Capítulo 5 El regreso
La inauguración de la nueva sede del fondo de inversión era, en teoría, la noche que llevábamos meses esperando. Cóctel, prensa económica, la mitad de los socios importantes de San Marcial bajo el mismo techo para celebrar algo que Damián y yo habíamos armado juntos durante años. Yo había diseñado la estructura del fondo en una servilleta, en un bar, un martes de lluvia. Él había conseguido a los primeros inversores. Así funcionábamos.
Elegí un vestido azul oscuro, el que Damián decía que le recordaba al mar cuando está quieto, y bajé al salón con la sonrisa de eventos que tenía ensayada desde hacía años. Todo iba como tenía que ir. Apretones de manos. Brindis. Fotos para la sección de negocios.
Hasta que la vi.
Camila Duarte entró como se entra a un lugar donde uno siempre fue bienvenido. Alta, muy rubia, un rubio casi blanco recogido en la nuca, y un vestido rojo que en ese mar de negros y grises no podía ser casualidad. Se detuvo en la puerta un segundo. Recorrió el salón con la mirada. Y sonrió, sin disimulo, hacia un solo lugar.
Hacia Damián.
Sentí que el estómago se me cerraba. La cara no me cambió. Llevaba demasiados años en salones como ese, donde cualquier gesto se leía como debilidad.
—¿La invitaste tú? —le pregunté a Damián, en voz baja, aprovechando que el fotógrafo se había alejado.
—No. —Rápido. Demasiado—. Habrá venido con algún socio. Es del círculo, Renata. No puedo controlar a cada invitado.
No le contesté. La vi cruzar el salón despacio, saludando conocidos en el camino, tomándose su tiempo, como si disfrutara del suspenso.
—Damián. —Su voz era cálida y baja, con un tono que ninguna simple conocida usaría—. Cuánto tiempo.
—Camila. —Él, en cambio, sonó tenso, formal. El contraste era tan evidente que cualquiera atento lo habría notado—. No sabía que venías.
—Me invitó un amigo. No pude resistirme a ver lo que construiste. —Recién entonces, con una lentitud que me pareció calculada, me miró a mí. Tenía los ojos muy claros, celestes, de esos que parecen más fríos de lo que son—. Tú debes ser Renata. He escuchado mucho de ti.
—Espero que cosas buenas.
—Depende de quién las cuente. —Sonrió—. Felicitaciones por el compromiso. Debe ser hermoso construir algo así, desde cero, con la persona que uno ama.
Desde cero. Lo dijo como quien deja una piedrita en el zapato de otro.
—Gracias —dije, sin bajar la mirada—. Lo construimos juntos. Damián y yo.
—Claro. —La sonrisa se le ensanchó un milímetro—. Aunque hay cosas, ¿no te parece?, que se empiezan a construir mucho antes de que una se entere. Cimientos que ya estaban puestos. Esperando.
No supe si era una frase hecha o un mensaje con destinatario. Antes de que pudiera preguntarle, un socio de Damián se acercó a saludarla y ella se despidió con un gesto elegante, prometiendo "hablar más en otra ocasión". Se fue y la frase se quedó.
Cimientos que ya estaban puestos. Esperando.
Miré a Damián. Estudiaba su copa de champagne como si tuviera algo escrito en el fondo.
Me escapé al baño cinco minutos después. Necesitaba mojarme las muñecas con agua fría y respirar lejos de tanta gente. El baño estaba vacío, aunque alguien acababa de salir: en el aire quedaba un perfume dulce, floral, pesado, de esos que se pegan a la ropa. En el lavabo de al lado, junto al jabón, había un pañuelo de papel con una marca de labial rojo.
Rojo como el vestido.
Me miré al espejo. Tenía las mejillas un poco encendidas y los ojos más brillantes de lo normal, como cuando tengo fiebre. Me acomodé un mechón, me retoqué los labios y salí sabiendo algo que no tenía cómo explicar: ese perfume me lo iba a acordar.
El resto de la noche lo pasé en piloto automático. Sonreí para las fotos, atendí a los socios que había que atender, brindé cuando tocaba brindar, y hasta di un pequeño discurso sobre la solidez de la cartera que la gente aplaudió sin haber entendido la mitad. Pero los ojos se me iban solos detrás del vestido rojo.
La vi conversar con Costanza en un rincón, las dos con las cabezas muy juntas, en una confianza que no parecía nueva. La vi reírse con uno de los inversores más difíciles del fondo, un viejo gruñón que a mí me había llevado dos años hacer sonreír. Y la vi, casi al final, cruzar una mirada con Damián desde el otro extremo del salón. Duró un segundo. En ese segundo se dijeron algo que ninguno de los dos habría dicho en voz alta.
—¿Nos vamos? —le pedí a Damián cuando ya no pude sostener la cara—. Estoy cansada.
—Claro, amor. —Me tomó de la cintura con la naturalidad de siempre, y durante un instante volví a pensar que estaba exagerando. Que una ex en una fiesta era solo eso, una incomodidad social—. Fue una gran noche. Deberías estar orgullosa.
Lo estaba. Eso era lo peor. Estaba orgullosa de lo que habíamos hecho y, al mismo tiempo, no podía dejar de pensar en otra cosa.
En el auto, con la ciudad pasando en silencio detrás de la ventanilla, le pregunté lo que llevaba toda la noche aguantando.
—¿De qué hablaban tú y Camila? Hace un rato. Con la mirada.
Tardó en contestar. Un segundo de más. En otra época de mi vida ese segundo no habría significado nada. Esa noche significó todo.
—De nada, Renata. Ni siquiera hablamos en toda la noche.
Sabía que mentía. No tenía una prueba, ni un dato, nada que pudiera poner sobre una mesa. Pero lo sabía como sabía las cláusulas de cada contrato que habíamos firmado juntos. Por experiencia. Por haberlo visto sonreírle en una mesa de negociación a gente a la que ya había decidido dejar afuera.
Nunca había pensado que alguna vez yo iba a estar del otro lado de esa mesa.
Por primera vez desde que lo conocía, estar segura de algo sobre él no me tranquilizó.
Me dio miedo.
