Capítulo 4 DESPIDO INJUSTIFICADO

–Si la echas de la compañía, mucho mejor para mí, porque así podré salir con ella a solas sin que tengas que enterarte de nada y sin tus reglas absurdas de oficina –dice Octavio de forma provocadora, inclinándose hacia adelante con una actitud relajada que me provoca unas ganas inmensas de romperle los dientes y sacarlo a patadas de mi despacho.

–Vete a trabajar de una maldita vez a tu departamento a ver si dejas de decir estupideces y de meterte en lo que no te importa, si no quieres que te haga la vida imposible en este corporativo –digo furioso, perdiendo el poco control que me queda mientras lo señalo con el dedo de forma amenazante

Octavio suelta una carcajada burlona, se acomoda las solapas del traje con total desparpajo y se gira hacia la salida mientras me mira por encima del hombro con una complicidad irritante que demuestra que conoce todas mis debilidades.

–Eres tan patético y predecible cuando te gusta alguien, hermano –dice saliendo de mi despacho y dejando la puerta abierta de par en par para dejarme en evidencia frente a todo el pasillo principal del edificio corporativo. – Adiós, hermosa, nos veremos a la salidañ–le dice a Alice con la voz perfectamente alzada y deliberadamente fuerte para que yo escuche cada palabra desde mi escritorio.

Una hora más tarde, la sala de juntas principal se encuentra repleta de los directores y gerentes de departamento más importantes de la corporación, todos sentados alrededor de la mesa ovalada con expresiones de profunda preocupación mientras los documentos impresos circulan de mano en mano bajo una atmósfera cargada de reproches silenciosos.

–¿Qué carajos es esto? –pregunto tirando los papeles contra la madera con una fuerza brutal que hace saltar las hojas. – ¡Estos informes son un desastre absoluto y exijo ya mismo una explicación lógica!

–Su secretaria es un desastre y ese es el único problema real que enfrentamos aquí, señor –responde una de las gerentes de administración señalando directamente con desprecio hacia el lugar donde se encuentra de pie junto al proyector. – Ella cree que puede llegar hace menos de una semana e intentar modificar toda la estructura a su antojo sin conocer la jerarquía interna ni respetar los procesos de esta empresa.

–Todo lo que he hecho se basa estrictamente en los datos que ustedes mismos me han entregado, y la verdad es que por lo visto ninguno sabe hacer su trabajo en absoluto, ya que los balances que presentaban estaban maquillados sistemáticamente para ocultar un déficit operativo que hoy nos está costando miles de dólares en pérdidas fantasma –responde Alice defendiéndose con una vehemencia implacable que me golpea el pecho con la fuerza de un latigazo.

Ese carácter indomable que posee me vuelve absolutamente loco y al mismo tiempo me enciende por dentro de una forma incontrolable, pero lo que más me frustra hasta el borde de la locura es verla sentarse de nuevo mientras mi querido amigo Octavio le sonríe de forma cómplice y ella le devuelve esa sonrisa con total naturalidad, un gesto estúpido que me ciega los ojos de unos celos tan absurdos que siento que pierdo la razón en medio de la junta.

–¿Pretende que el consejo directivo crea que esta corporación multinacional es una guardería infantil donde los errores de cálculo se toleran solo porque usted es incapaz de revisar un simple reporte financiero, Jason? –pregunta uno de los socios principales con una voz helada que corta el aire, clavando sus ojos grises sobre mi persona mientras sigo de pie junto a la enorme mesa de cristal soportando el peso de las miradas.

–El error en el sistema informático fue generado por un fallo automático del software central de la red a medianoche y no por una omisión en mi trabajo de auditoría, señores –interviene Alice manteniendo la barbilla en alto sin titubear ni un solo segundo.

Giro la cabeza con brusquedad, mirándola de soslayo con una mezcla de furia, sorpresa y una advertencia velada en los ojos oscuros, evaluando cada una de sus palabras con una intensidad que quema la piel de cualquiera que se atreva a sostener la mirada.

–No me interesa escuchar justificaciones infantiles sobre sistemas caídos cuando su nombre encabeza este documento desastroso que acaba de ponernos en ridículo frente a los inversores internacionales –espeto mientras golpeo la carpeta contra la madera de caoba con violencia, intentando recuperar el control absoluto de la narrativa frente a una junta directiva que nos observa en absoluto silencio–.

–Si se hubiera tomado cinco malditos minutos para verificar la trazabilidad de los datos en lugar de armar un juicio sumario antes de convocar a esta junta, sabría perfectamente que el departamento de sistemas bloqueó el acceso a las cuentas principales por una actualización forzosa que nadie autorizó en el área contable –me retruca Alice sin bajar ni un solo tono la voz.

–¿Se atreve a cuestionar mis métodos de supervisión frente a toda la junta directiva, señorita Alice, o es que acaso ha perdido la última cuota de sensatez que le quedaba en este puesto de trabajo? –pregunto mientras aprieto los dientes con una furia contenida que provoca que los directores comiencen a murmurar nerviosos mientras esquivan la mirada y miran hacia el suelo.

–Cuestiono su costumbre sistemática de culpar públicamente a sus subordinados únicamente para ocultar que ni siquiera lee los informes completos antes de abrir la boca y ordenar despidos injustificados –me responde plantándome cara sin apartar sus ojos de los míos y sin importarle en lo más mínimo mi autoridad.

–Estás despedida, Alice; recoge tus cosas y desaparece de este piso antes de que mande a seguridad a sacarte a empujones frente a todo el personal –grito perdiendo por completo la compostura ante la mirada atónita de unos directores que palidecen en sus asientos.

–No necesito que me despida porque soy yo la que renuncia de forma irrevocable a seguir trabajando para un déspota incapaz de asumir su propia incompetencia gerencial y su soberbia insoportable –espeta mientras me da la espalda con total dignidad, marchándose de la sala de juntas y azotando la pesada puerta con todas sus fuerzas.

–¿Qué diablos haces, Jason? ¿Te has vuelto completamente loco al despedir a la única persona que ha puesto orden real en las cuentas de esta compañía en los últimos cinco años? –pregunta Octavio mirándome con los ojos abiertos de par en par, al tiempo que la realidad de lo que acabo de hacer me golpea las costillas con fuerza, aunque la verdad es que no sé qué responderle porque ni yo mismo entiendo desde cuándo me ciego de esta manera por unos celos tan enfermizos.

–Esta reunión ha terminado, así que retírense todos de inmediato y más les vale que arreglen cada error que salió mal en esos reportes, porque quiero todo perfecto para mañana a primera hora o cada uno de ustedes será despedido sin derecho a indemnización; y ya saben muy bien que cualquier ser humano en esta ciudad daría la vida por trabajar en esta empresa, por lo que nadie se atreverá a protestar –digo mientras salgo furioso de la sala para encerrarme de un golpe seco en mi oficina privada, sintiendo que el aire me quema en la garganta y que la ausencia de su presencia al otro lado del escritorio deja un vacío insoportable que ningún título de director ejecutivo podrá llenar jamás.

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