Capítulo 1 Adormidera

Todo se sentía desierto y vacío en esa habitación, una atmósfera helada que contrastaba de forma brutal con el ruido estridente del hostal barato. El lugar, ubicado en un rincón olvidado de la costa, era para ella el fin del mundo. El zumbido intermitente del aire acondicionado viejo cortaba el silencio a intervalos regulares, enfriando las paredes desgastadas y el suelo de baldosas opacas.

En el suelo del baño se había formado un delgado hilo de sangre, un caminito denso y brillante que se escurría despacio entre las juntas del azulejo mientras la piel de la joven adquiría lentamente un tono grisáceo, perdiendo cualquier matiz de calidez.

Pensó que, ahí tumbada, parecía una trágica pintura. Una obra inacabada en la que su propia sangre al menos servía para darle vida a un último lienzo. Un trazo final antes de que la luz se apagara por completo.

Sentía el frío penetrar en sus huesos, una aguja glacial que le recorría las vértebras, pero no le importó. No intentó buscar calor ni moverse. Extendió los dedos con torpeza, estiró la mano cansada y la tocó. La sangre, que por el aire helado ya empezaba a coagularse en los bordes, parecía ajena. Casi irreal. Era una sensación extraña y distante verse a sí misma en esa situación, desmoronándose sin resistencia. Estaba ahí, observando todo desde un umbral flotante, mientras perdía la poca vitalidad que le quedaba en las venas.

Y entonces, se sintió libre.

Una libertad pura y desconocida que no había sentido desde… desde nunca, en realidad. Por primera vez en años, el peso sobre su pecho se disipó. Pensó que era el momento de ascender, de olvidar el dolor, los engaños y la culpa; de descubrir finalmente qué existía más allá de la muerte. Quería irse. Deseaba con cada fibra de su ser cruzar esa última puerta y no mirar atrás. Pero el hilo invisible de la vida aún la unía con firmeza a su cuerpo. Era la última de sus cadenas, la más pesada de todas. Y al final, esa misma cadena la haló de vuelta al infierno.

La lluvia chocaba sin tregua contra los cristales del gran ventanal, reduciendo el horizonte a sombras grises y borrosas. En el silencio sordo de la habitación, Mía permanecía sentada frente al tocador. Sostenía entre las manos un cepillo de plata, rozando con el pulgar sus contornos fríos mientras observaba su propio reflejo. Sus ojos, cargados de una fatiga invisible, delataban el dolor sordo que la acompañaba desde hacía meses.

Hacía apenas dos horas que había vuelto de la clínica. El olor a desinfectante todavía parecía impregnado en los pliegues de su vestido, mezclado con la ligera congestión de un dolor de cabeza persistente. Según los médicos, los mareos no eran más que secuelas menores de la anemia y el colapso que sufrió tras aquel accidente de tráfico en el que perdió a su familia a los diecisiete años. Sin embargo, en la profundidad de su pensamiento, una punzada fría y constante que no la dejaba sola nunca.

Escuchó unos pasos amortiguados sobre la alfombra. El pasillo estaba en penumbra, iluminado tan solo por el haz amarillento que se filtraba desde el vestíbulo.

Victor Voss estaba allí, de pie junto a la puerta. Llevaba la camisa oscura desabrochada en el cuello y el saco apoyado en el brazo. Su presencia dominaba la estancia con una frialdad contenida, impasible y calculadora, capaz de privar a sus rasgos de cualquier calidez. La miró en silencio.

—¿Por qué no estás durmiendo? —preguntó Victor. Su voz era baja, rasposa por el cansancio, pero sin asperezas ni ternura.

—Te estaba esperando —contestó Mía en un susurro, bajando los ojos hacia las manos del hombre. Unas manos limpias y firmes que pocas veces dudaban.

Victor cruzó la distancia que los separaba con pasos lentos. La frialdad de sus dedos chocó con la piel tibia de su rostro cuando rozó su mejilla, deslizándose suavemente hasta su barbilla.

—Te he dicho que no debes quedarte despierta hasta tarde cuando la cabeza te molesta —dijo él, inclinándose apenas para que su aliento, con aroma a café amargo y al agua de la lluvia, le rozara la piel—. ¿Tomaste las pastillas que te dejó el doctor Stev?

—Sí —murmuró ella. Dudó un instante antes de continuar—: Andrew me las dio después de cenar.

—Pórtate bien, Mía. Sabes que no me gusta que salgas o que hables demasiado cuando estás débil.

—Victor... —pronunció, apoyando la cara contra el brazo del hombre por un instinto primario de estabilidad. Sentía el pulso desbocado—. Hoy tuve sueños raros, crees que puedas decirle al doctor que venga.

La figura de Victor se volvió rígida. Durante una fracción de segundo, la sombra de un control fracturado cruzó sus ojos oscuros antes de quedar sepultada tras su habitual máscara de piedra.

—Estás confundida por la medicina —sentenció Victor con una frialdad tajante. Su agarre en la nuca de la joven se volvió implacable, manteniéndola fija frente a él—. Todo esta en tu cabeza ¿Por qué no lo entiendes?

—Lo sé —respondió ella en un hilo de voz, sintiendo que la culpa y la dependencia la ataban de nuevo al pecho del hombre.

Victor no dijo nada más. La tomó de la cintura y la atrajo con fuerza contra su cuerpo, sepultando el rostro de ella contra su hombro. Aquel abrazo no transmitía cobijo; se sentía como una jaula diseñada a su medida. Mía cerró los ojos, dejándose llevar por la sombra del dormitorio mientras su mente luchaba en vano por no hundirse en sus propias dudas.

Al cabo de un momento, el sonido tenue de unos pasos en el pasillo interrumpió la calma tensa. Andrew se detuvo junto al marco de la puerta. Aunque no era la mano derecha de Victor para ella, era única persona con la que podía sentirse mejor.

—El auto está listo en el garaje —dijo Andrew en voz baja y su mirada en sus zapatos, llevaba los informes de la semana, todo lo que había pasado en la mansión mientras Victor estaba fuera.

—Deja los informes sobre la mesa —ordenó Victor sin soltar a Mía.

Andrew asintió en silencio. Antes de dar media vuelta, sus ojos volvieron a cruzarse con los de Mía. Había en su rostro cansancio. Cuando la puerta volvió a cerrarse y el silencio se apoderó de nuevo de la sala, Victor inclinó la cabeza hacia la oreja de Mía. Su tono volvió a ser bajo y envolvente.

—Duérmete —susurró contra su piel, mientras afuera el agua continuaba golpeando los cristales sin descanso—. No intentes pensar en nada que no deba estar ahí. Tu vida empieza y termina aquí conmigo.

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