CAPÍTULO 160

Había algo sagrado en las mañanas como esta. Los suaves arrullos de Astrid llenaban la cabaña mientras la pálida luz del sol se deslizaba a través de las cortinas de encaje, calentando los suelos de madera bajo mis pies descalzos. Sus diminutos dedos se aferraban fuertemente a los míos como si el mu...

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