Capítulo 7 El proyecto conjunto
La noticia llegó una semana después, en una cena de negocios que teníamos agendada desde hacía meses. Estábamos en el reservado de un restaurante del centro, con seis socios y sus esposas, en esa hora lenta después del postre en que los hombres se aflojan la corbata y empiezan a hablar de verdad. Damián llenó las copas y lo dijo como quien comenta el clima.
—Los Duarte se suman a la ampliación del puerto. Como socios estratégicos.
Hubo un murmullo de aprobación.
—Es una jugada inteligente —explicó—. Ellos tienen la flota que nos falta, nosotros la infraestructura que ellos no tienen. Nos adelanta el proyecto, por lo menos, seis meses.
—¿Y quién coordina del lado de ellos? —preguntó uno de los socios, un hombre de bigote al que yo le tenía cariño, sin ninguna mala intención.
—Camila. —Ni un parpadeo—. Asumió la dirección de operaciones de la empresa familiar. Va a trabajar muy de cerca con nosotros.
Sentí que la copa se me resbalaba entre los dedos y la agarré a tiempo. Nadie se dio cuenta. Busqué en la cara de Damián algún signo de incomodidad, algo que dijera que él también entendía lo que acababa de anunciar delante de media docena de personas. No encontré nada. Era la cara de un ejecutivo hablando de un acuerdo cualquiera.
Esperé a que se fuera el último invitado.
—¿Vas a trabajar con Camila? ¿Directamente?
—Es una decisión de negocios, Renata. —Usó un tono paciente, casi de maestro. El tono de quien le explica algo obvio a alguien que se está poniendo difícil—. Tiene exactamente los contactos que necesitamos. Sería absurdo desperdiciar esto por una historia personal.
—¿Y no se te ocurre que, justamente por esa historia personal, a lo mejor no eres el más indicado para decidirlo?
Se pasó la mano por el pelo. Conocía ese gesto: lo hacía en las negociaciones cuando la otra parte decía algo razonable que no le convenía.
—Puedo separar las cosas. Ya te lo dije. Lo de Camila es pasado. Esto es trabajo.
Quise creerle. Y lo que me dio miedo fue cuánto quise. Esa necesidad casi física de encontrar una manera de que tuviera razón, de que los números cerraran, de que yo fuera la exagerada.
—Está bien —dije—. Confío en ti.
Lo dije como quien firma algo sin leer la letra chica.
Las semanas siguientes trajeron reuniones con los Duarte cada vez más seguidas. Al principio me invitaba. Me mostraba los avances, me pedía opinión sobre los números con la misma naturalidad de siempre. Después, sin que yo pudiera señalar un día exacto, empezaron a pasar sin mí. Una llamada que se estiraba. Un almuerzo "entre los directamente involucrados, para no complicarla". Una consulta sobre el esquema de financiamiento, que yo había diseñado entero, línea por línea, que terminó resolviendo con Camila en vez de preguntarme a mí.
Una mañana entré a la sala de reuniones con las proyecciones corregidas del financiamiento, que me habían pedido para las diez. Eran las diez en punto. La reunión ya había empezado. Camila estaba sentada a la derecha de Damián, en la silla donde yo me sentaba desde hacía años, con mi taza, la blanca con el borde azul, delante de ella.
—Ay, perdón —dijo al verme, con una sonrisa preciosa—. ¿Era tu lugar?
No se movió. Damián tampoco dijo nada. Estaba leyendo algo en su computadora con muchísima concentración.
—No te preocupes —contesté, y me senté en la otra punta de la mesa, donde se sientan los asesores externos. Presenté mis números. Nadie hizo preguntas. Cuando terminé, Camila dijo "clarísimo" y pasaron al punto siguiente.
Una vez los vi desde la ventana de mi oficina, en la acera de enfrente, esperando un taxi. Ella le decía algo al oído. Él se reía con la cabeza echada hacia atrás, de esa manera que yo no le veía hacía meses. Llegó el taxi, subieron los dos y se fueron. Me quedé mirando la calle vacía un rato largo, con un informe de riesgo en la mano que ya no sabía para qué había agarrado.
Faltaban poco más de cinco semanas para la boda cuando Damián entró a la sala una tarde con el teléfono en la mano y la disculpa ya armada en la cara. Empezaba a reconocer esa cara de memoria.
—Amor, tengo que cancelar lo de esta noche. Surgió una reunión urgente con los Duarte. Los permisos portuarios. No puede esperar.
—¿Con Camila?
—Con todo el equipo, Renata. No es una cita, es una reunión con seis personas en la sala. —Se le endureció la voz. Esa irritación nueva que antes no tenía y ahora le salía con tanta facilidad—. No puedo creer que tenga que aclarar esto.
—No dije que fuera una cita. Pregunté quién iba a estar.
—Va a estar Camila, sí. Como directora de operaciones de la empresa socia. Y el director financiero, y el de logística, y cinco personas más. —Se puso el saco con movimientos bruscos, más apurado de lo que tenía sentido—. No puedo cancelar una reunión así porque a ti te incomoda.
A ti te incomoda. Como si el problema fuera mi incomodidad y no lo que la causaba.
—Ve —dije al final—. Que salga bien.
Se fue sin el beso de siempre. Lo registré. Ya estaba registrando todo.
Cené sola frente al televisor, algo liviano que no me acuerdo qué era. No pude seguir ninguna película. Cada tanto miraba el reloj y calculaba cuánto podía durar, de verdad, una reunión de permisos con seis personas. Dos horas. Tres, si había mucho papeleo. A las diez le mandé un mensaje: "¿Cómo va?". Lo leyó. No contestó. A las once me fui a acostar. A las doce seguía despierta, con el teléfono boca abajo sobre el pecho, sintiéndome ridícula por esperar una respuesta como una adolescente y furiosa por sentirme ridícula en mi propia cama.
Volvió pasada la una.
Lo escuché cruzar el pasillo y entrar al baño antes que al cuarto. Cuando se acostó a mi lado, con cuidado, como quien no quiere despertar a nadie, me llegó el olor.
Floral. Dulce. Pesado.
El mismo perfume del baño de la inauguración.
