Capítulo 1 El Salvaje del Puerto y las Manos en mi Corsé

—¡Ajusta esa falda, Alice! —la voz de mi tía Victoria me atravesó como un látigo— Baja ya. ¡Los estadounidenses no comprenden la delicadeza del linaje, pero no les daré el gusto de ver a una Spencer desaliñada ante el populacho!

Apreté la sombrilla hasta que los nudillos me quedaron blancos. El vapor SS Great Britain cortaba las aguas verdosas del puerto de Nueva York, dejando atrás el último rastro del honor de mi familia.

Miré la silueta de Manhattan entre la bruma industrial y un nudo amargo se me asentó en la garganta. Cada milla navegada me alejaba más de la libertad, solo para acercarme a una maldita jaula.

—Sí, tía Victoria —murmuré, clavando los ojos en la multitud del muelle.

El paisaje ruidoso y gris nada tenía que ver con los prados de Althorp House. Sentí un tirón helado en el estómago al recordarlo, el título de mi padre, el Conde Spencer, ya no servía para pagar las deudas que devoraban nuestras tierras.

¡Todo se estaba yendo por el caño!

Solo un matrimonio con un rico en este lado del mundo evitaría la subasta pública de todo lo que teníamos.

Comencé a bajar por la pasarela, batallando con el peso del estúpido vestido, cuando un crujido metálico cortó el aire.

Una grúa cargada con toneladas de acero de las vías del tren, cedió en lo alto y los cables restallaron violentamente.

¡Chas, chas, chas!

La mole de hierro osciló sobre mi cabeza, y la gente corrió en estampida dejándome sola y sin poder moverme. Quise huir, pero el dobladillo de mi falda se enganchó en el hierro de la barandilla.

Me quedé inmóvil, viendo cómo la sombra de la muerte venía directa hacia mí y esperando a que me aplastar, cuando el grito de mi tía se ahogó en el pánico.

Antes de que pudiera cerrar los ojos y esperar lo peor, un golpe brutal me sacudió.

Un brazo fuerte me envolvió la cintura y me levantó en el aire como si fuera una pluma, y un cuerpo enorme me empotró contra un pilar justo cuando el acero caía y destruía la pasarela.

¡Plof!

El estruendo fue ensordecedor, pero mi mundo se redujo al pecho que me aplastaba contra la pared.

Inhalé tabaco, cuero y un calor denso me hizo aflojar las rodillas.

Cuando me giró para encararme, me topé de golpe con sus ojos. Eran de un gris tormentoso y helado, y me inspeccionaron con una arrogancia que rozaba en lo insultante.

Tenía los hombros anchos, mandíbula marcada por una barba de varios días y una mirada de acero que me dejó sin aire.

Sus dedos se hundieron con firmeza sobre el encaje de mi corsé, negándose a soltarme, mientras un chispazo líquido me recorrió la columna, haciéndome temblar.

—¿Acaso en Inglaterra no les enseñan a mirar por dónde caminan, Mi Lady? —su voz era grave, áspera, con un acento informal que me desarmó.

Dijo “Mi Lady” casi como una burla.

—Yo... la falda se enganchó —articulé a duras penas, sintiendo su aliento cálido rozarme la boca— Le agradezco que me haya salvado, señor...

—Guarde sus agradecimientos. El puerto de Nueva York no es lugar para muñecas de porcelana.

Quise darle una pequeña lección de buenos modales, pero la voz se negó a salir de mi garganta.

Me soltó de golpe. Tuve que apoyarme contra la piedra para no caerme.

Me recorrió de arriba debajo de un vistazo, se ajustó el abrigo y se alejó entre los trabajadores sin volver la vista atrás.

—¡Qué sujeto tan abominable! —chilló tía Victoria, completamente pálida— ¡Es un salvaje sin modales! Un caballero, no se habría atrevido a tanto. ¿Estás bien, Alice?

Sacudí a cabeza antes de responder.

—Sí, tía —dije con el pulso desbocado. Pero mi corazón no latía por el accidente, sino por la marca invisible de sus manos quemándome la cintura.

Dos horas después, me refugiaba tras una taza de té en el salón principal de la residencia de mi tía en la Quinta Avenida, pero las manos me seguían temblando.

—El Señor Kaelen Huntington acaba de llegar, Mi Lady —anunció el mayordomo todo estirado.

La porcelana tintineó entre mis dedos y casi me puse de pie de un salto, debía dar una buena primera impresión.

«Por mi padre», me dije, e inspiré hondo y enderecé la postura.

Cruzando el umbral, alto, dominante y adueñándose del espacio con solo dar un paso, apareció el hombre del muelle.

«¿Qué?», la pregunta se me quedó atorada en la garganta.

—Lady Victoria. Lady Alice —saludó con una mínima reverencia, y sin el menor rastro de sumisión.

Mi tía arrugó el entrecejo.

—¿Señor Huntington? —apenas disimulando su impresión.

—El mismo.

—Mmm… Veo que honra nuestra casa antes… de lo previsto... —dándole una ojeada como quien mira al ganado que está a punto de comprar— Alice, el señor Huntington es el hombre que tu padre escogió para ser tu prometido.

El aire de la habitación se volvió espeso.

Mi mirada chocó contra la del magnate ferroviario, el monstruo de los periódicos, el sujeto que me había acorralado contra la piedra.

El silencio cayó de golpe, y se me atascó la respiración mientras sus ojos grises me recorrían sin decoro deteniéndose en mi boca, justo donde aún sentía el fantasma de su aliento.

Sin pedirle permiso a mi tía, Kaelen Huntington acortó la distancia entre los dos.

Me tomó la mano enguantada y, omitiendo todo protocolo social, me apretó los dedos con demasiada fuerza para el gusto de mi tía, que abrió los ojos como platos obligándose a mantenerse rígida y muda para no arruinar el “negocio”.

—Así que la frágil criatura que no sabe usar los pies ante el peligro es mi futura esposa —soltó con un gruñido grave que me retumbó en el estómago— Menos mal que no dejé que te aplastara la carga esta mañana —añadió con una sonrisa endemoniadamente seductora.

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