Capítulo 2 Dormir con un hombre desconocido

—¡Puta madre! ¿Cómo te atreves a hacerme eso, eh? —rugió Jason, levantándose con furia.

Violetta entró en pánico. Se deslizó fuera de la cama, tanteando la pared con manos temblorosas, intentando encontrar la salida. Pero Jason fue más rápido. Sujetó su muñeca, la retorció hacia atrás y la arrojó de nuevo sobre la cama.

Justo cuando Jason estaba a punto de abalanzarse otra vez sobre ella, el teléfono en el bolsillo de su pantalón comenzó a sonar con insistencia. Maldijo entre dientes al mirar la pantalla. El nombre “Vikana” aparecía allí.

Jason gruñó frustrado, lanzó una mirada amenazante a Violetta y soltó su agarre. Contestó la llamada y salió de la habitación, azotando la puerta tras de sí.

Violetta se quedó sentada, encogida sobre la cama, apretando su vestido rojo que ya comenzaba a desgarrarse. Su corazón latía con fuerza, y las lágrimas corrían sin control por sus mejillas. Estaba completamente aterrada.

‘Papá… Mamá… Violet tiene miedo’, sollozó en su mente, llamando a sus padres fallecidos.

En otra parte del mismo hotel, un hombre apuesto, vestido con un elegante traje negro, estaba sentado en el bar, visiblemente alterado. La frustración devoraba su mente. Los problemas de negocios y el caos personal se acumulaban, llevándolo a beber varios vasos de tequila extra añejo uno tras otro. Estaba completamente ebrio.

—Señor, si sigue así, solo logrará que esa mujer se sienta vencedora —dijo el hombre a su lado, intentando advertirle. Era su asistente personal.

Lentamente, el hombre borracho, Vir, dirigió una mirada desenfocada a su asistente. Su cabello estaba desordenado y su corbata aflojada.

—Oye, Mateo. No te metas. Es asunto mío.

Mateo suspiró. No podía dejar a su jefe en ese estado en un lugar público. De inmediato habló con la recepcionista para reservar una habitación donde Vir pudiera descansar y calmarse.

Intentó ayudarlo a caminar, pero Vir, terco, lo empujó.

—No soy débil, Mateo. No me compares con esos perdedores de allá afuera. Puedo solo —balbuceó, tambaleándose.

—Señor, déjeme ayudarlo.

—¡No! ¡Puedo solo! —respondió con brusquedad, avanzando con dificultad hacia el ascensor, tratando de recordar el número de habitación que Mateo le había dicho.

Vir caminó por el pasillo del hotel, apoyándose ocasionalmente en la pared para no perder el equilibrio. Llegó frente a una habitación y abrió la puerta sin siquiera verificar el número. No estaba cerrada con llave.

Se sorprendió al ver a una mujer de pie cerca de la cama. Su silueta se dibujaba bajo la tenue luz de la habitación. Llevaba un vestido de seda rojo, su cabello negro caía suelto, y sus labios rosados brillaban intensamente.

Violetta, que estaba a punto de intentar escapar de la habitación de Jason, se quedó paralizada cuando la puerta se abrió de repente. Pero no era Jason. Ante sus ojos, solo distinguía la silueta de otro hombre.

—¿Q-quién eres? —preguntó en voz baja, temblorosa.

Vir, con la vista nublada por el alcohol, la observó. En su estado, Violetta le pareció deslumbrante, como un oasis en medio del desierto de su caos.

Sonrió de lado, con una expresión cargada de deseo.

‘Así que Mateo no solo me consiguió una habitación, también me consiguió una mujer’, pensó, malinterpretando la situación.

El sonido de sus pasos sobre la alfombra hizo que Violetta retrocediera lentamente. Quería escapar, pero el miedo había congelado sus piernas. Vir siguió acercándose, y con un movimiento brusco, la empujó hasta que cayó de espaldas sobre la cama.

Violetta se sobresaltó, sus ojos abiertos en la oscuridad borrosa.

—¡No! Por favor, déjame ir.

Sus gritos de miedo no fueron escuchados. El alcohol había tomado control de la mente de Vir. Ya no escuchaba nada. Solo pensaba en liberar su frustración, y la mujer bajo él era, en su mente, el medio para hacerlo.

—Ah… p-por favor, suéltame… no hagas esto…

Por más que Violetta gritara y luchara, Vir no la soltó. Su vestido rojo terminó desgarrándose aún más, mientras ella solo podía llorar bajo el dominio de aquel desconocido.

‘Mamá… Papá…’ gritaba en su interior, rota en llanto.

Violetta intentó resistirse con la poca fuerza que le quedaba. Sus pequeñas manos golpeaban el pecho de Vir, pero para él, consumido por el alcohol y un deseo oscuro, aquello no era más que un débil intento.

—¡Suéltame! ¡Quien seas, detente! —gritó con la voz quebrada.

Vir no respondió. Su mirada nublada se posó en los labios temblorosos de Violetta. En lugar de detenerse, tomó ambas muñecas de la joven y las inmovilizó por encima de su cabeza con una sola mano.

—Silencio. Estás aquí para servirme, no para gritar —susurró con voz grave y peligrosa.

—¡No! Yo no soy—

Sus palabras fueron interrumpidas cuando Vir selló sus labios con un beso forzado. No había ternura en él, solo dominio.

Vir la besó con brusquedad, arrebatándole el aliento hasta que Violetta sintió que el aire le faltaba. El fuerte olor a alcohol la envolvió, haciéndola sentir mareada y aún más aterrada.

Ella giró la cabeza intentando liberarse, pero él profundizó el beso, mordiendo su labio inferior hasta que el sabor metálico de la sangre llenó sus bocas.

—Mmmph… —gimió Violetta entre el beso.

La mano libre de Vir comenzó a apartar el delgado vestido rojo. El sonido de la tela rasgándose resonó en la habitación silenciosa, acompasado con los latidos desbocados del corazón de Violetta. A Vir no le importaban las lágrimas que empapaban la almohada. Solo quería descargar su ira y frustración.

Sin aviso alguno, y sin delicadeza, la sometió con brusquedad.

—¡¡AAAAAHHH!! ¡¡DUELE!!

El grito desgarrador de Violetta rompió el silencio de la noche en Guadalajara. Un dolor insoportable recorrió todo su cuerpo, como si la estuvieran desgarrando desde dentro. Su espalda se arqueó, sus ojos se abrieron desmesuradamente hacia el techo borroso. En su mundo de sombras, sintió cómo todo se hacía pedazos.

—Detente… por favor… duele mucho… —suplicó con su último aliento, temblando, empapada en sudor frío.

Vir se quedó inmóvil por un instante. Sintió una resistencia intensa, algo que acababa de romper por la fuerza. El calor húmedo entre ellos lo sacudió de golpe.

—Tú… ¿nunca has estado con nadie? —murmuró, apenas audible, mirando el rostro pálido de Violetta.

Sus pensamientos se agitaron. Mateo no habría enviado a una chica inocente si se tratara de una mujer contratada. Pero de pronto, un intenso mareo golpeó su cabeza. El alcohol y el agotamiento lo arrastraron a la oscuridad.

Violetta ya no pudo soportar más. Su conciencia comenzó a desvanecerse junto con el dolor que aún palpitaba en su cuerpo. Perdió el conocimiento, dejando que la oscuridad la liberara de aquella amarga realidad.

Al mismo tiempo, el cuerpo pesado de Vir cayó a su lado, inconsciente.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación, dejando tras de sí el rastro de destrucción y manchas rojas sobre las sábanas blancas, testigos mudos de la tragedia de aquella noche.

De pronto, el sonido de unos pasos se acercó. La puerta, que no estaba cerrada con llave, se abrió lentamente. Una figura se detuvo en el umbral, observando los dos cuerpos indefensos con una sonrisa fría.

—El juego apenas comienza, joven señor Vir.

Los pasos se acercaron a la cama, su sombra cubriendo el cuerpo de la desdichada Violetta.

—Me pregunto cuánto estará dispuesto a pagar Alejandro por recuperar el honor de su querida sobrina que acabas de destruir.

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