Capítulo 1 EL PULSO DEL PODER

–Disculpa, pero en este lugar necesitamos personas con presencia, no personas como tú –dice la encargada del hotel, señalando con un desprecio absoluto y mirando de arriba abajo a Alice como si fuera lo peor que ha pisado ese vestíbulo.

–Está bien, disculpa la molestia –responde Alice con los dientes apretados, tragándose la rabia y guardándose las ganas de responderle con la misma moneda ante tanta grosería innecesaria.

La tensión del rechazo se acumula en los hombros, tensando los músculos hasta provocar un dolor sordo que recorre toda la espalda. La correa de la bolsa de cuero se clava con fuerza en el hombro, cargando el peso de tres carpetas repletas de currículums impresos que ya parecen inservibles papeles mojados. Caminar sin parar por las avenidas concurridas de la metrópoli se convierte en una prueba de resistencia física y mental, ingresando a cada local, oficina y recepción que aparece en el camino con el pecho oprimido por el cansancio y la constante negativa de jefes mediocres que ni siquiera se toman el tiempo de leer las cualificaciones. Las puertas de cristal se abren y se cierran con indiferencia mientras el reloj avanza implacable hacia el mediodía, marcando el fracaso de una jornada que prometía ser diferente.

El tono estridente del teléfono móvil interrumpe la caminata en medio del gentío y obliga a detener la marcha de inmediato. Al sacar el aparato de la chaqueta con dedos ágiles, el nombre de la mejor amiga parpadea en la pantalla con una urgencia que acelera el ritmo cardíaco de golpe. Atender la llamada representa la única tabla de salvación en medio de un océano de puertas cerradas.

–Alice, amiga, tienes que venir ya mismo a McLorenz Technologies porque el CEO se quedó sin secretaria de emergencia y estoy completamente segura de que tú eres la persona perfecta para este puesto –dice Clarice a toda velocidad al otro lado de la línea, sin dejar espacio para respirar. – Te advierto que él es un tipo un poco arrogante, soberbio e insoportable, pero conozco tu carácter y sé perfectamente que podrás aguantarlo sin caer en sus provocaciones.

–¿Estás completamente segura de que aceptará a alguien que acaba de ser rechazada en tres lugares distintos hoy mismo? –pregunta Alice deteniendo la marcha en plena acera, sintiendo el asfalto caliente bajo las suelas desgastadas de los zapatos, un recordatorio tangible de la precariedad actual.

–No le importa tu pasado ni tus rechazos, amiga, solo le urge alguien que entienda de números y que no se desmaye a la primera reprimenda, así que toma un taxi y ven volando antes de que le entreviste a otra –responde Clarice exigiendo inmediatez a través de la línea, con ese tono imperativo que usa cuando sabe que tiene la razón absoluta.

–En quince minutos estoy plantada allí –contesta Alice con una repentina chispa de esperanza, mientras se acomoda el saco con prisa, sacude el polvo invisible de la falda y acelera el paso hacia la entrada de la estación del metro más cercana.

El trayecto en el subterráneo transcurre en un parpadeo nervioso, rodeada de multitudes que se desplazan como autómatas en medio del calor subterráneo. La mente repasa de manera obsesiva cada uno de los cargos anteriores, los balances auditados con precisión milimétrica, las agendas corporativas manejadas sin margen de error y los softwares financieros dominados a la perfección absoluta. Ningún obstáculo importa cuando la supervivencia económica se encuentra en juego; la urgencia de conseguir un contrato fijo supera cualquier reparo sobre la reputación del tal señor McLorenz. Atravesar las puertas giratorias de cristal blindado y acero pulido de la torre corporativa exige mantener la cabeza erguida, ignorando el lujo desmedido del vestíbulo con sus pisos de mármol blanco y la iluminación indirecta que proyecta una atmósfera de fría perfección. El control de seguridad se supera con rapidez gracias al aviso previo dejado en la recepción, permitiendo abordar el ascensor privado que asciende de manera vertiginosa hasta el décimo piso, donde se encuentra el despacho principal del director ejecutivo.

Tocar dos veces la madera oscura de la puerta marca el inicio de una confrontación inevitable. Al escuchar el tono seco y cortante que autoriza el ingreso, la mano gira el picaporte de metal frío y empuja el panel pesado para adentrarse en un espacio dominado por paredes de cristal ahumado que ofrecen una vista panorámica de toda la ciudad. Sin embargo, el centro de gravedad de la habitación se concentra en la figura imponente del hombre sentado tras el enorme escritorio de caoba maciza.

Jason McLorenz examina minuciosamente de arriba abajo a la candidata, con una mueca de absoluto desdén dibujada en los labios antes de extender la mano con total desgana, como si el saludo fuera un peaje molesto e innecesario que debe pagar por protocolo. La cercanía física entre ambos enciende una chispa latente, una corriente invisible que transforma la hostilidad profesional en una tensión corporal densa y magnética, donde el pulso se acelera por el desafío mutuo y por la evidente atracción contenida que ninguno se atreve a admitir en voz alta.

–Dígame, señorita Alice, por qué rayos considera que un puesto de esta magnitud es para usted y no para alguien con más pergaminos actuales –pregunta Jason clavando sus ojos oscuros directamente en el rostro ajeno, buscando fallas a cada milímetro de la expresión, desde la forma en que se sostiene el bolso hasta la rigidez calculada de los hombros.

–He trabajado como secretaria ejecutiva en dos de las clínicas más prestigiosas y exigentes del país, pero lamentablemente quedé fuera debido a reestructuraciones internas ajenas a mi desempeño profesional –responde Alice sin apartar la mirada ni un solo segundo, manteniendo el mentón en alto para disipar cualquier atisbo de inseguridad y sosteniendo el peso de esa mirada inquisitiva que quema la piel.

–¿Pretende que crea esa excusa barata cuando la realidad es que ninguna empresa seria despide a una empleada competente sin una causa justificada en su expediente? –replica de inmediato el CEO, cruzándose de brazos y disfrutando visiblemente de poner contra las cuerdas a quien tiene en frente, estudiando cada facción con una intensidad que roza la provocación descarada.

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