Capítulo 2 Narciso

El sol de la tarde se filtraba débilmente a través de las pesadas cortinas del salón principal, dibujando franjas doradas sobre el suelo de mármol pulido. El silencio en la mansión era abrumador, roto únicamente por el crujido distante de los pasos de los sirvientes y el ruido apagado del viento exterior. Mía permanecía sentada en el gran sofá de terciopelo, con la vista fija en las baldosas. Llevaba un vestido sencillo de tono pastel. Era lo que Victor eligió para ella en la mañana, algunas veces se sentía como una muñeca dejando que Victor decidiera tu aspecto.

A su lado, recostado sobre la alfombra, Wolfy jadeaba despacio. El enorme perro de raza Alaska apoyaba su pesada cabeza sobre la rodilla de ella, buscando el roce de sus dedos. Mía acariciaba el lomo esponjoso del animal de forma mecánica; Wolfy era la única presencia en toda la casa que no parecía juzgar.

Un suave carraspeo en la entrada interrumpió la quietud.

Andrew estaba allí de pie. A diferencia de la distancia estricta que mantenía en presencia de Victor, sus ojos reflejaban ahora una calidez que buscaba amortiguar la frialdad de la casa. En sus manos sostenía una pequeña bolsa de papel de estraza.

—Te traje esto —dijo Andrew con voz baja, acercándose con pasos cautelosos para no sobresaltar a la joven.

Mía levantó la vista y aceptó la bolsa. Al abrirla, el aroma dulce y sintético inundó el aire. Dentro había una bolsa de dulces con sabor a uva. Una chispa de gratitud cruzó el rostro pálido de Mía, y de inmediato sacó uno, metiéndoselo en la boca mientras sentía el sabor ácido disolverse en su lengua.

—Gracias, Andrew... —murmuró ella, apoyando la espalda en el respaldo—. Al menos tu no piensas que estoy loca, tu y Wolfy

—No estás loca, Mía —respondió él, marcando el nombre pausadamente —. Solo estás... cansada. El doctor Stev dice que necesitas tiempo.

—Ayer le dije a Victor que tuve sueños raros otra vez —dijo ella, inclinándose hacia adelante, buscando la mirada del hombre—. Soñé con… no recuerdo bien los detalles pero si las sensaciones.

Andrew apretó las manos. Las palabras se le atoraban en la garganta. Pero ofrecerle consuelo era lo único que podía hacer en ese momento.

—El señor Voss solo intenta protegerte a su manera —hablo Andrew, sintiendo cómo el desprecio por sí mismo le quemaba las entrañas—. Si él dice que debes descansar y tomar la medicina, hazlo. No presiones las cosas, Mía. Si intentas forzar a tu cabeza a y enfermas, solo vas a hacer que él se enoje. Y no quieres ver al señor Voss enojado.

Mía suspiró, dejando caer los hombros en un gesto de profunda derrota.

—Nadie me dice nada. Todos actúan como si fuera una muñeca a la que hay que vestir y alimentar.

—Yo no pienso eso —dijo Andrew con una solidez genuina en la voz, dando un paso más hacia ella—. Yo creo de deberías volver a pintar, tienes mucho talento.

Unas horas más tarde, el sonido del motor de la camioneta anunció el regreso del dueño de la casa. La atmósfera relajada que Andrew había logrado construir en la sala se evaporó en un segundo. El aire volvió a volverse denso, cargado de esa autoridad sofocante que caracterizaba a Victor Voss.

Victor entró al salón quitándose los guantes de piel. Su mirada recorrió la estancia y se posó de inmediato en la figura de Mía, antes de desplazarse hacia Andrew con un frío escrutinio.

—Retírate —ordenó Victor sin mirarlo.

Andrew asintió en silencio, dio media vuelta y salió de la sala.

Victor caminó hacia Mía. Sin pronunciar una sola palabra, se inclinó y la tomó de la mano, obligándola a ponerse de pie. La fuerza de sus dedos era firme, sin llegar a lastimarla. La guio a través del pasillo hasta el dormitorio principal.

Mía sintió la arremetida habitual de pánico y resignación. Sabía lo que venía. Se detuvo junto a la cama, esperando las instrucciones habituales.

Victor fue hacia la mesa de noche y tomó la venda de seda oscura que guardaba en el cajón superior. Se acercó a ella por detrás y rodeó su cabeza con la tela, cubriéndole los ojos y anudándola con destreza en la nuca.

—Victor... —susurró ella en la oscuridad de la venda, sintiendo la tela suave presionando sus párpados.

—Cállate —dijo él contra su oído. Su voz era una orden baja, cargada de un deseo posesivo y sombrío.

Victor no podía mirarla a los ojos cuando estaba con ella en la intimidad. Necesitaba la ceguera de ella para sostener el mito. La piel de Mía, su figura y su aroma eran reales, pero la mirada de Mía; esa mirada llena de confusión y sumisión no pertenecía a la altiva y caprichosa Maya que él recordaba antes de que todo se destruyera. Cubrirle los ojos era el único método para fingir que entre sus brazos tenía a la mujer original y no a la sombra dócil de ahora.

La tomó por la cintura y la lanzó sobre la cama. El acto no fue sutil; fue una marea de posesión rápida, urgente y dominadora. Victor la besó con brusquedad, silenciando cualquier intento de protesta, atrapando sus muñecas contra el colchón mientras se abría paso entre sus ropas. Mía se dejó llevar, cerrando la boca y apretando los dientes, permitiendo que su mente se desconectara del plano físico. Se sentía flotando sobre el techo de la habitación, observando de lejos cómo su propio cuerpo respondía a los estímulos, a las caricias mordaces y a la presión de un hombre que juraba amarla.

Cuando la tormenta pasó y el silencio volvió a instalarse en la estancia, Victor la cargó de vuelta sobre su pecho. Ella permanecía con la venda puesta, respirando agitadamente. Él desató el nudo con cuidado y acarició la piel marcada de sus mejillas con la yema del pulgar, limpiando las pequeñas gotas de sudor que brillaban en su frente.

—Eres mía —murmuró Victor, besándole la sien—. Todo lo que tienes, el aire que respiras y la vida que llevas existen porque yo lo quiero así.

Mía no respondió. Se limitó a acurrucarse contra él, esperando a que el ritmo de la respiración de Victor se volviera pesado y profundo, indicando que se había quedado dormido.

A altas horas de la madrugada, cuando la casa estaba sumida en una penumbra absoluta, Mía abrió los ojos. La cama a su lado estaba vacía. Se incorporó despacio, sintiendo el cuerpo pesado y la cabeza latiéndole con una molestia constante. Se puso una bata de seda clara sobre los hombros y salió en silencio al pasillo.

Caminó descalza, guiada únicamente por un hilo de luz amarillenta que provenía del tercer piso. Sabía que esa área estaba estrictamente prohibida; Victor nunca permitía que nadie subiera allí sin su supervisión. Sin embargo, impulsada por un instinto extraño, subió los peldaños de madera uno a uno.

Al llegar al piso superior la vio, La habitación era amplia y olía a flores secas, a polvo y a un perfume dulce que ella reconoció de inmediato, no era el suyo.

Las paredes estaban tapizadas de fotografías. Decenas de marcos de plata y madera custodiaban la imagen de la misma mujer en distintas etapas de su vida. En unas salía riendo bajo el sol de verano, o caminando por la calle luciendo vestidos florales. En el centro del cuarto, sobre una mesa de caoba, había un pequeño altar improvisado; un diario cerrado, un cepillo de cabello y un frasco de perfume a medio terminar.

Mía avanzó un paso dentro de la estancia, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Se acercó a la mesa y tomó uno de los retratos.

En la fotografía, la mujer sonreía hacia la cámara sosteniendo un ramo de rosas blancas. Tenía el mismo corte de rostro, la misma forma de los labios y las mismas facciones exactas que ella veía cada mañana en el espejo de su tocador.

Mía pasó la yema del dedo sobre el cristal de la foto, temblando de pies a cabeza. El descubrimiento la golpeó como una ola helada en pleno rostro.

Ella no era una esposa querida ni una mujer rescatada de una tragedia. Solo era un molde. Una copia barata moldeada para habitar la casa y la cama de un fantasma. Y en medio del pánico gélido que empezó a recorrerle las venas, una sola pregunta quemó su mente en la oscuridad del alta. ¿Quién era la mujer de la foto y qué le había pasado?

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