Capítulo 4 Capítulo sin título

El "entrenamiento intensivo de mafia" duró exactamente tres horas antes de que colapsara sobre el escritorio de caoba. Max intentaba enseñarme a pronunciar “Vendetta” con el tono adecuado para no sonar como una turista pidiendo una pizza, pero mis cuerdas vocales solo emitían chillidos de cansancio.

A las ocho de la mañana del día siguiente, la mansión era un caos. La casa entera se preparaba para el funeral de estado de Doña Catia. Yo vestía un vestido negro de encaje italiano tan ajustado que respirar era un lujo opcional, cuando las puertas dobles del salón principal se abrieron de par en par con un estrépito digno de una entrada de diva.

—¡¡MAXIMO, MI CIELO!! —chilló una voz agudísima que casi rompe las copas de cristal de Bohemia.

Por el pasillo avanzó una mujer rubia despampanante, vestida con un atuendo de luto que parecía más bien diseñado para una pasarela en Milán, seguida por dos caniches gigantes con lazos negros en las orejas. Gianna. La ex prometida de Max y la hija del Capo de la familia rival, los Falcone.

Gianna se lanzó a los brazos de Maximo como si fuera un saco de patatas, sofocándolo en un abrazo cargado de perfume a jazmín concentrado.

—¡Oh, mi amado! Supe lo de tu abuela y vine volando desde París. ¡Sé lo destruido que debes estar sin mi apoyo moral! —dijo Gianna, parpadeando unas pestañas postizas que daban sombra propia.

Max la despegó de su pecho con la elegancia de quien se quita un chicle de la suela del zapato.

—Gianna. Qué sorpresa. Pensé que estabas muy ocupada gastándote el dinero de tu padre en la Costa Azul.

—¡Jamás le daría la espalda a mi futuro esposo! —declaró ella, para luego clavar sus ojos de águila en mí—. Espera... ¿quién es esta muerta de hambre? ¿Y por qué lleva puesto un vestido de la colección pasada de Gucci?

Me acomodé el vestido indignada.

—¿"Muerta de hambre"? —repetí, dando un paso al frente con la mano en la cadera—. Muchacha, este vestido es vintage. Y soy Sofía Moretti, la nieta de Doña Catia. Así que guarda a tus perritos de peluche antes de que le ordene a Rocco que se los coma de botana.

Gianna ahogó un grito horrorizado y se llevó la mano al pecho, mirando a Max en busca de auxilio.

—¡Maximo! ¿Vas a dejar que esta aparecida me hable así? ¡Nuestra alianza matrimonial iba a unificar los territorios!

—Bueno, técnicamente romper nuestro compromiso fue la última voluntad de la Nonna —interrumpió Maximo, dibujando una sonrisa maquiavélica mientras sacaba un documento del interior de su saco—. Lo cual me lleva a nuestro pequeño asunto, prima.

Max caminó hacia mí y me extendió una pluma de oro junto con un contrato oficial con membrete del clan.

—Como los Falcone están presionando para quedarse con los muelles de la ciudad mediante una boda estratégica —explicó Maximo en un susurro audible para toda la sala—, y mi adorada "nieta legítima" acaba de aparecer... la Nonna dejó estipulado que la heredera directa tiene el control de las alianzas. Y tienes que firmar ese contrato querida prima.

Deslicé la mirada con rapidez sobre las cláusulas del documento que Maximo había arrojado frente a mí sobre la mesa de caoba. 

Encabezado con una tipografía casi elegante, el título no ocultaba la locura del asunto: 

Contrato de Co-Jefatura y Herencia. 

Las reglas eran ridículamente simples y absurdamente peligrosas. Si estampaba mi firma en ese papel, me comprometía a asumir la identidad de la supuesta heredera Moretti durante seis interminables meses. 

¿El objetivo? Bloquear el inminente matrimonio de conveniencia con Gianna y mantener a la familia Falcone lo suficientemente alejados como para no desatar una guerra de clanes. 

A cambio del espectáculo, la recompensa no era modesta:

cinco millones de dólares limpios, protección blindada de por vida contra las garras de mi padrastro y, lo más tentador en ese instante, una colección de zapatos que no tuvieran las suelas despegadas ni agujeros en los talones.

—¿Seis meses haciéndome pasar por la nieta de una difunta mafiosa y aguantando tu cara de amargado todos los días? —pregunté en un susurro cargado de sarcasmo, arqueando una ceja con deliberada lentitud.

—Y cinco millones en una cuenta suiza —añadió Maximo, inclinándose hacia mí sobre la mesa con esa maldita sonrisa descarada que daba ganas de abofetearlo o besarlo—. Vamos, Sofía. Firmar esto es tu única forma de no terminar en un contenedor de basura cuando Gianna descubra que no sabes ni decir buongiorno sin tropezarte con tu propia lengua.

Desvié la vista hacia el otro extremo de la habitación. Gianna me fulminaba con la mirada mientras apretaba los puños, intentando en vano calmar a un par de caniches neuróticos que no dejaban de ladrarle a mis tobillos. Luego volví a fijarme en Maximo. Sus ojos grises brillaban con esa mezcla exasperante de desafío, arrogancia y pura diversión. Sabía que me tenía entre la espada y la pared, pero yo no pensaba ponérselo tan fácil.

Apreté los dientes, tomé la pesada pluma de oro y firmé la última página con un trazo firme y elegante. Dejé caer el bolígrafo con estruendo, me acerqué a él y le di una palmadita despectiva en la mejilla a Maximo.

—Trato hecho, "primito" —dije, sonriendo con una frialdad impecable—. Pero que te quede claro desde hoy: el perro insoportable de Gianna duerme en el patio... y tú me vas comprando unos Manolo Blahnik para el funeral.

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