Capítulo 1 1
Alexis
Está oscureciendo afuera.
Enciendo la lámpara de mi escritorio y me estiro en la silla, intentando evitar la inevitable joroba de final del día. Me ruge el estómago y deslizo el cajón inferior del escritorio, mirando con antojo las golosinas de adentro. Ah, sí, el viejo y confiable cajón secreto de snacks. Es secreto no porque me avergüence de cuánto pico, sino porque Vicky Oberman, en el cubículo de enfrente, se asomará por encima del separador como una suricata si oye el crujido delator de una bolsa de papas fritas.
Saco un paquete de Twizzlers y vuelvo a cerrar el cajón. Me quedo mirando el cursor parpadeante en la pantalla mientras mordisqueo la punta de una tira de regaliz sabor fresa. Le dije a mi prometido, Grant, que hoy llegaría tarde a casa porque quería terminar esta nota, pero no estoy segura de que me dé la gana.
Es solo una nota de relleno: la improbable historia de cómo el encargado de mantenimiento de un centro comunitario encontró los patines exactos que usaba cuando iba al centro de niño. El señor Finkel se pasó la mitad de la entrevista recordando cuánto costaba todo en aquella época (una gaseosa: cinco centavos; un hot dog: veinticinco centavos; dos bolas de helado: diez centavos), y el resto del tiempo hablando de que los chicos de hoy no valoran el lujo de tener un centro comunitario al que ir.
Ahora, es mi trabajo como dedicada periodista de noticias locales convertir ese montón de gelatina aburrida en un artículo provocador que examine el papel de los centros comunitarios en el empoderamiento de la juventud del mañana.
O al menos, así he decidido enfocarlo. Mi editora, Debbie Harris, solo quiere que escriba la nota. De hecho, sus palabras exactas fueron: —Nadie la va a leer, excepto ese encargado, así que asegúrate de no escribir mal el nombre del tipo.
Debbie no oculta que no gasta tiempo ni energía en las notas de relleno cuando hay historias más grandes que contar. Yo solo quisiera que me diera una de esas historias grandes. Mi trabajo en el New York Union hasta ahora ha tenido poquísimo de sustancia.
—¡Wright! —se oye una voz cortante desde la entrada de mi cubículo.
Ay, no. Hablando del rey de Roma.
Me giro para quedar frente a Debbie, con un Twizzler todavía asomando por la boca. Es una mujer escocesa de aspecto severo, con el cabello rubio perfectamente peinado, los ojos delineados de negro y un labial que nunca se desacomoda. Tiene una encomiable e infinita selección de trajes sastre de colores llamativos. El de hoy es un saco fucsia con pantalón a juego y una blusa blanco brillante debajo. Parece tener unos cuarenta y cinco, pero en los dos años que llevo trabajando en el periódico jamás la he oído hablar de su edad. Escuché el rumor de que una vez alguien en la oficina intentó hacerle una fiesta de cumpleaños y nunca se volvió a saber de esa persona.
—¿Cómo va la nota? —pregunta con su marcado acento de Glasgow.
—Bien. —Arranco de un mordisco la punta del Twizzler—. Justo iba a…
Ella agita una mano.
—No. Es todo lo que necesito saber. Solo vine a darte tu asignación para mañana. —Sonríe—. Esta te va a gustar.
Se me acelera el corazón. Por fin Debbie me va a dar algo con sustancia para hincarle el diente.
—¡Es una exposición canina! —anuncia.
—Ah.
—No pongas esa cara de decepción. —Se recarga en la pared de mi cubículo—. No has escuchado la mejor parte.
Alzo una ceja, esperando.
Debbie se inclina un poco hacia mí.
—Todos los perros imitan a celebridades.
—¡Debbie! —gimo, dejando caer la cabeza hacia atrás, frustrada—. Es más de la misma basura que siempre me toca. ¿Para qué me emocionas?
Ella patea la base de mi silla y me sobresalto, incorporándome de golpe; después cruza los brazos y me fulmina con la mirada.
—Otra vez con tu falta de paciencia —me regaña—. ¿Sabes lo afortunada que eres por tener este trabajo? Tengo una docena de currículums en el cajón de gente que mataría por escribir una nota sobre un desfile de perros con trajecitos.
—Sí —suspiro—. Tienes razón. Lo siento. Gracias.
Ella sonríe y se va.
Sé que Debbie tiene razón, pero no puedo evitar la frustración. Por más adorable que suene la exposición canina, yo quiero escribir historias que importen.
El reloj marca las cinco y media y empiezo a guardar mis cosas. Hoy no tengo ganas de quedarme hasta tarde. Solo quiero acurrucarme en el sofá con Grant, una copa grande de vino tinto, y ver algo de televisión sin pensar. De hecho, eso suena exactamente a lo que recetó el doctor.
Tarda casi cuarenta minutos ir desde las oficinas del periódico en Manhattan hasta nuestro loft en Brooklyn. Grant tiene suerte: acaban de hacerlo socio junior en un bufete de derecho mercantil en el centro de Brooklyn y su caminata al trabajo es de menos de diez minutos.
Es una tarde inusualmente cálida para noviembre, pero aun así hay un filo en el aire que me hace apretar más el abrigo contra el cuerpo mientras camino desde el metro hasta nuestro edificio. Subo los escalones de la entrada y entro al ascensor que espera, soñando con un pinot noir con cuerpo.
La puerta del departamento está sin llave, lo cual es sorprendente. Por cerca que esté su oficina, el derecho en Manhattan no es ninguna broma, y Grant trabaja horas durísimas. Había dicho que hoy no llegaría demasiado tarde, así que me pregunto dónde se habrá metido. Dejo las llaves en el cuenco y entro a la sala, esperando encontrarlo ahí, pero no se lo ve por ninguna parte.
—¿Grant? —llamo. Las tablas viejas del piso se quejan bajo mis pies mientras camino hacia el dormitorio, dejando el bolso en el sofá al pasar.
Chirrido. Chirrido.
Llevo discutiendo con Grant desde que nos mudamos juntos por el colchón de nuestro dormitorio. A él le encanta, pero yo no soporto los resortes chirriantes. El asunto es que los resortes solo hacen ruido cuando Grant y yo nos ponemos con cosas de adultos. Y como estoy parada en el pasillo, empiezo a entender con un horror creciente que eso significa…
Ay, Dios.
Cuando empujo la puerta del dormitorio con unos dedos que de pronto se sienten pálidos y temblorosos, me topo con algo que jamás, jamás quise ver.
Lo primero que veo es el trasero pálido de Grant, apretándose mientras embiste.
Lo segundo que veo es la cara horrorizada de la mujer debajo de él, que acaba de cruzar la mirada conmigo y ha entendido —demasiado, demasiado tarde— que cometió un gran error.
Se me cae la mandíbula.
La mujer intenta empujar a Grant para quitárselo de encima y taparse con el edredón, pero al grandulón le toma un segundo darse cuenta de lo que está pasando. Cuando por fin lo hace y levanta la vista para verme de pie en el marco de la puerta, se le descompone la cara.
—¡No es lo que parece! —grita. Salta de la cama, se sube unos bóxers —los que le regalé por su cumpleaños el año pasado, noto— y gesticula como loco.
Mirarlo me revuelve el estómago, así que miro a la chica en su lugar. Está acurrucada bajo el edredón. Su cabello rubio de botella está hecho un desastre y tiene los ojos muy abiertos, en shock.
—¡No es lo que parece! —repite Grant, como si no lo hubiera escuchado la primera vez.
Por un segundo, quiero creerle. Sería muchísimo más fácil tragarme sus mentiras que aceptar que mi prometido, el hombre con el que he pasado todos los domingos de los últimos dos años acurrucada en el sofá, me ha traicionado de la peor manera.
Pero no hay forma de negar que es exactamente lo que parece.
La rabia me llena las venas como queroseno. Solo me falta una chispa.
—¿Entonces qué es? —exijo, abriendo más los ojos—. ¿Se estaban revisando por piojos? ¿Se le cayó un arete dentro de tus pantalones?
Grant se apresura hacia mí. Su pelo castaño claro está erizado en mechones desordenados y tiene lápiz labial corrido alrededor de la boca.
—Cariño, ¡déjame explicarte!
Ver esos labios —los labios que yo creía que eran solo míos para besar— me prende fuego la sangre, como si me chamuscara la piel por dentro.
Tiene unos ojos grandes, llenos de sentimiento. Recuerdo haberme enamorado de ellos, de él. Se veían preciosos a la luz de las velas en el restaurante italiano al que me llevó para nuestra primera cita en serio. Incluso ahora, una parte de mí quiere absorber la emoción que hay ahí y perdonarlo.
Meto esa parte de mí en una caja, la cierro con llave y tiro la llave.
—Lárgate —ordeno con frialdad, señalando con el dedo hacia la puerta principal—. Los dos tienen que largarse ahora mismo.
El corazón intenta treparme por la garganta. Siento que voy a vomitar. ¿Cómo pudo hacerme esto? Estoy a dos segundos de derrumbarme por completo, y ni de broma voy a dejar que Grant se quede aquí para verlo.
Grant frunce el ceño.
—Pero es mi departamento.
—¡Te dije que te largaras de una puta vez antes de que te saque yo! —Mi voz alzada funciona. Con un chillido, la mujer pasa corriendo junto a mí hacia la puerta principal.
Grant se gira y estira la mano hacia un pantalón. Debí de no haber sido clara; quizá necesita que se lo repita una última vez.
—¿Tartamudeé? Dije: ¡Lár-ga-te. De. Una. Puta. Vez!
Al oír el veneno en mi voz, Grant abandona el pantalón y sale disparado por la puerta. Dos segundos después, oigo el portazo.
