Capítulo 5 ORDEN DIRECTA
Narra Alice
–Eres la peor decepción de la vida; no puedo creer que seas mi hija, pues ni una semana te duró un maldito trabajo, así que dime, ¿cuándo va a ser el día en que por fin seas como tu hermana? –estalla la voz de mi madre desde el otro lado de la línea, clavándose en mi pecho como una daga invisible.
–Tú no entiendes absolutamente nada, mamá, ese trabajo… –alcanzo a balbucear con un nudo en la garganta, intentando defenderme.
–La que no entiende nada de la vida eres tú, porque no cabe en la cabeza de nadie que no seas capaz de conservar un empleo, y por si fuera poco, a tus veinticinco años sigues completamente sola, mientras que tu hermana la semana que viene nos presentará a su pareja y futuro esposo –me interrumpe con desprecio, escupiendo cada palabra como si fuera un reproche imperdonable.
–Que los planes de vida de mi hermana se reduzcan a casarse y encajar en el molde de una esposa trofeo no significa que yo deba seguir el mismo camino mediocre y vacío –respondo con la voz temblorosa de rabia.
–Arruinaste mi mañana, y eso que yo estaba rebosante de emoción por la maravillosa noticia que me dio mi amada hija Lucero –masculla mi madre con una frialdad desoladora que, a pesar de los años y de conocer de sobra su crueldad, me lacera el alma de la forma más profunda.
–Yo también soy tu hija, madre… ¿acaso eso no significa nada para ti? –digo en un susurro apenas audible, ahogada por un dolor punzante.
–Como digas, Alice, te espero el lunes en casa porque, a pesar de que me avergüenzas profundamente, tu hermana quiere presentarnos a su prometido y tenemos que fingir ante los demás que nos amamos –sentencia con desdén antes de colgar la llamada de golpe.
Me dejo caer pesadamente en el sofá mientras las lágrimas brotan sin freno por mis mejillas, reviviendo el eco constante de una infancia donde jamás escuché un halago o una muestra de orgullo genuino, recordándome una vez más que, ante sus ojos, mi hermana menor, con su cuerpo escultural y su talento maquiavélico para atrapar hombres adinerados, siempre valdrá más que yo, hasta que el sonido estridente de mi celular interrumpe mi llanto, y con una chispa de absurda esperanza de que sea ella recapacitando para pedirme perdón, contesto la llamada sin siquiera mirar la pantalla.
–¿Me vas a decir que realmente renunciaste a un sueldo de seis cifras solo porque el imbécil de tu jefe quiso jugar al tirano frente a los socios? –pregunta Clarice al otro lado de la línea, con esa mezcla de incredulidad y reproche que termina de derrumbar lo poco que me queda de pie.
–No iba a permitir que me pisoteara de esa manera cuando el maldito fallo fue de la red interna y no mío, así que ahora mismo estoy buscando cualquier empleo que me permita pagar la renta sin tener que soportar a un megalómano insoportable –contesto con los ojos ardiendo de rabia contenida mientras camino de un lado a otro por la pequeña sala.
–No vas a renunciar a nada, amiga, porque acabo de revisar los registros del servidor central mediante acceso remoto y el error informático está registrado exactamente a las tres de la mañana por culpa de un parche de seguridad que lanzaron los técnicos sin avisar –dice Clarice con un tono triunfante al otro lado de la línea.
–Eso significa que tengo pruebas irrefutables de que Jason me humilló en público basándose en una mentira absoluta creada por su propia red corporativa –le digo, sintiendo una descarga de adrenalina pura recorriendo mis venas de manera acelerada.
–Exactamente, amiga, así que vas a entrar a la empresa a primera hora con el informe técnico impreso y le vas a demostrar quién de los dos es el verdadero incompetente aquí –exige mi amiga antes de colgar la llamada con un tono imperativo que no admite réplica alguna.
Pasé toda la madrugada cruzando datos, extrayendo los logs del servidor y generando tablas de respaldo con los registros de hora exacta para que no quedara la menor duda del error informático. Al llegar las seis de la mañana, tenía el documento técnico perfecto impreso en una carpeta azul que guardé con firmeza dentro de mi maletín. Crucé las puertas de la corporación con paso firme, ignorando por completo las miradas de los empleados que ya conocían el escándalo del día anterior, y subí directamente al décimo piso sin pedir autorización en recepción. Abrí la puerta de la oficina de Jason sin tocar siquiera el panel de madera. Él estaba sentado frente al enorme escritorio de caoba, con las ojeras muy marcadas bajo los ojos y un vaso de café frío en la mano.
–¿Qué demonios hace aquí, señorita Alice? ¿Acaso no escuchó con claridad cuando le dije que estaba despedida y que no quería verla pisar este piso corporativo? –pregunta levantando la vista de golpe con el ceño fruncido y una expresión de total incredulidad.
–Vengo a entregarle el informe técnico que demuestra que el fallo de hace unos días fue del servidor central y no de mi trabajo, por si su soberbia le permite leer la verdad antes de volver a gritarme en público frente a toda la junta –le arrojo la carpeta directamente sobre la superficie de madera.
Jason abre la carpeta con gestos bruscos y desesperados, pero a medida que sus ojos recorren las líneas de código y las marcas de tiempo impresas, su rostro palidece ligeramente mientras la mandíbula se le tensa.
–Esto… esto no cambia el hecho de que entró a mi oficina sin tocar y con una actitud totalmente insubordinada hacia mi autoridad –balbucea intentando recuperar la autoridad perdida, aunque su voz carecía de la fuerza de antes.
–El único insubordinado aquí es usted, que prefiere humillar a su equipo antes de admitir fallas tecnológicas que escapan de nuestras manos –le retruco plantándome frente a su escritorio con los brazos cruzados y la barbilla en alto.
Jason se recuesta lentamente en su sillón ejecutivo, exhala un suspiro pesado que hincha su pecho y me mira fijamente durante un largo rato con una mezcla de frustración y un extraño reconocimiento en la mirada.
–A partir de hoy, su escritorio se traslada al despacho contiguo al mío, conectado por esta puerta interior que voy a mantener abierta todo el tiempo para vigilar cada movimiento que haga –ordena señalando con el dedo la pared lateral.
–¿Cree que mudarme más cerca es un castigo cuando solo demuestra que necesita tenerme vigilada de cerca porque no soporta saber que me equivoqué menos que usted? –pregunta Alice cruzando los brazos con una sonrisa cínica que desafía su paciencia.
–Es una orden directa de la dirección, Alice, y de una vez le digo que prepare los contratos de la filial principal porque los quiero sobre mi mesa antes de la medianoche –añade dándose la vuelta en el sillón de manera despectiva.
