Capítulo 2 Reclamada ante el Enemigo

Kaelen Huntington no ofreció una sola disculpa por lo del muelle, se limitó a cruzar el salón de parquet con la actitud de quien se sabe dueño de cada metro cuadrado que pisa.

Se detuvo a escasos pasos de mí, devorándose mi espacio y cubriéndome con su sombra.

—Veo que se ha recuperado del susto, Lady Alice —soltó, con una curva burlona y fría en la boca.

Apreté los puños dentro de los pliegues de mi vestido y sostuve su mirada gris. Me negaba a dar un paso atrás. Mi orgullo era lo único que no empeñaba el banco.

—Señor Huntington —respondí, obligándome a mantener un hilo de voz firme— De haber sabido que el hombre del puerto era el prometido que mi padre me reservaba en este país, habría meditado mejor mis palabras de agradecimiento.

—No necesita agradecer nada. Fue preservación de activos —replicó sin que se le moviera un solo músculo de la cara— Un accidente en el muelle habría arruinado el calendario de la firma, y yo no pierdo el tiempo.

El golpe seco de la porcelana contra el plato cortó el aire. Mi tía Victoria había dejado caer su taza, pálida de la rabia.

—¡Qué absoluta insolencia! —chilló tía Victoria, levantándose del sillón con el abanico cerrado como una espada— Señor Huntington, usted está hablando con la hija de un conde británico, no con un capataz de sus cuadrillas de obreros. ¡Exijo un mínimo de respeto bajo este techo!

Kaelen ni siquiera se molestó en mirarla. Mantuvo sus ojos fijos en los míos, clavándomelos como dos estacas.

—Este techo, Lady Victoria, se sostiene en pie gracias a las líneas de crédito que mi banco le aprobó al Conde Spencer la semana pasada —dijo, con una voz baja y helada— El acuerdo firmado en Londres es muy claro. Yo aporto la liquidez para rescatar sus tierras de la subasta y, a cambio, Lady Alice se convierte en mi esposa antes de que termine el año.

Tragué saliva, sintiendo que el aire se me atascaba en la garganta.

Ninguna galantería.

Ningún rodeo.

¡El hombre ni siquiera pretendía disimular que me estaba comprando como a una res en una feria de ganado!

—El testamento de mi padre exige que esté casado para tomar el control total de Huntington Ironworks & Banking —continuó él, dando un paso más hacia mí— Y Lady Alice conservará el estatus social al que está acostumbrada. ¡Todos ganamos!

—¿Todos ganamos? —repetí en un susurro ardiente, dándole el frente.

Sentí que la rabia le ganaba la batalla al miedo.

Me acerqué a él a propósito, desafiando la distancia, y de inmediato volvió a golpearme ese olor denso a tabaco fino y piel que se me había quedado impregnado en la cabeza.

—¿Y qué pasa si me niego a firmar el acta de matrimonio, señor Huntington? —le espeté a centímetros de su barbilla.

Él se inclinó sobre mí. Su rostro quedó tan cerca del mío que pude distinguir los diminutos destellos dorados atrapados en la frialdad de sus pupilas grises.

—Si se niega, Mi Lady, su padre dormirá en una celda de deudores en Londres antes de lo que canta un gallo, y Althorp House se desmantela piedra, por piedra… Usted elige.

Me quedé helada.

La amenaza no tenía un solo rastro de duda.

La rabia, el odio y una extraña pulsión líquida que me recorrió el vientre se mezclaron en mi pecho, dejándome sin aliento.

Quería abofetearlo, pero la firmeza de su mandíbula y el calor que emanaba de su pecho me tenían clavada al suelo como una idiota.

Un timbre metálico resonó en el vestíbulo principal, rompiendo la sofocante parálisis del salón.

El mayordomo ingresó segundos después sosteniendo una bandeja de plata con una tarjeta de visita grabada con letras doradas.

—El señor Julian Montgomery desea presentar sus respetos a Lady Victoria y dar la bienvenida a la ilustre visitante de Inglaterra —anunció el sirviente con voz engolada.

A mi tía se le transformó la cara. El pánico desapareció de sus facciones para dar paso a una sonrisa ansiosa.

—¡Julian! Por supuesto, hazlo pasar de inmediato.

Kaelen no se giró, pero me fijé en el sutil movimiento de su mandíbula. El músculo se le apretó hasta ponerse duro como la piedra.

Julian Montgomery entró al salón derramando la soltura pulida de la aristocracia neoyorquina.

Vestía un traje de paño fino corte París, sostenía un bastón de puño de oro tallado, y lucía una sonrisa estudiada para encantar.

Sus ojos azules se posaron en mí de modo casi reverencial, contrastando de frente con la brusquedad de Kaelen.

—¡Lady Victoria, como siempre, un verdadero honor! —dijo Julian, inclinándose sobre la mano de mi tía antes de girarse hacia mí y hacer una reverencia— Y usted debe ser la joya de Northamptonshire, Lady Alice. ¡Nueva York no veía tanta gracia desde hace décadas!

—Es muy amable, señor Montgomery —murmuré.

Sentí un pequeño soplo de aire en los pulmones. Al menos las palabras de este hombre me devolvían al terreno conocido de la cortesía a la que había estado acostumbrada toda mi vida.

Julian se irguió y giró hacia Kaelen, midiéndolo de arriba abajo con una ceja alzada y una lástima mal disimulada.

—¡Vaya, Huntington! Veo que lograste colarte en el salón de los Spencer. Asumo que venías a discutir el pago de fletes o algún cargamento de carbón.

—Vengo a atender mis asuntos personales, Montgomery —Su voz bajó un tono, cargándose de una agresión disimulada que me hizo dar un paso instintivo hacia atrás— Asuntos que no le incumben a la banca en quiebra de su familia.

A Julian se le congeló la sonrisa un segundo. Una sombra de furia le cruzó la cara, pero la tapó al instante con una risa corta y ligera.

—Siempre tan rústico, Kaelen. Pero supongo que a un martillo solo se le pueden pedir golpes. Lady Alice, me tomé la libertad de traerle una invitación formal para el baile de gala en la mansión Townsend este fin de semana.

Señalando con la mano la charola donde estaba el sobre.

—Sería una tragedia que su presentación en la sociedad norteamericana se empañara por malas compañías…

Julian me sostuvo la mirada con una promesa implícita en los ojos, mientras Kaelen apretaba el puño contra el costado, mirándolo con un desprecio absoluto.

Antes de que yo pudiera responder, Kaelen dio un paso al frente y cortó el aire entre Julian y yo con una brusquedad animal.

Sin pedir permiso a la etiqueta, su mano enorme me rodeó la muñeca con firmeza y me pegó de un tirón seco contra su costado.

Sintiendo los dedos de Kaelen incrustándose en mis carnes a través del guante, escuché su voz retumbar pegada a mi oreja.

—Se equivoca totalmente, Montgomery. Ella no es una visitante ni necesita un guía para salones. Lady Alice es mi prometida. Y la única compañía con la que asistirá a ese baile, o a cualquier otro... es el hombre con el que va a casarse.

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