Capítulo 6 CHOQUE INESPERADO

HORAS DESPUÉS

–Recoja sus cosas de inmediato, la voy a llevar en mi carro hasta su departamento porque tenemos que revisar los anexos financieros antes de la junta matutina con los inversores extranjeros –ordena Jason con un tono inapelable que no acepta excusas ni discusiones de ningún tipo, plantado frente a mi escritorio con una rigidez que intimida a cualquiera.

–Podemos hacer una videollamada desde la oficina o enviarme los archivos de manera digital, ya que mi departamento no es precisamente un lugar cómodo para recibir visitas corporativas de este nivel –le contesto tratando de evitar a toda costa el hecho de que él conozca mi casa, plenamente consciente de que un hombre acostumbrado al lujo absoluto no está preparado para ver la modestia y la precariedad con la que vivo todos los días.

–No voy a discutir con usted sobre la comodidad de su vivienda, señorita Alice, así que la espero abajo en el auto en exactamente cinco minutos si no quiere que suba a sacarla de los pelos –espeta con una frialdad autoritaria que me deja sin margen de maniobra, obligándome a apagar la computadora de golpe y a guardar los documentos en la bolsa con manos temblorosas.

Al llegar a mi edificio tras un trayecto en silencio donde la tensión en elhabitáculo del vehículo se corta con un cuchillo, subimos las oscuras escaleras con paso apresurado hasta llegar a la puerta de mi departamento en el segundo piso, con el eco de nuestros zapatos rebotando en las paredes viejas. Al intentar encender la luz del recibidor girando el interruptor de la pared, la bombilla parpadea con una fuerza inusual y se funde por completo con un chasquido seco, dejándonos sumidos en una oscuridad casi absoluta en el pasillo estrecho y sin ventanas.

–Apártese de mi camino y déjeme ver si puedo arreglar esa tontería de la instalación eléctrica antes de que nos rompamos la cabeza en esta boca de lobo –dice Jason dando un paso hacia delante de manera imprevista e invadiendo por completo mi espacio vital con su imponente presencia.

–No necesito que me resuelva los problemas domésticos, señor McLorenz, solo permítame buscar la linterna del teléfono y podremos revisar los malditos papeles en la mesa de la cocina –le respondo retrocediendo un paso hasta chocar contra la pared, sintiendo el calor agobiante que emana de su cuerpo en medio de la penumbra.

En la densa oscuridad, al intentar esquivar su musculosa estructura para buscar el aparato en la bolsa, mi pie tropieza torpemente con el borde levantado de la alfombra gastada y pierdo el equilibrio hacia atrás con una velocidad alarmante. Jason reacciona con unos reflejos increíbles, me agarra firmemente de la cintura con ambas manos y me tira con fuerza hacia su propio cuerpo para evitar que caiga pesadamente contra el suelo de madera. Quedo suspendida en el aire contra su pecho, sintiendo de inmediato el ritmo salvaje y acelerado de sus latidos que golpean con furia bajo la tela fina de su camisa a medida.

–¿Siempre es tan rematadamente torpe cuando un hombre se encuentra a menos de medio metro de distancia, señorita Alice? –susurra con una voz ronca, profunda y cargada de una malicia contenida que me golpea directamente en los labios en medio de la oscuridad.

–No soy torpe en absoluto, simplemente me desequilibra tener que lidiar con un jefe prepotente, insufrible y arrogante que aparece en mi casa sin invitación a altas horas de la madrugada –le contesto con el aliento completamente cortado por la cercanía corporal y por el temblor involuntario que recorre mis piernas.

–¿Está completamente segura de que lo que siente es solo molestia por mi presencia, o es exactamente el mismo fuego que me quema a mí por dentro y me destruye los nervios desde el primer día que cruzó la puerta de mi despacho? –pregunta bajando la mirada lentamente hacia mi boca con una intensidad abrasadora que me deja sin defensas.

Al intentar apartarlo con las manos apoyadas firmemente contra su pecho para poner una distancia prudente que nos salve a ambos, un movimiento brusco y mal calculado hace que nuestros labios se rocen por accidente en un contacto imprevisto que paraliza cada terminación nerviosa de mi cuerpo de forma instantánea. El roce accidental enciende una hoguera descontrolada entre los dos, una corriente de deseo tan intensa, cruda y prohibida que ninguno de los dos se atreve a romper apartándose del otro ni un solo segundo.

Jason profundiza el beso de inmediato, atrapando mis labios con una urgencia desesperada que destruye en un segundo todas las barreras de autoridad, orgullo y distancia profesional que habíamos construido con tanto esfuerzo durante las semanas de peleas en la oficina. Correspondo al beso con la misma voracidad desbordada, enredando mis dedos en su cabello mientras las manos de él me pegan con más fuerza contra su pelvis, borrando por completo cualquier rastro de decencia laboral o ética corporativa.

–Esto es una locura absoluta que nos va a costar el puesto a ambos en la compañía, Jason –logro murmurar contra su boca entre suspiro y suspiro sin dejar de besarlo con una necesidad desesperada. – Los dos sabemos perfectamente que acabamos de cruzar una línea que no tiene retorno posible, que mañana en la oficina fingir que no pasa nada va a ser una farsa insostenible y que los socios del consejo directivo nos crucificarían si llegaran a enterarse de esto.

–Que arda la maldita empresa entera y que los socios del consejo se vayan al diablo, entonces, porque ya no me importa nada más que tenerte aquí –responde Jason antes de volver a devorarme los labios con una furia insaciable que me arrebata el poco aire que me queda en los pulmones. – No me importa el corporativo ni las reglas ridículas de conducta cuando te tengo tan cerca y llevo días enteros aguantando las ganas de hacer exactamente esto mismo desde el momento en que entraste a mi oficina.

Él me carga en sus brazos de un movimiento rápido, firme y resuelto, sosteniéndome sin esfuerzo mientras mis piernas rodean su cintura de manera natural, y juntos caemos pesadamente sobre el colchón de mi cama en medio de la oscuridad de la recámara. Las manos de Jason recorren mi espalda con una desesperación acumulada durante días de cruces de miradas, mientras mi respiración se vuelve cada vez más agitada y pesada bajo el peso de su cuerpo que me inmoviliza contra las sábanas con una autoridad abrumadora y dominante. Sus dedos queman la piel a través de la tela de mi blusa, exigiendo una entrega absoluta que responde directamente a semanas de tensión contenida frente a los escritorios.

–¿Va a seguir aguantando este deseo contenido o va a hacerme suya de una vez por todas, señor director? –pregunto rozando sus labios con una sonrisa desafiante en medio de la penumbra, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi propio pecho.

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