Capítulo 5 Capítulo sin título
El cementerio central parecía el escenario de una cumbre de la Organización de las Naciones Unidas, si la ONU estuviera integrada exclusivamente por criminales en trajes de tres piezas, gafas de sol a medianoche y pistolas bañadas en oro.
Sostener la sombrilla de encaje negro sobre la tumba de mi "abuela" mientras intentaba no tropezarme con los Manolo Blahnik que Maximo me había comprado esa mañana era un deporte de alto riesgo. A mi lado, Maximo se erguía impecable, proyectando esa aura de “soy extremadamente rico y puedo mandar a hacerte desaparecer antes de la hora del almuerzo”.
Rocco nos cubría con un paraguas gigante, moqueando ruidosamente sobre la solapa de su saco.
—Aún no puedo creerlo —sollozaba Rocco, pasándose un pañuelo de encaje por los ojos
—. La Nonna se fue... y nos dejó a esta hermosa angelita para guiarnos. Miren nada más esa carita de inocencia, jefe. Es el vivo retrato de la matriarca cuando mandó a quemar el puerto en el ochenta y dos.
—Es una obra de arte de la genética, Rocco —murmuró Maximo con un sarcasmo tan fino que Rocco solo pudo asentir con devoción—. Sobre todo la parte donde la "angelita" casi rompe un florero de diez mil dólares esta mañana porque no sabía usar el grifo del baño.
—Era un grifo con sensor táctil de última tecnología, primito de mi corazón —le dije entre dientes, manteniendo una sonrisa angelical para los fotógrafos de la prensa negra que rondaban las rejas—. En mi antiguo palacio teníamos sirvientes para abrir el agua.
—Ah, claro. El famoso "Palacio del Baño Compartido" donde tu padrastro cobraba la entrada a cincuenta centavos —susurró Maximo, inclinándose apenas hacia mi oído—. Por cierto, hablando de la realeza... mira quién viene a darte las condolencias.
A través de la niebla del cementerio apareció Don Silvio Falcone, el Capo supremo del clan rival y padre de la insufrible Gianna. El anciano caminaba apoyado en un bastón con empuñadura de calavera de plata, rodeado por cuatro guardaespaldas que tenían más cicatrices en la cara que un balón de fútbol viejo. Gianna iba justo detrás de él, fulminándome con la mirada como si deseara que me cayera dentro de la fosa abierta.
—Muchacho —gruñó Don Silvio, con una voz que sonaba como dos lijas frotándose—. Mis condolencias por la partida de Catia. Esa mujer era un demonio con falda, pero vaya que sabía negociar.
—Gracias, Don Silvio —respondió Maximo, haciendo una inclinación formal de cabeza—. La familia aprecia su presencia.
Los ojos pequeños y astutos del viejo Capo se posaron de inmediato en mí. Me escaneó de pies a cabeza con la frialdad de un liquidador de hipotecas.
—Así que esta es la famosa "nieta perdida" —dijo Don Silvio, soltando una risotada seca que pareció espantar a los cuervos de los árboles cercanos—. Qué coincidencia tan oportuna, ¿no crees? Catia pasa a mejor vida y, mágicamente, de la nada aparece una heredera para romper el acuerdo de matrimonio que tenías con mi Gianna.
—Las coincidencias del destino son misteriosas, Don Silvio —intervine, dando un paso al frente con una elegancia improvisada que hasta a mí me sorprendió—. Pero la Nonna siempre dijo que la sangre Moretti no se mezcla con cualquiera. Especialmente con clanes que usan demasiado fijador de cabello y perfume barato.
Gianna ahogó un grito de indignación detrás de su padre.
—¡Papá! ¡¿Escuchaste a esta muerta de hambre?! —chilló la rubia, señalándome con una uña acrílica de diez centímetros—. ¡Ella no es una Moretti! ¡Maximo la encontró en la calle! ¡Apesta a zapato roto y desesperación!
Maximo dio media vuelta suavemente, poniéndose a mi lado y entrelazando su brazo con el mío con una familiaridad que me provocó un cosquilleo inesperado en el estómago.
—Cuidado con las palabras que usas para referirte a mi prima, Gianna —dijo Maximo, con una voz tan suave que helaba la sangre—. Estás hablando con la Co-Jefa del clan Moretti. Y si te queda alguna duda sobre su autenticidad... Sofía está a punto de dedicarnos unas palabras sobre el legado de nuestra abuela. En italiano antiguo, por supuesto. ¿Verdad, querida?
Me quedé helada. Los Manolo Blahnik casi se clavaron dos centímetros más en la tierra húmeda. Miré a Maximo de reojo. El maldito infeliz estaba disfrutando cada segundo de mi pánico.
—¿El discurso? —pregunté con una sonrisa congelada—. ¡Oh, sí! El discurso. Claro que sí. Es que la emoción me embarga, primito.
—Estamos ansiosos por escucharte, ragazza —sonrió Don Silvio con malicia, cruzando las manos sobre su bastón—. A ver si tienes los agallas de tu abuela... o si eres solo una actriz barata que Maximo contrató para evitar darle a mi familia el control de los muelles.
Toda la multitud de mafiosos se acomodó. Rocco me miraba con lágrimas en los ojos, esperando una revelación divina. Gianna sonreía victoriosa. Maximo me miraba con una ceja alzada, desafiándome abiertamente a salir de esta.
Inspiré hondo. Si fallaba ahora, no habría cinco millones de dólares, ni zapatos caros, ni mañana. Solo una caminata directa al fondo del río.
Di un paso hacia el micrófono instalado frente al ataúd. Aclaré mi garganta y miré al público de matones armados.
—Cari amigos y... familia —comencé, intentando impostar la voz más grave y dramática posible—. La Nonna Catia era una mujer de pocas palabras y muchos... disparos. Ella siempre decía: “La familia es como un buen plato de espagueti... si la dejas enfriar, se pega; y si alguien intenta robártela, le rompes las piernas con el palo de la amasar”.
Un murmullo de asombro recorrió a los hombres de la retaguardia. Rocco ahogó un sollozo.
—Hoy le decimos adiós a una gran mujer —continué, improvisando el falso italiano con acento de película de bajo presupuesto—. Y a todos los que dudan de mi lugar aquí... solo les digo una cosa: Vendetta, pepperoni y mozzarella para el que intente tocar a los Moretti. ¡Capisci!
El silencio que siguió a mi discurso duró tres segundos enteros. Pensé que Don Silvio sacaría una pistola para ejecutarme en el acto.
De pronto, Rocco comenzó a aplaudir descontroladamente, rompiendo en un llanto histérico.
—¡BRAVO! ¡¡HERMOSO!! —gritó el gigante—. ¡Dijo la palabra secreta de la Nonna! ¡¡Mozzarella!! ¡Es ella! ¡Es la verdadera heredera!
En cuestión de segundos, los cincuenta matones del clan Moretti estallaron en un ovación ensordecedora, disparando al aire sus armas en señal de respeto mientras los cuervos salían volando en estampida. Don Silvio se quedó petrificado, incapaz de contradecir la euforia colectiva, mientras Gianna pataleaba en el barro como una niña mimada.
Maximo se acercó a mí entre el bullicio, aplaudiendo despacio con una sonrisa diabólica dibujada en los labios.
—"¿Pepperoni y mozzarella", Sofía? —murmuró a mi oído, rozando mi mejilla—. Es oficialmente el discurso mafioso más ridículo en la historia del crimen organizado.
—Pero funcionó, primito —le respondí, acomodándome las gafas de sol con suma elegancia—. Ahora, si me disculpas, tus hombres me están aclamando. Y creo que escuché a alguien decir que el banquete del velatorio incluye cannolis gratis.
