Capítulo 1 Capítulo sin título

Los tres mil dólares que mi padrastro Roberto pretendía cobrar por mí no alcanzaban ni para comprar un auto usado en buen estado. Eso era lo que más me dolía. Ni siquiera el hecho de que me estuviera vendiendo a un prestamista con cara de sapo y aliento a ajo; lo verdaderamente indignante era mi valor de mercado.

Por eso, cuando escuché su conversación en la sala y las risotadas de esos dos desalmados, no lo pensé. Salté por la ventana del baño, me rasgué los pantalones con un rosal resentido de ffffrr y eché a correr como si los mismísimos demonios me estuvieran persiguiendo. Lo cual no estaba tan lejos de la realidad.

El problema de correr por la ciudad a las diez de la noche con un zapato roto es que las opciones de escondite son escasas. Así que cuando vi la fachada iluminada de Funeraria San Gabriel: Un descanso celestial, no me importó la ironía. Empujé las puertas de cristal buscando refugio entre el olor a formol y la paz eterna.

Grave error.

Apenas puse un pie en el vestíbulo de mármol, las puertas se abrieron de golpe detrás de mí. Por el espejo del recibidor vi a los dos matones de Roberto: el "Gordo" Bruno y el "Flaco" Tito, dos simios con cuello de toro que olían a testosterona y mala educación.

—¡Busquen por las capillas! —gruñó Bruno—. La mocosa no pudo haber ido lejos.

Entré en pánico. Miré a la izquierda: la Capilla A estaba en remodelación. Miré a la derecha: la Capilla B tenía las puertas de madera abiertas de par en par, dejando ver un mar de arreglos florales del tamaño de árboles pequeños y una multitud vestida de negro pulcro.

Sin pensar, me cole deslizándome por la alfombra roja. Los pasos pesados de los matones resonaban en el pasillo, acercándose peligrosamente. La única opción para no ser vista desde la puerta era el fondo de la habitación, justo donde descansaba un ataúd de caoba barnizada con herrajes de oro que debían costar más que mi vida entera.

Tomé una decisión desesperada. Con el corazón a mil por hora, me abalancé sobre el féretro, me pegué a la madera pulida y solté un alarido digno de una telenovela de medianoche.

—¡¡¡ABUELITAAAAA!!! —berreé, desparramándome sobre el borde del ataúd con un llanto hipócrita pero magistral—. ¡¿Por qué te fuiste, abuelita de mi alma?! ¡No me dejes sola en este mundo cruel!

Sentí el silencio repentino en la sala. La gente dejó de murmura. Incluso la música suave del violín se cortó en una nota desafinada. Por el rabillo del ojo, vi a Bruno y a Tito asomarse por la entrada de la capilla. Me arriesgué a subir el volumen, dramatizando un sollozo que me hizo convulsionar el pecho.

—¡Tanto tiempo sin verte, abuelita! ¡Perdóname por no venir antes! —chillé, frotándome los ojos para que se me pusieran rojos—. ¡Díganme que es una pesadilla!

Esperaba que los matones se avergonzaran de interrumpir a una nieta desconsolada y se marcharan. Lo que NO esperaba era lo que sucedió a continuación.

Un hombre gigantesco, con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda y vistiendo un traje a medida que costaba más que el departamento de mi padrastro, se me acercó a pasos lentos. Pensé que me descubriría. Cerré los ojos, esperando el colapso.

En lugar de eso, el gigante soltó un rugido de dolor, sacó un pañuelo de seda y se echó a llorar como un bebé de tres meses.

—¡Es ella! —bramó el hombre, con una voz de ultratumba sofocada por el llanto—. ¡Santisímo cielo, es la nieta perdida de Doña Catia! ¡La profecía de la Jefa era cierta!

Antes de que pudiera procesar la palabra "Jefa", otros cuatro hombres del tamaño de roperos empotrados, todos portando bultos muy sospechosos bajo las chaquetas de sus trajes, corrieron hacia mí y me envolvieron en un abrazo colectivo que casi me fractura tres costillas.

—¡Señorita Sofía! —sollozaba uno en mi oído, mojándome el hombro con sus lágrimas—. Doña Catia siempre dijo que usted volvería antes de que la pusiéramos bajo tierra. ¡Miren no más qué milagro!

Me quedé helada. Eché un vistazo rápido hacia la entrada. Bruno y Tito se habían quedado paralizados en la puerta, blancos como el papel. Y con justa razón. 

Acababan de reconocer a los tipos que me estaban abrazando: eran los 'Moretti', la familia criminal más peligrosa, despiadada y sangrienta de toda la costa. Y la mujer a la que yo acababa de nombrar "abuelita" no era otra que Doña Catia Moretti, la legendaria matriarca que gobernó el crimen organizado durante cuatro décadas.

Por suerte, Bruno y Tito dieron un paso atrás, aterrorizados, y salieron huyendo como si hubieran visto al mismísimo diablo. La mala noticia era que ahora yo estaba atrapada en el funeral de la mujer más peligrosa de la ciudad, siendo aclamada como la heredera perdida.

—Un momento —interrumpió una voz fría y calculadora desde la fila del frente.

La multitud de matones llorones se abrió de golpe. De entre las sombras emergió un tipo joven, de unos treinta y pico de años, con una elegancia intimidante, pelo negro peinado hacia atrás y unos ojos grises que me atravesaron como dagas. Maximo Moretti. El nieto real de la difunta y el tipo que estaba a punto de tomar el control del imperio.

Maximo caminó despacio hacia mí, mirándome de arriba abajo: mis pantalones rotos, con un solo zapato y roto, la falta absoluta de parecido con la familia.

—Qué curioso —dijo Maximo, inclinándose tanto hacia mí que pude oler su perfume caro—. Mi abuela nunca me mencionó que tuviera una nieta con un zapato menos y olor a rosas pisoteadas.

Tragué saliva, sintiendo que la fosa común me esperaba. Pero si confesaba ahora, el clan Moretti me usaría de abono y el sapo de mi padrastro me vendería al mejor postor.

Así que sonreí con una mezcla de valentía e histeria, me limpié las lágrimas falsas y le dije:

—Es que la abuela siempre fue de guardar muy bien sus mejores secretos... primito.

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