juntos —su voz no tiembla. Está pensando.

Eso me llama la atención. Hace menos de diez minutos parecía una secretaria asustada curándome la mano y ahora su cabeza ya está buscando agujeros en el plan.

—Mi equipo se ocupará de construir una cronología coherente —responde el viejo—. La historia será que mantuvieron la relación en privado —Alana frunce el ceño.

—Eso no responde cómo vamos a sostenerla —el viejo sonríe ligeramente.

—Para eso te tengo a ti —ella permanece en silencio y la observo mejor.

No mira únicamente a mi padre. Mira el escritorio, los documentos, la fotografía de Luna. Sus dedos se aprietan entre sí. Algo no encaja con la mujer desesperada por subir puestos que imaginé hace un minuto.

—¿No hay otra manera, señor? —la pregunta me sorprende.

Mi padre también tarda un segundo en responder.

—Si la hubiera, no te lo pediría —claro que lo haría.

Charles Cooper nunca pide nada cuando puede convertirlo en una necesidad.

—Alana —continúa con suavidad—, piensa en todo lo que esto significaría para ti. Tu carrera, tu familia. Todo por lo que llevas años trabajando.

Ella cierra los ojos durante un instante.Ahí está la verdadera presión,conmigo usa a Lunay con ella usa el futuro. El hijo de puta ni siquiera necesita levantar la voz. Alana inspira despacio.

—Acepto —la palabra cae en medio del despacho como una condena y la miro.

Ella me devuelve la mirada, no parece feliz y eso me irrita todavía más por alguna razón. Quiero que sea una trepadora. Una de esas personas que se venden por un puesto y luego justifican todo diciendo que era necesario. Sería más fácil odiarla.

Dos horas después, seguimos aquí.

Mi padre trabaja detrás de su escritorio como si acabara de cerrar una negociación cualquiera mientras un par de abogados terminan de redactar el contrato que va a decidir dónde vivimos, qué podemos decir y cuánto tiempo tendremos que fingir que no nos detestamos.

Cuando finalmente dejan los documentos frente a nosotros, ni siquiera los leo completos. Tomo el bolígrafo y firmo.

La punta casi atraviesa el papel.

Alana se acerca después. Se queda mirando su nombre unos segundos antes de estampar la firma junto a la mía.

Dos firmas. Dos razones distintas. La misma cuerda alrededor del cuello.

—Excelente —dice mi padre y lo miro con odio.

Todavía no ha terminado, lo sé por su cara.

—Alana, te mudarás hoy mismo al departamento de Ian —ella levanta la cabeza de golpe y yo también.

—¿Qué? —decimos al mismo tiempo.

—Los fotógrafos están siguiendo a Ian y seguramente empezarán a seguirte a ti en cuanto se anuncie el compromiso. Si van a creer que son pareja, tienen que actuar como una.

—El contrato no decía que tenía que vivir conmigo —suelto.

—Ahora lo sabes.

—Ni siquiera me ha preguntado si puedo mudarme hoy —interviene Alana y mi padre la mira.

—¿Puedes? —ella aprieta la mandíbula.

—Sí.

—Entonces está resuelto —hijo de puta.

Salgo del despacho antes de hacer algo que termine en otro titular y camino por el pasillo de servicio, escucho los tacones de Alana detrás de mí.

—¡Ian! —no me detengo— ¡Ian, espera! —llego al ascensor y presiono el botón.

Ella me alcanza justo antes de que las puertas se abran.

—No puedes simplemente dejarme aquí —me giro y Alana frena de golpe.

Me acerco lo suficiente para obligarla a retroceder hasta la pared metálica.

—Escúchame bien.

—Aléjate.

—No sé qué quieres de mi padre ni hasta dónde estás dispuesta a llegar por ese puesto— su mirada se endurece.

—No sabes nada de mí.

—Sé que acabas de firmar.

—Tú también —golpe bajo y aprieto la mandíbula.

—Yo no tuve elección.

—No eres el único que tiene cosas que perder —la respuesta me frena durante un segundo.

Alana sostiene mi mirada, no tiembla ni un poco.

Interesante.

—Entonces vamos a dejar una cosa clara —murmuro—. Si te mudas conmigo para vigilarme, informar a mi padre o jugar a ser otra de sus marionetas, vas a tener un problema.

—Yo trabajo para el senador. No para espiarte.

—Eso está por verse —las puertas del ascensor se abren y entro.

Alana no se mueve.

—¿Qué pasa, princesita? —pregunto—. ¿Ya te arrepentiste? —su expresión se endurece.

—Todavía no —Las puertas comienzan a cerrarse y sonrío.

—Dame tiempo —ella me sostiene la mirada.

—No te emociones, Ian. El hecho de que vaya a vivir contigo no significa que vaya a dejar que me intimides —mi sonrisa crece lentamente.

Quizás la muñeca de porcelana tenga más carácter del que pensé.

Mejor. Va a necesitarlo. Porque mi padre acaba de meterla en medio de una guerra que empezó mucho antes de que ella supiera mi nombre.

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