Capítulo 3 El Baile en la Mansión Townsend
Llegó en sábado, y el gran salón de la mansión Townsend ardía bajo la luz de miles velas de cera de abejas. El viejo Townsend se negaba a instalar esa cosa de la electricidad que empezaba a invadir la Quinta Avenida, prefiriendo a las arañas de cristal.
Apreté los dedos contra el pasamanos de la gran escalinata de mármol. Mi vestido de raso azul noche me ceñía la cintura con una rigidez que me impedía respirar con normalidad.
A mi lado, mi tía Victoria bajaba peldaño a peldaño soltándome órdenes con el mentón alzado.
—Cabeza erguida, Alice —me siseó al oído— Julian Montgomery tiene que sacarte a bailar la primera pieza. Su familia desciende de los primeros colonos con patentes reales, es el partido más codiciado de Nueva York. No vayas a permitir que ese bruto de Huntington se te acerque se acerque esta noche.
—Es mi prometido legal, tía —le recordé, sintiendo un sabor amargo en la boca.
—Un papelucho que romperemos en cuanto Julian formalice una propuesta digna —sentenció sin mirarme.
Al pisar el último escalón, el murmullo de la pista de baile cambió de ritmo. Los abanicos de plumas se movieron más rápido y las miradas de la alta sociedad me cayeron encima como dardos.
—Ahí está la inglesa muerta de hambre —escuché decir a Clara Townsend, que no hizo el menor esfuerzo por bajar la voz ante su grupo de amigas— Cuentan que su padre vendió hasta los cubiertos de plata para no ir a la cárcel. ¡Patético cómo vienen a América a cazar nuestro dinero!
—¡A nuestros hombres con dinero, querrás, decir! —otra voz chillona que no identifiqué, añadió.
La sangre me quemó las mejillas. Iba a darle la espalda cuando Julian Montgomery se interpuso en mi camino, tapando la figura de Clara. Se inclinó con una gracia impecable y me tendió la mano con el guante pulcro.
—¿Me concede el honor de este vals, Lady Alice?
—Será un placer, señor Montgomery —respondí, aferrándome a su brazo como a una tabla de salvación.
En la pista, Julian era perfecto. Nos desplazábamos entre las parejas con una fluidez medida, sujetándome la cintura con la distancia exacta que mandaba el manual de urbanidad.
—Lamento lo de Clara —me dijo, inclinando apenas la cabeza hacia mi cara— La envidia es el tributo que la mediocridad rinde a la belleza. Usted pertenece a este mundo, Lady Alice. Merece estar rodeada de gente que entienda el valor de su cuna, no de salvajes como Kaelen Huntington.
—El señor Huntington ha sido muy claro con respecto a sus términos —probé, buscando que soltara una carta. Si Julian tenía la intención de rescatarme de las garras del magnate, este era el momento.
Sería un alivio poder zafarme del acuerdo que Kaelen tenía con mi padre.
—Huntington es un peligro, My Lady —susurró, bajando la voz con una gravedad impostada— En los clubes de negocios se habla de su violencia. Es un advenedizo que cree que el dinero le va a comprar el status. Si comete el error de casarse con él, va a vivir con un carcelero.
Las palabras de Julian me calaron hondo. La imagen de Kaelen acorralándome en el salón de mi tía, exigiéndome la vida a cambio de sus pagarés, encajaba punto por punto con la advertencia.
De pronto, la orquesta pareció perder el compás. El rumor de las conversaciones se cortó en seco cuando las puertas dobles del salón se abrieron de par en par y las miradas curiosas se cruzaron por toda la sala.
Kaelen Huntington cruzó el umbral.
No vestía el frac tradicional con la docilidad de los demás invitados. Llevaba un traje negro de una sobriedad cortante, ajustado a sus hombros anchos con una elegancia oscura que aplastaba cualquier intento de etiqueta.
Su presencia imponía un peso contenido que hizo retroceder a dos parejas cerca de la entrada.
Sus ojos grises barrieron la sala, ignorando a los aristócratas, hasta clavarse directo en mí, y en la forma en que la mano de Julian me sujetaba la espalda.
Kaelen caminó en línea recta hacia el centro de la pista. La gente se apartaba a su paso como si temieran ser aplastados por sus botas.
—El vals terminó, Montgomery —dijo al llegar a nuestro lado. Su voz, grave y raspada, me retumbó en las entrañas.
Julian no me soltó, aunque sentí cómo la musculatura de su brazo se ponía rígida.
—Aún me queda media pieza, Huntington —desafió, irguiendo el cuello.
Kaelen dio un paso al frente. La diferencia de tamaño era ridícula. Se le plantó encima, tapándole la luz de las velas, y le clavó una mirada cargada de una amenaza tan real, que a Julian se le desencajó la mandíbula.
—He dicho que terminó.
Julian tragó saliva. Su orgullo peleó un segundo contra el instinto, pero terminó cediendo, dio un paso atrás y retiró la mano de mi cintura.
Kaelen ni lo miró irse. Se giró hacia mí y me tendió la palma abierta, dura y firme.
—Lady Alice. La siguiente pieza es mía.
Miré su mano como si fuera a quemarme. Toda la educación Spencer me gritaba que le diera la espalda delante de los doscientos testigos que contenían la respiración a nuestro alrededor. Pero la frialdad de sus ojos me dejó anclada al suelo.
—No recuerdo haberle concedido este baile, señor Huntington —le solté en un susurro desafiante, tratando de sostener el mentón alto.
Kaelen apretó los labios en una curva peligrosa y se inclinó hasta rozarme el oído.
—Usted no me concedió nada, Mi Lady. Yo vine a tomar lo que ya es mío.
Antes de que pudiera protestar, me atrapó los dedos con fuerza y me arrastró hacia el centro exacto de la pista. El calor de su mano atravesó el tejido de mi guante, mandándome un latigazo directo al vientre.
Me pegó a su cuerpo sin guardar el menor margen de respeto. Sentí la dureza de su pecho contra la seda de mi corsé.
—¿Le da miedo que la vean bailando con un monstruo, Alice? —murmuró, bajando la boca hasta que sus labios me rozaron el lóbulo de la oreja, haciéndome dar un brinco por dentro— Porque si cree que la elegancia de Montgomery la va a salvar de mí, le voy a demostrar lo equivocada que está.
