Capítulo 6 El Primer Movimiento en las Sombras

Al llegar a casa, ignoré los murmullos de mi tía Victoria, que aún se abanicaba frenéticamente tras la humillación en la casa Townsend.

En cuanto la puerta de mi alcoba se cerró, dejé caer el aire que llevaba reteniendo en los pulmones.

Me quité los guantes de seda con dedos temblorosos y extendí la mano izquierda hacia la luz de la vela.

El enorme diamante captó el fuego de la llama, despidiendo destellos que parecían burlarse de mí.

Era una joya hermosa, digna de una reina, pero también una cadena que me ataba al contrato matrimonial.

—No seré el trofeo de nadie —murmuré entre dientes.

El deseo que Kaelen encendía en mí era una trampa.

Si cedía, terminaría convertida en una simple propiedad. Debía actuar antes de que el contrato me aplastara.

Me hinqué frente a mi baúl de viaje, retiré el doble fondo y saqué una pequeña caja.

La luz tenue iluminó las únicas pertenencias de valor que logré rescatar de Althorp House, las joyas de mi madre. Eran la semilla de mi libertad.

No podía esperar que Kaelen saldara las deudas a cambio de mi vida. Necesitaba dinero propio para liquidar el pagaré de mi padre antes de que fuera tarde.

A primera hora de la mañana, llamé a Martha, la sirvienta que me acompañó desde Inglaterra.

—Escúchame bien —dije en un susurro, entregándole un sobre junto a la caja— Lleva esto a la oficina mercantil de Wall Street. Pregunta por el señor Joseph Pendelton, el corredor con el que mi padre negociaba desde Londres.

—Mi lady... si Lady Victoria se entera de que empeña las joyas de su madre…

—Pienso en nuestra supervivencia —hice una pausa— Entrega la nota. En ella le doy instrucciones precisas a Pendelton para poner estas joyas como garantía y abrir una cuenta de inversión formal a mi nombre.

Al ser mayor de edad y de la nobleza británica, tenía pleno derecho de gestionar mis propios activos, si ningún tutor interponía una demanda de incapacidad. La jugada era riesgosa, pero impecablemente legal.

—Dile que invierta el noventa por ciento del capital inicial en la venta en corto de las acciones de los canales fluviales —recordando las lecciones de contabilidad de mi padre— El ferrocarril los aplastará antes de que termine el otoño. Las acciones caerán en picado y nosotros compraremos a precio de remate.

Hacia el mediodía, el ambiente en la residencia era insoportable. Mi tía paseaba por el salón de té despotricando contra la rusticidad de Kaelen y mi osadía por lucir el diamante frente a todos.

—¡Ese hombre es un bárbaro, Alice! —exclamó— Montgomery es un caballero, y dispuesto a perdonar tu berrinche si rompes ese absurdo contrato con es bruto.

—Montgomery está al borde de la quiebra, tía —respondí sin despegar la vista del libro que fingía leer— Kaelen me lo dijo.

—¡Calumnias de ese advenedizo! —chilló— No voy a permitir que destruyas la única oportunidad de salvar nuestro apellido casándote con un sujeto tan burdo.

Antes de que pudiera responder, la puerta del vestíbulo se abrió y un criado anunció la llegada de Kaelen.

Él avanzó por el corredor con pasos firmes, ataviado con un impecable traje oscuro de corte cruzado que acentuaba la anchura de sus hombros y su estatura.

Sus ojos grises se fijaron en mí, ignorando por completo la indignación de mi tía.

—Necesito hablar con mi prometida. A solas… —dijo con voz grave.

—¡Esto es un atropello! —protestó mi tía. ¡En esta casa se respetan las normas!

—En esta casa se pagan los sueldos gracias a mi dinero, Lady Victoria —sentenció Kaelen sin mirarla— O nos concede diez minutos, o no querrá quedarse sin sirvientes.

Ella palideció de rabia y se retiró del salón pisando fuerte.

Me puse de pie ajustando el talle de mi vestido. Ignorando la tensión eléctrica que me aceleró el pulso.

«Maldición, no podía evitarlo, era como si su magnetismo me arrastrara»

—No tiene derecho a dirigirse a mi tía de esa manera —dije, encarándolo.

—Tengo todo el derecho desde el momento en que mantengo el techo bajo el que duermen —Recortando la distancia con dos pasos lentos— Me he enterado de algo intrigante...

Sentí un frío glacial en la espalda, pero mantuve la mirada serena.

—¿De qué habla?

—Uno de mis informantes en Wall Street me notificó que esta mañana una sirvienta con acento británico estuvo haciendo preguntas en la firma de Joseph Pendelton —Kaelen se inclinó hacia mí, lo suficiente para que sintiera la fragancia a tabaco y cuero de su piel— Mi socio, Silas Vance, suele merodear por esa oficina buscando información sobre mis movimientos... ¿Qué hacía su criada personal cotizando préstamos en la bolsa, Alice?

El corazón me dio un vuelco contra las costillas.

Si descubría que estaba empeñando las joyas de mi familia para comprar mi independencia, invalidaría el trato y tomaría el control absoluto de las finanzas de mi padre.

«¡Carajo, carajo, carajo!»

—Martha fue a entregar una correspondencia personal de mi tía… —mentí dando un paso al frente para desafiarlo— ¿O es que ahora también supervisa los recados del servicio para sentirse dueño de cada respiración en esta casa?

Kaelen ladeó la cabeza, observándome con una mezcla de fascinación y desconfianza. Su mano derecha se alzó despacio y me tomó por la barbilla, obligándome a elevar el rostro.

El roce de sus dedos contra mi piel fue tan caliente que se me cortó la respiración.

—No me mienta, Lady Alice —murmuró con voz rasposa, acercando su rostro hasta que el calor de su aliento me rozó los labios— Conozco la mirada de los que mienten. No sé qué juego inicia en secreto, pero le advierto algo, en mi tablero, el único que mueve las piezas soy yo.

Sentí que las rodillas me flaqueaban.

Mi mirada bajó un segundo a sus labios, recordando el beso que casi me robó en el invernadero. Deseo y orgullo luchaban encarnizadamente dentro de mí, mientras maldecía en mi interior lo que estaba sintiendo.

—Entonces asegúrese de vigilar bien su tablero, señor Huntington —susurré con voz ahogada pero firme, sosteniéndole la mirada a pocos milímetros de su boca— Porque las piezas de porcelana también tienen filo cuando ya están rotas.

Kaelen apretó ligeramente el agarre en mi barbilla, aprisionándome con una posesividad que me erizó la piel, justo cuando la puerta del salón se abrió de golpe.

—¡Señor Huntington! —la voz de mi tía irrumpió con un grito sofocado— ¡Venga por favor! ¡Una de nuestras criadas acaba de ser detenida en la puerta por los guardias del señor Montgomery!

Me congelé.

Kaelen me soltó y giró la cabeza con la mirada helada, mientras el sobre de la transacción bursátil que Martha llevaba oculto, estaba a punto de caer en sus manos.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo