Capítulo 2 2
Me desplomo en el pasillo, como una marioneta a la que le han cortado los hilos sin piedad.
Parece que la habitación retumba con el eco de mi corazón golpeando. Permanezco inmóvil y en silencio durante mucho rato, con la mente benditamente en blanco. Solo me quedo mirando la pared, escuchando mi pulso entrecortado.
Recuerdo haber elegido la pintura para el pasillo. El color se llama Acero Gris. Después de mudarme, quise que se sintiera más como nuestro hogar, en lugar de solo el suyo, pero a Grant le gustaba todo tal como estaba. No me dejaba mover los muebles, ni redecorar la sala, ni reorganizar el clóset. Al final cedió y me permitió pintar este único pasillo, donde las paredes ya estaban raspadas en algunos puntos. Me dieron unos cuantos metros cuadrados para que fueran míos. En ese momento, se lo agradecí.
¿Cómo no pude ver entonces que Grant no estaba dispuesto a hacerme un lugar en su vida?
Me escuecen los ojos de lágrimas. Echo la cabeza hacia atrás contra la pared. Se suponía que íbamos a casarnos. ¿Después de todos los sacrificios que hice por él, de todas las veces que lo puse primero, y ahora me entero de que nuestra vida juntos no significaba una mierda para él?
Rompo en sollozos miserables. Lágrimas gruesas me corren por las mejillas, los hombros temblándome, el pecho agitándose mientras lucho por respirar. No sé si estoy llorando la pérdida de mi prometido o la pérdida de la vida que había planeado con él: matrimonio, bebés, una familia propia.
Sea lo que sea, hoy perdí algo. Y maldita sea, duele.
No tengo ni la más mínima gana de levantarme de la cama por la mañana, pero sé que el trabajo es lo único que va a borrar de mi mente la mueca de Grant manchada de lápiz labial. Así que arrastro los pies hasta la oficina y termino el artículo del centro comunitario. Luego toca ir a cubrir la exposición canina.
Se siente bien no hacer nada. Por una vez, hasta agradezco que a Debbie le encante endilgarme los encargos absurdos. No me alcanza la cabeza para dramas legales ni para periodismo de investigación profundo. Una exposición canina de imitadores de celebridades es, más o menos, lo máximo que puedo procesar ahora mismo.
Como estaba previsto, es de lo más cursi. Mi favorito es un galgo vestido como Ziggy Stardust, que aúlla en un micrófono cuando se lo ordenan. Al final no gana nada, lo cual es decepcionante. El ganador de la categoría de mejor disfraz es un caniche con una sonrisa lacónica que se hace llamar “Pawl Newman”. El segundo lugar se lo lleva un salchicha con un mono brillante y una peluca pelirroja que el dueño quiere que creamos que es Elton John. Me voy pensando que a Ziggy lo robaron.
Regreso a la oficina para empezar a redactar el artículo, preguntándome si esto es todo para mí. ¿Estoy condenada a pasar el resto de mis días escribiendo artículos que nadie va a leer hasta que algún día me jubile para convertirme en una señora de los gatos, sin hijos y amargada? Tiene que haber algo más que esto.
Durante el día, le mando mensajes a mi mejor amiga, Clara Fitzgerald, para ponerla al tanto de lo último en mi vida amorosa. Intenta llamarme varias veces, pero no contesto. Cuando termino de trabajar a las cinco y media en punto, le devuelvo la llamada.
—¡Por fin! —gime—. Ya estaba empezando a preocuparme por ti.
—Perdón. Es que ha sido un día ajetreado. —Saco una barra de chocolate de mi bolso y empiezo a darle mordidas camino al metro.
—No puedo creer lo de Grant. Qué cerdo.
—Lo sé. —Suspiro—. Mira, en el metro en un momento se va a cortar. ¿Puedo llamarte después?
—¡No hace falta! —dice Clara, animada—. Ya voy de camino a tu casa.
—Clara…
De verdad no me apetece tener compañía esta noche. Es viernes, lo que significa que habrá una película en la tele y mañana por la mañana puedo estar tan desvelada como me dé la gana. En el botellero hay una botella de vino que el jefe de Grant nos regaló por el compromiso y que se suponía que íbamos a esperar hasta la boda para abrir. Esa belleza se va a destapar. También tengo una pinta de Ben & Jerry’s en el congelador. Mi noche está resuelta.
—Ay… te estoy perdiendo —sisea Clara al teléfono—. No puedo… se corta.
—¡Clara!
—¡Nos… vemos… pronto!
Cuelga y yo suelto una maldición entre dientes. Clara es muy amable, y sabia, e increíblemente indulgente, pero también es la persona más mandona que he conocido. Intenta controlar todo lo que hay a su alrededor, algo que sé que viene de dos años duros de sobriedad, pero aun así a veces me desespera.
Aun así, supongo que será agradable pasar un buen rato con mi mejor amiga. Pronto tendré que mudarme del departamento de Grant, así que podría ser divertido hacerle un poco de daño.
Clara me está esperando frente a mi edificio cuando llego a casa. Sostiene dos bolsas de compras enormes y se lanza hacia mí, rodeándome los hombros con los brazos. Una de las bolsas me golpea la columna.
—Ay —me quejo—. ¿Qué es eso? ¿Una bolsa de ladrillos?
Clara se ríe por lo bajo.
—Ya verás.
Subimos al departamento y Clara deja las bolsas sobre la isla de la cocina, luego se deja caer atravesada en el sofá. Su mata de rizos dorados se derrama por el apoyabrazos y echa la cabeza hacia atrás para mirarme.
—¿Cómo te sientes? —pregunta.
Suspiro y me desplomo en el sillón de enfrente.
—Rara.
—¿Tal vez un poco libre?
—No. Solo rara. —La cabeza se me vence hacia un lado y sostengo su mirada—. Teníamos un plan, Clara. Grant y yo teníamos un plan. Después de casarnos íbamos a viajar, y luego íbamos a formar una familia. Grant quería primero una niña, pero yo quería un niño, un pequeñín al que pudiera vestir de marinero y enseñarle a ser siempre educado. Sería el tipo de niño que llamaría a los adultos “señora” y “señor”, y todos se derretirían de lo tierno que era.
—¿Planeabas tener un hijo en los años cincuenta? —pregunta, escéptica.
Frunzo el ceño.
—Bueno, ya no importa, ¿o sí?
—Todavía puedes tener todo eso —dice Clara—. Solo tienes veintiséis. Te queda toda la vida por delante, y es mejor empezar de cero ahora que pasar el resto de tu vida atada a un hombre que nunca iba a ponerte en primer lugar.
—Tienes razón. —Vuelvo la mirada al techo—. Solo me da miedo empezar de nuevo.
—Si la vida no te diera miedo, no valdría la pena vivirla.
—Seguro eso me va a consolar en un par de semanas, pero ahora mismo yo solo… —La miro—. No sé. Estoy herida.
Clara se incorpora; sus ojos verdes centellean con algo que solo puedo describir como travesura.
—¿Sabes qué oigo cuando dices eso?
—¿Qué?
—Que necesitas una distracción —dice—. Salgamos esta noche.
Levanto una ceja, escéptica.
—¿Salir?
—Sí. Como a un antro. —Mete las piernas bajo el cuerpo, con toda la pinta de la instructora de yoga que es—. Sí, ¡vamos a bailar! Te diré lo mismo que les dije hoy a mis alumnos: si todo lo demás falla, alimenta tu alma con estiramientos profundos y bajos potentes.
—No le dijiste eso a tu clase.
—Claro que sí.
Me río.
—Está bien, sensei. Aun así, creo que me voy a nama-quedar en casa.
—¿Por favor, ven conmigo? —hace un puchero con sus labios rosados—. Te hará bien. Ahora que mandaste a Grant al demonio, por fin puedes tener un poco de emoción en tu vida.
Clara siempre pensó que Grant era aburrido, con sus monólogos interminables y sus patrones predecibles. Era de los que se aferraban a un horario semanal como si le fuera la vida en ello: CrossFit tres veces por semana, su serie policiaca favorita los martes por la noche, pescado para cenar todos los viernes. Es irónico que, después de años de poder decir la hora basándome en sus movimientos, me lanzara una bola curva tan inesperada que me dejara tirada en el suelo.
—Grant era aburrido, ¿verdad? —caigo en la cuenta en voz alta.
