Capítulo 6 Comparaciones

Costanza me citó al día siguiente con la excusa de cerrar el menú. Cuando llegué a la mansión ya sospechaba que la comida iba a ser, como mucho, la mitad del motivo.

—Camila estuvo espectacular anoche, ¿no te pareció? —dijo antes de que terminara de sentarme—. Esa mujer siempre supo entrar a un lugar. Hace que todos la miren sin mover un dedo.

—Tiene presencia —dije. Neutra. Lo más neutra que pude.

—Es curioso. —Acomodó unas muestras de tela que no necesitaban acomodarse. Ya conocía ese gesto: ganaba tiempo antes de decir algo que sabía que iba a doler—. Ella y Damián siempre tuvieron una química muy particular. De esas que algunas parejas tienen desde el primer día, sin esfuerzo. Ustedes construyeron algo hermoso también, claro. Pero distinto. Más… trabajado. ¿Me entiendes?

Lo entendí perfectamente. Era un golpe envuelto en un cumplido, tan bien envuelto que si me quejaba iba a parecer una exagerada.

—No creo que haya una forma correcta de construir una pareja, Costanza. La nuestra funciona.

—Por supuesto que funciona, querida. No dije lo contrario. —Sonrió—. Solo digo que hay historias que se construyen con esfuerzo, y otras que simplemente son. Desde siempre. No hay mérito en una ni en la otra. Son distintas, nada más.

No contesté. Cualquier cosa que dijera iba a ser algo de lo que me arrepentiría, así que agarré una muestra de lino y fingí que me importaba muchísimo su color.

Ella cambió de tema con la misma facilidad con que lo había sacado. Flores. Centros de mesa. La orquesta. Durante el resto de la reunión fue impecable, y esa cortesía me inquietó más que cualquier ataque directo. Sembraba la duda y la dejaba ahí, sin regarla, segura de que crecería sola.

Cuando salía, me crucé en el vestíbulo con Don Salvador. Volvía del club con la gorra de golf todavía puesta y un periódico doblado bajo el brazo. De toda esa familia, era el único que alguna vez me había tratado como a una igual sin hacer de eso un favor.

—¿Sobreviviste a mi esposa? —preguntó, en voz baja, con un guiño.

—Más o menos.

—Más o menos es un buen resultado con Costanza. —Se quitó la gorra y me miró un momento, serio—. No le hagas mucho caso, hija. Ella quiere a Damián como se quiere un jarrón caro. Tú lo quieres como se quiere a una persona. Es distinto, y él lo sabe.

Le agradecí con una sonrisa. No supe decirle que ya no estaba tan segura de que Damián lo supiera.

Me fui de esa casa cargando algo que no traía al entrar.

Esa misma tarde, ya en casa, empecé a notar lo del teléfono.

Damián lo miraba todo el tiempo. En la cocina, frente al televisor, en medio de una frase. No era que lo usara más. Era la forma de mirarlo. Cada vez que la pantalla se encendía, los ojos se le iban ahí con una rapidez que delataba que esperaba algo concreto. Un nombre. Una respuesta.

En la cena lo vi revisarlo tres veces en diez minutos.

—¿Todo bien con el trabajo?

—Todo bien. —Lo dejó boca abajo junto al plato—. El contrato del puerto. Sigue trabado.

—Llevas semanas con ese contrato.

—Estas cosas llevan tiempo, Renata. —Y ahí, por primera vez, le salió un filo en la voz—. No hace falta que me controles cada movimiento.

Me cayó como agua helada. En todos los años que llevábamos juntos nunca me había hablado así. Esa defensa rápida, cortante, es la que usa alguien que siente que el piso se le mueve.

—No te estoy controlando —dije, despacio—. Te pregunté cómo estabas.

Se dio cuenta enseguida. Lo vi en la cara. Se pasó la mano por el pelo y resopló.

—Perdón. Perdón, tienes razón. Estoy con la cabeza en mil cosas.

Intentó arreglarlo el resto de la cena. Me sirvió más vino del que le había pedido. Me contó que el director financiero se había quedado encerrado en el ascensor de la oficina con el embajador de Noruega y que habían terminado hablando de pesca durante cuarenta minutos. En otra época me habría reído hasta llorar. Esa noche sonreí por educación.

Lavamos los platos juntos, como siempre. Él lavaba, yo secaba. En un momento me rozó la cintura al pasar para guardar una sartén y yo me aparté sin pensarlo, un movimiento mínimo. Los dos lo notamos. Ninguno dijo nada.

Más tarde, lavándome los dientes, me acordé de su tono. Tan desproporcionado para una pregunta tan simple. Y sin buscarla, me apareció una decisión.

La próxima vez que ese teléfono se encendiera sobre una mesa, y él no estuviera mirando, yo iba a mirar la pantalla.

Nunca había hecho algo así. Nunca lo había necesitado. La idea me dio vergüenza, y la vergüenza me dio rabia, porque no era yo la que estaba haciendo algo malo. Sin embargo, la voz de Costanza seguía sonando en mi cabeza como una canción pegadiza que una odia: hay historias que simplemente son. Desde siempre.

Me senté en el borde de la bañera con el cepillo todavía en la mano. Del otro lado de la puerta lo escuchaba moverse por el cuarto, abrir el cajón de las medias, tararear algo. Sonidos que conocía de memoria. Durante años me habían dado paz. Esa noche los escuché como quien escucha a un desconocido en la habitación de al lado de un hotel.

Me acosté dándole la espalda. Casi nunca lo hacía. Él tardó en darse cuenta; cuando se dio cuenta, estiró la mano y me la apoyó en el hombro, un segundo, como preguntando algo. No me moví. La retiró.

Me quedé despierta mucho rato, escuchando su respiración, que se fue haciendo pesada y regular, la de alguien que duerme tranquilo. Pensé en cuántas de las cosas que daba por seguras sobre mi propia vida iban a aguantar lo que fuera que estaba por descubrir.

No tenía idea todavía. Pero algo en mí, algo que no reconocía y que tenía un poco de animal, ya se estaba preparando.

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