Capítulo 2 Capítulo 2

Una comisura de sus labios se elevó en una mueca que no llegó a ser una sonrisa. Era una mezcla de incredulidad y una oscura diversión.

—No trabajo en corporativo —respondió con lentitud, examinándome de arriba abajo como si estuviera evaluando un informe de riesgos—. Dirijo cosas. Hay una diferencia sutil.

—¡Vaya, el señor director! —exclamé con una risa sarcástica, agitando mi vaso frente a sus narices—. Déjame adivinar: ¿tienes un título que te regalaron, un despacho en el piso más alto con vistas a toda la ciudad, y un ejército de idiotas que te aplauden cada estupidez que dices solo porque firmas los cheques?

El silencio que siguió a mis palabras fue tan espeso que el saxofón del fondo pareció apagarse. Los ojos ámbar del pelirrojo se estrecharon, volviéndose dos rendijas peligrosas. Cualquier otra persona se habría alejado o me habría llamado la atención por mi insolencia. En cambio, él inclinó levemente la cabeza, apoyando el peso de su torso sobre la barra, acortando la distancia entre nosotros hasta que pude percibir su colonia: un aroma limpio a madera noble, tabaco fresco y algo indudablemente masculino.

—¿Y tú qué eres? —preguntó en un susurro áspero, con una intensidad que hizo que mi pulso se acelerara de golpe—. ¿Una empleada frustrada que se emborracha sola un viernes por la noche porque el mundo no reconoció su brillantez?

La diana dio en el centro exacto de mi orgullo. La rabia, que había estado adormecida, brotó con la fuerza de un géiser.

—No estoy frustrada. Estoy harta —le espeté, poniéndome de pie en el taburete con una osadía que hoy me parecería de película de terror, pero que entonces me supo a pura justicia poética—. Harta de los mediocres con apellido importante. Harta de darlo todo por una empresa que te escupe a la cara a la primera oportunidad. Si yo tuviera una sola semana en tu lugar, te aseguro que este maldito imperio que diriges dejaría de ser un nido de víboras.

Él no se apartó. Al contrario, sus manos grandes y firmes se apoyaron en el borde de la barra, flanqueando mi cuerpo, atrapándome en ese pequeño espacio sin llegar a tocarme físicamente, pero dominando por completo mi campo visual. Su respiración era cálida y rozaba mi mejilla.

—¿De verdad crees que podrías hacerlo mejor? —su voz era un desafío directo, una invitación al abismo.

—Podría hacerlo con los ojos cerrados —le reté, sosteniéndole la mirada con una valentía estúpida.

—Demuéstramelo.

No hubo una cuenta atrás. No hubo dudas. La tensión acumulada durante semanas estalló en un impulso irracional, febril y desesperado. Me incliné hacia adelante y estrellé mis labios contra los suyos.

El beso no fue tierno ni educado; fue un choque de urgencias, un arrebato de dos almas que no sabían cómo canalizar la furia del momento. Sus labios eran firmes, cálidos y poseían una textura áspera que me hizo jadear contra su boca. Por una fracción de segundo, el pelirrojo se quedó completamente rígido por la sorpresa, pero el instante en que mis dedos se enredaron en la suavidad y el volumen de su cabello cobrizo, su actitud cambió por completo.

Una mano suya se cerró con firmeza alrededor de mi cintura, levantándome ligeramente del taburete para acercarme por completo a su cuerpo, mientras su otra mano sostenía la nuca, profundizando el beso con una intensidad voraz, hambrienta, que me robó el poco aire que me quedaba en los pulmones. El mundo entero desapareció: ya no existía la empresa, ni el informe de fin de mes, ni el maldito ascenso de Mauricio. Solo existía el calor de su piel, el sabor a scotch en sus labios y el golpeteo frenético de mi propio corazón retumbando en mis oídos.

Cuando finalmente nos separamos, respirando agitadamente, con los labios hinchados y las pupilas dilatadas en la penumbra, lo miré a los ojos. Había una chispa de fascinación tan oscura y dominante en su expresión que, por primera vez en toda la noche, una punzada de pánico helado me recorrió el estómago.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él con voz ronca, con los dedos aún aferrados a mi cintura, como si se negara a soltarme.

Miré su rostro anguloso, su melena revuelta y esa mirada que prometía tormentas. La realidad del alcohol empezó a disiparse, dejando paso a la cruda resaca del pánico.

—Búscame el lunes... si te atreves —susurré con una falsa bravuconería.

Me deslicé de su agarre antes de que pudiera reaccionar, tomé mi abrigo y salí casi corriendo del local, perdiéndome entre las frías calles sin mirar atrás, convencida de que jamás volvería a cruzarme con aquel desconocido.

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El despertador sonó a las siete de la mañana del lunes con una estridencia que me taladró el cerebro. La resaca moral y física de haber bebido sola y besado a un completo extraño en un bar clandestino se me vino encima como una losa de concreto. Me duché tres veces, intentando restregarme la culpa, me puse mi traje sastre gris más sobrio, recogí mi cabello rubio en un moño estricto y profesional, y me dirigí a la empresa con el firme propósito de enterrar el episodio en el rincón más oscuro de mi memoria.

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