Capítulo 2 Capítulo sin título

—¿"Primito"? —repitió Maximo con una ceja alzada y un tono tan gélido que casi congela los arreglos florales de la capilla.

El silencio en el velatorio era sepulcral. Decenas de hombres armados hasta los dientes contenían el aliento, pasando la mirada de Maximo a mí y de mí a Maximo. Mi vida dependía de mi capacidad para sostenerle la mirada a un mafioso con cara de modelo de revista y aura de asesino en serie.

—Sí, primito —dije, elevando la mentón con un drama desmesurado—. Sé que es un shock. Pero la tía abuela Catia... perdón, mi adorada Nonna, siempre quiso mantenerme alejada del "negocio familiar" para protegerme. ¿Verdad, muchachos?

Miré desesperada a los cuatro roperos con traje que me rodeaban.

—¡Es verdad! —chilló Rocco, el gigante de la cicatriz, secándose los mocos con un pañuelo de seda rosa—. ¡Doña Catia me lo dijo una vez! "Rocco", me dijo, "algún día vendrá una muchacha despeinada y con un solo zapato a reclamar su lugar". ¡Era una profecía!

Maximo se llevó los dedos al puente de la nariz, dejando escapar un suspiro de profunda resignación.

—Rocco, la abuela te dijo eso porque estabas borracho con grappa casera —reprochó Maximo. 

Luego se giró hacia mí, acorralándome sutilmente contra el ataúd de caoba—. A ver, "prima". Si realmente eres una Moretti, sabrás cuál era la comida favorita de la Nonna.

Tragué saliva. Diablos. Piensa rápido, Sofía. Son mafiosos italianos de película.

—Los ravioles... de la mamá —improvisé a toda prisa—. Con... mucho queso y... sangre de sus enemigos.

Un murmullo de conmoción recorrió la sala. Un par de matones veteranos se persignaron con devoción.

—¡Es una Moretti pura sangre! —exclamó uno del fondo—. ¡Solo una verdadera nieta sabría lo del toque de sangre!

Marco me miró fijamente, claramente escéptico, pero antes de que pudiera interrogarme más, la puerta de la capilla se abrió de par en par con un estrépito.

Era Roberto, mi nefasto padrastro, acompañado de tres policías corruptos y del tipo con aliento a ajo al que me quería vender. Habían cobrado el valor suficiente para volver a buscarme, creyendo que me escondía en un funeral cualquiera.

—¡Ahí está la chiquilla! —gritó Roberto, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Se escabulló aquí! Oigan, señores, lamento la interrupción del luto, pero esa niña se viene conmigo. ¡Es mi hijastra y tengo los papeles de su custodia!

Me encogí instintivamente. Por un segundo olvidé dónde estaba parada, pero la reacción de la sala fue inmediata.

Rocco y otros quince hombres metieron las manos bajo sus chaquetas al mismo tiempo, haciendo un coro simultáneo de metálicos CLACK-CLACK al amartillar sus pistolas. El sonido resonó en la capilla como una sinfonía de muerte.

—¿Quién interrumpe el duelo de la Señorita Sofía? —gruñó Rocco, dando un paso al frente que hizo temblar las baldosas.

Roberto y su comitiva se pusieron más pálidos que la propia Doña Catia en el cajón. Mi padrastro dio tres pasos hacia atrás, tartamudeando.

—E-ella... ella es mi hijastra. Me pertenece...

Maximo se acomodó los puños de la camisa con una calma aterradora, dando un paso al frente para ponerse entre Roberto y yo.

—Interesante —dijo Maximo con una sonrisa helada que dio más miedo que los quince tiros amartillados—. Así que viniste a reclamar a la nieta de Doña Catia Moretti en medio de su funeral. Supongo que trajiste contigo un testamento vital o, en su defecto, un ataúd a tu medida.

—¿N-nieta de quién? —balbuceó el tipo del aliento a ajo, meándose literalmente encima.

—Muchachos —ordenó Maximo con voz suave—, explíquenles a estos caballeros cuál es la política de la familia sobre las personas que hacen llorar a nuestra nueva "princesa".

Lo que ocurrió en los siguientes dos minutos fue una mezcla entre una película de acción y una comedia absurda. Los matones de la mafia persiguieron a mi padrastro y a los policías por todo el pasillo de la funeraria, lanzándoles arreglos florales de quinientos dólares y candelabros de bronce mientras los tres huían chillando como cerdos.

Desde la puerta, vi a Roberto tropezar con una corona de flores que decía "Con amor, el Cartel del Norte" y salir rodando hasta la calle.

Inspiré hondo, disfrutando de la dulce venganza. Sin embargo, mi alivio duró poco. Sentí una presencia pesada a mi espalda.

Me giré para encontrarme con Maximo, que me observaba con los brazos cruzados y una sonrisa calculadora.

—Bien jugada esa actuación, "prima" —murmuró, acercándose a mi oído mientras los demás seguían afuera corriendo a mi padrastro—. Despachaste a tus acreedores. Pero ahora que estás a salvo de ellos... entras oficialmente a la familia Moretti.

—¿Qué? —pestañé, asustada—. No, no, yo ya me iba, solo vine a presentar mis respetos a la abue...

—Ni lo sueñes —me interrumpió Marco, tomándome suave pero firmemente del brazo—. Mis hombres creen que eres la nieta sagrada. Si les digo ahora que nos engañaste, te van a meter a ti en el ataúd con la Nonna. Así que te vienes con nosotros... al menos hasta que descubra quién demonios eres y qué tramas.

Tragué seco, mirando hacia el cajón de Doña Catia. Podía jurar que la anciana muerta tenía una sonrisa burlona en los labios.

De Guatemala a Guatepeor: me había librado de ser vendida por tres mil dólares, pero ahora era la rehén oficial de la mafia italiana. Y ni siquiera tenía los dos zapatos puestos.

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