Capítulo 4 El Anillo del Salvaje
El silencio en el salón era la pausa de doscientas fieras vestidas de seda esperando el espectáculo de mi caída.
Si bailaba con Kaelen Huntington frente a la aristocracia neoyorquina, confirmaba nuestro trato. Si lo rechazaba, el escándalo terminaría de sepultar el honor de mi padre.
Tragué veneno y le entregué la mano.
El contraste me erizó la piel. Julian me había sujetado con la distancia de quien cuida una porcelana prestada, la mano de Kaelen era de hierro, caliente y grande, cerrándose sobre la mía sin dejar espacio para la duda.
Nos llevó al centro de la pista sin esperar el permiso de nadie mientras la orquesta iniciaba un vals lento. Kaelen no seguía el ritmo con cortesía.
Apoyó la mano en mi espalda baja y me pegó a su pecho de un tirón seco, rompiendo la distancia que exige la etiqueta. Sentí la dureza de su torso contra mi corsé y un chispazo me corrió por las piernas, dejándome sin aire.
—Está bailando con el enemigo, Lady Alice —murmuró, inclinándose hasta rozarme la oreja con su aliento cálido.
Traté de no apoyarme de más en su hombro, pero el olor a tabaco y piel fina me envolvía por completo los sentidos.
—Usted decidió ocupar ese lugar, señor Huntington —le espeté, haciendo un esfuerzo para que no me temblara la voz— Me avergüenza la forma en que humilló al señor Montgomery. Él ha sido un caballero.
Kaelen soltó un golpe de aire seco. Una risa amarga que me vibró en el pecho.
—Montgomery es un lobo disfrazado de cordero. Le dice lo que sus oídos nobles quieren escuchar porque le urge el prestigio de su apellido para tapar las deudas de su familia. Yo no le miento, Mi Lady. Nunca lo he hecho.
—¡Usted solo me ve como una cláusula en un contrato! —le solté, sintiendo que el coraje me apretaba la garganta— ¡Un trofeo para refregarle su fortuna a la gente que lo desprecia!
Kaelen se detuvo en seco. Otras dos parejas tuvieron que esquivarnos para no chocar, pero a él no le importó. Se quedó clavado en el parquet, sujetándome con fuerza mientras sus ojos grises se oscurecían.
—¿Cree que me importa lo que piense esta panda de parásitos? —siseó— Tengo el control de sus barcos y de las deudas que los sostienen. Lo único que me interesa de usted es que cumpla el acuerdo de su padre.
Antes de que pudiera librarme, me tomó de la muñeca y me arrastró fuera de la pista. Tuve que dar pasos dobles sobre la cola del vestido para no rodar por el suelo.
Cruzamos las puertas de cristal hasta llegar al gran invernadero de la mansión, donde el ruido de la fiesta se ahogó entre el olor a humedad y orquídeas.
—¡Suélteme! —exigí, tirando del brazo entre los helechos gigantes— ¿Qué demonios cree que hace? ¡Es usted un bruto!
Me empujó despacio contra una columna de hierro forjado cubierta de hiedra. Apoyó el brazo junto a mi cabeza y me bloqueó el paso con su cuerpo.
El espacio se redujo a nada.
—Le estoy evitando el ridículo de ver cómo su querido Montgomery se ríe de usted con Clara Townsend —dijo, pegándose a mi falda.
—¡Eso es mentira! El señor Montgomery es un…
—¡Montgomery no sabe lo que es el respeto! —remató en un murmullo feroz.
Sostuve la mirada con la respiración agitada, y la rabia me quemaba por dentro, pero había algo en la forma en que me miraba la boca que me paralizaba las piernas.
Kaelen alzó la mano libre y con una lentitud, deslizó la yema de su pulgar por la línea de mi pómulo. El roce me sacó un temblor involuntario.
Bajó despacio por la curva de mi mandíbula, apretando apenas lo suficiente para obligarme a mantener la cabeza levantada, hasta detenerse en la base de mi cuello, justo donde el pulso me latía como un pájaro atrapado.
Un gemido ahogado se me escapó de la garganta. Traicionero. Estúpido.
—Dígame que me odia, Alice —susurró, rozándome la comisura de los labios sin llegar a besarme— Dígame que le repugna este salvaje y la dejo libre ahora mismo.
Cerré los ojos. Quería gritarle que lo detestaba, pero la lengua me pesaba como plomo. Deseaba que me besara con la misma fuerza ruda con la que me sujetaba, y me odié por eso, ese pensamiento me dio más miedo que la propia bancarrota.
El golpe seco de unos tacones contra la losa rompió el momento.
—¡Sé que entraron por aquí! —chilló Clara Townsend desde el pasillo del invernadero— ¡Miren el escándalo de la inglesa con ese advenedizo! Escabullirse a solas... ¡Qué falta de vergüenza! ¡Se nota que en Inglaterra ya no les queda ni la vergüenza!
Soplé un jadeo de pánico. Si nos encontraban a solas en la penumbra, el nombre de mi familia quedaría arrastrado por el barro en los periódicos de la mañana.
Kaelen no dudó. Me pasó un brazo por la cintura, me levantó unos centímetros del suelo y me deslizó detrás de un muro espeso de vegetación tropical, cubriéndome por completo con la anchura de sus hombros.
—Se equivoca de camino, señorita Townsend —soltó Kaelen con una voz tan helada que cortó los pasos del grupo.
—Señor... Huntington —balbuceó Clara, perdiendo la altivez— Pensamos que la señorita Spencer…
—Aquí solo estoy yo —interrumpió él, dando un paso al frente— Y les sugiero que vuelvan al salón antes de que revise los créditos que la familia Townsend mantiene congelados en mi banco… no es bueno andar por ahí ensuciando el nombre de nadie.
Escuché el murmullo asustado y la retirada rápida de los tacones.
Cuando la puerta de cristal se cerró al fondo, Kaelen se giró hacia mi escondite. Lo miré con el pecho agitado, incapaz de entender lo que había pasado.
El hombre al que Julian llamaba monstruo, el magnate sin modales, el advenedizo, acababa de proteger mi reputación con la elegancia fría de un cazador.
No dijo nada. Llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta y sacó una pequeña caja de terciopelo negro, me tomó la mano derecha, la depositó sobre mi palma.
Al abrir la tapa bajo la luz de la luna, la piedra brilló con fuerza. Era un diamante colosal en montura de platino. Un anillo hecho para marcar una propiedad.
—No me importa lo que diga esa jauría —susurró, mirándome a los ojos— Pero sé que a usted sí. Guarde el anillo, Lady Alice. Y cuando termine de armarse de valor... elija la fecha de la boda.
Dio media vuelta y se alejó, dejándome sola entre las sombras del invernadero, sujetando una fortuna en la mano y con el pulso latiéndome desbocado en los labios.
