Capítulo 3 Capítulo sin título

El trayecto hacia la mansión Moretti en una limusina blindada fue, sin duda, la prueba de fuego para mis habilidades actorares. Iba sentada entre Rocco que no paraba de ofrecerme pañuelitos de seda y galletas de pistacho mientras sollozaba por la Nonna y Maximo, quien me devoraba con la mirada como si fuera un microscopio buscando gérmenes.

—¿Te gusta el tapizado de cuero, prima? —preguntó Maximo con un sarcasmo tan afilado que podía cortar la madera del ataúd de su abuela—. Es de becerro italiano. Muy cómodo para alguien que hace veinte minutos corría en descalzo por un callejón como una rata asustada.

—Es encantador, primito —respondí, acomodándome el único zapato que me quedaba con elegancia fingida—. Aunque en mi palacio de verano suelo preferir la seda. Pero aprecio el esfuerzo de la clase trabajadora.

Rocco se secó una lágrima con la manga de su traje de mil dólares.

—¡Qué elegancia! ¡Tiene el mismo carácter de perro rabioso que la difunta Jefa! —chilló el gigante de dos metros—. ¡Es un milagro de San Genaro!

Maximo rodó los ojos con tal fuerza que creí que se le quedarían atascados en el cerebro.

—Sí, Rocco. Un milagro con aroma a rosas pisoteadas y sudor de pánico.

Cuando la limusina cruzó los portones de hierro fundido de la mansión, casi me da un soponcio. La casa no era una mansión: era una fortaleza barroca donde los candelabros de cristal competían en extravagancia con la colección de estatuas de mármol que, con toda seguridad, habían sido robadas de un museo europeo.

—Bienvenida a tu humilde hogar —dijo Max al abrirme la puerta del auto, haciendo una reverencia exagerada y burlona—. Las habitaciones de los miembros de la familia están en el segundo piso. La tuya está justo al lado de la mía. Sabes... para mantenernos cerca. Y asegurarme de que no te evapores en la noche con la cubertería de plata.

—Qué atento —sonreí con frialdad—. Pero no te preocupes, mi amor por la familia es demasiado grande para irme tan pronto. Especialmente por ti, mi querido primo.

—Ah, qué tierno. Me vas a hacer llorar... o llamar a mis hombres para que te hagan unos bonitos zapatos de cemento.

El recorrido por la casa fue un desfile absurdo. Todos los sirvientes, matones de guardia y cocineros armados con cuchillos de carne se detenían a mi paso, hacían una reverencia y me llamaban "Señorita Sofía". 

En menos de diez minutos me sirvieron un plato de pasta del tamaño de mi cabeza porque según el chef del clan, me veía "desnutrida para ser una Moretti".

A medianoche, cuando por fin logré encerrarme en mi habitación una suite barroca con una cama King Size que parecía una cúpula papal, solté un suspiro de alivio. Me quité el único zapato que me quedaba y me dejé caer en el colchón.

Por primera vez en años, mi padrastro no estaba al otro lado de la puerta gritando para venderme. Por desgracia, la puerta de mi habitación se abrió de golpe sin previo aviso.

Max entró como si fuera el dueño del lugar (bueno, técnicamente lo era), sosteniendo una carpeta de cuero negro y una copa de vino.

—Las normas de educación sugieren tocar la puerta, genio —dije, tapándome hasta la barbilla con las sábanas de seda.

—Las normas de mi casa sugieren que los impostores no tienen derecho a la privacidad —replicó él, apoyándose contra la pared y dando un sorbo a su copa—. Mandé a mis hombres a revisar el registro civil. Resulta que "Sofía la nieta perdida" no existe en los archivos de la familia. Qué sorpresa tan mayúscula. Estoy que me desmayo del impacto.

Tragué seco, pero me mantuve firme, cruzándome de brazos.

—La Nonna sabía cómo falsificar documentos, "primito". Deberías saberlo tú mejor que nadie.

Max caminó despacio hacia la cama. Se inclinó sobre mí, apoyando ambas manos a los lados de mi cabeza, dejándome atrapada entre el colchón y su presencia abrumadora. Podía oler su perfume costoso y ver la chispa de diversión diabólica en sus ojos grises.

—Esa excusa fue buena, lo admito —murmuró con voz baja y peligrosa—. Pero aquí está el verdadero problema, "primita": si mañana en el entierro no eres capaz de pronunciar el discurso oficial del clan frente a los Capos de las otras cuatro familias rivales... ellos van a saber que eres una farsa. Y si descubren que los Moretti fuimos engañados por una niña con un solo zapato, nos verán débiles. Y si nos ven débiles, nos disparan.

Me quedé helada.

—¿Tengo que dar un discurso? —susurré, sintiendo un sudor frío.

—Un discurso emotivo, sangriento y en italiano antiguo —sonrió Maximo, mostrándome sus impecables dientes blancos con puro sarcasmo—. Así que tienes exactamente seis horas para aprenderte el credo del crimen organizado de la ciudad, prima querida. Si fallas, la Nonna no será la única en la fosa mañana por la mañana.

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