Capítulo 3 CUESTIÓN DE PIEL
NARRA JASON
UNA SEMANA DESPUÉS
–Estos son los balances del último reporte financiero que se me ha entregado y hay un desfasaje en los números lo que me preocupa porque sostiene y demuestra que hay algo que no está fluctuando de manera correcta –dice Alice sonriendo, mientras inclina ligeramente el torso hacia adelante y sostiene las hojas con una firmeza que demuestra un dominio absoluto de la situación.
–Muy bien, veo que realmente su carencia de belleza se reemplaza con una gran capacidad para su trabajo –digo, cruzando los brazos sobre el pecho para intentar protegerme del descontrol que provoca su cercanía, aunque las palabras suenan vacías porque mis ojos se desvían de inmediato hacia la línea de su cuello y hacia la forma en que sus dedos se mueven sobre el papel.
–Si me permite, necesito continuar con mi trabajo y terminar estas auditorías antes de que termine la jornada –dice Alice, levantando la vista de golpe para clavarme una mirada fría y distante que me golpea el estómago con la fuerza de un puño cerrado, recordándome que su fachada profesional es inquebrantable a pesar de que la tensión entre ambos corta el aire de la oficina.
–No se apresure tanto, señorita, que la jornada todavía es larga y las cuentas no se van a cuadrar solas por mucho que intente huir de mi presencia con esa urgencia fingida –digo dando un paso alrededor del escritorio para acortar la distancia, buscando provocar una reacción en su rostro que delate la misma agitación que tengo en el pulso.
–No estoy huyendo de usted, señor McLorenz, simplemente estoy cumpliendo con las obligaciones por las cuales se me contrató bajo estrictas condiciones de rendimiento corporativo –responde Alice sin parpadear, manteniendo la barbilla alta y desafiando mi autoridad mientras su respiración se vuelve ligeramente más rápida, traicionando la calma que intenta proyectar con tanto esfuerzo.
–A veces me pregunto si esa actitud de suficiencia es una coraza para ocultar la incomodidad de estar trabajando codo a codo con un hombre que no le teme a sus exigencias ni a sus constantes desplantes de falsa superioridad –digo inclinándome un poco más hacia ella, sintiendo el calor que emana de su cuerpo y el perfume suave que se mezcla con el aroma a papel y café de la habitación.
–Lo único que debería preocuparle en este momento, señor McLorenz, es que el balance trimestral entregado a la junta directiva no tenga errores de cálculo que puedan costarle la credibilidad ante los socios principales de la corporación –responde Alice con una voz que vibra con un filo peligroso, rozando el límite exacto de la insubordinación sin cruzar la línea que le daría un motivo real para despedirla.
–Mi credibilidad está más que asegurada por los resultados económicos de los últimos cinco años, señorita Alice, algo que dudo mucho que usted entienda si sigue juzgando mi gestión a través de prejuicios personales y absurdos rencores de oficina –digo apretando la mandíbula mientras analizo cada facción de su rostro, deteniéndome en la curva de sus labios y deseando por un segundo borrar esa seriedad con un movimiento indebido que rompería todas las reglas del contrato laboral.
–Los resultados económicos no tapan la pésima forma que tiene de tratar al personal que le sostiene el negocio desde las sombras, pero supongo que eso es algo que solo se aprende teniendo un mínimo de empatía que usted claramente extravió en algún momento de su exitosa carrera –replica Alice con una frialdad cortante que enciende una chispa de furia y deseo incontrolable en cada fibra de mi cuerpo.
–Cuide muy bien las palabras que usa para dirigirse a la persona que le firma el cheque cada quincena, porque la paciencia tiene un límite muy claro dentro de estas cuatro paredes y usted está jugando con fuego al cruzar la línea del respeto jerárquico –digo bajando el tono de voz hasta convertirlo en un susurro grave que busca intimidarla, aunque el único intimidado por la cercanía física y la atracción reprimida soy yo.
–No le tengo miedo a sus amenazas de jefe tirano, señor McLorenz, porque vine aquí a trabajar con profesionalismo y no a mendigar aplausos de alguien que necesita pisotear a los demás para sentirse superior en su propio escritorio –responde Alice con una valentía desmedida, dando un paso al frente en lugar de retroceder, acortando el espacio vital hasta que nuestros cuerpos casi rozan por la diferencia mínima de centímetros.
La puerta del despacho se abre de golpe en ese instante exacto, rompiendo la burbuja de tensión asfixiante que nos mantenía cautivos.
–Creo que está siendo demasiado agresivo con esa jovencita –dice Octavio Lancaster, mi mejor amigo y director del área de mercadotecnia, irrumpiendo en mi oficina sin previo aviso mientras se cruza de brazos con una sonrisa divertida que me revuelve las tripas. – No entiendo por qué insiste en criticar su físico o en tratarla con esa altanería si es una mujer que realmente llama la atención de cualquier hombre con dos dedos de frente que cruce esa puerta.
–Deja de hablar estupideces y ponte a trabajar en tus campañas de una vez por todas, porque esa mujer es simple como cualquier otra empleada temporal que pasa por esta compañía –digo furioso por su comentario, sintiendo que una punzada de celos y rabia me atraviesa el pecho porque las palabras de Octavio confirman lo que intento negar desde hace una semana: otros hombres en este edificio la miran, la desean y notan su atractivo, y esa idea me enciende los nervios hasta llevarme al límite de la locura.
– tiene la inteligencia para ponerte en tu lugar cuando pierdes los modales frente a los subordinados que mantienen este lugar en pie –dice Octavio soltando una carcajada cómplice mientras mira a Alice con un interés evidente que me hace cerrar los puños con tanta fuerza que los nudillos se vuelven blancos.
–Si ya terminaste con el desfile de opiniones no solicitadas sobre la administración de mi departamento, te sugiero que regreses a tu puesto de trabajo antes de que decida recortar presupuestos y despedirte por entrometidos –digo con la voz temblando de ira contenida, clavando una mirada asesina en mi mejor amigo para que entienda la advertencia silenciosa.
–Bueno, si para ti es una simple secretaria y no te importa en absoluto, la invitaré a cenar esta misma noche para comprobar si es tan interesante fuera del horario de oficina –dice Octavio con una calma desesperante, sabiendo exactamente qué botones presionar para sacarme de quicio frente a ella.
–Ni siquiera te atrevas a mezclar lo personal con lo laboral en nuestra empresa porque la echaré a la calle antes de que puedas pronunciar su nombre –digo después de darle un golpe seco al escritorio con la palma de la mano, sintiendo que la sangre me hierve en las venas ante la simple perspectiva de verla sonriéndole a otro hombre que no sea yo.
