Capítulo 3 Capítulo 3
A las ocho y media en punto, traspasé las puertas de cristal del piso ejecutivo. El ambiente se sentía diferente. Había un inusual susurro de murmullos entre los pasillos, los gerentes de área corrían con carpetas bajo el brazo con caras de pánico absoluto, y las secretarias cuchicheaban junto a la máquina de café.
—Valerie, gracias a Dios que llegas —me interceptó Camila con los ojos muy abiertos, agarrándome del brazo con tanta fuerza que me arrastráó hacia el rincón del archivo—. ¿Te enteraste?
—¿Enterarme de qué? Si es sobre la auditoría de inventarios, ya dejé los informes listos el viernes...
—No, no es eso. Es el nuevo director general. El mandamás absoluto. Dijeron que llegaría hoy a tomar posesión de la oficina principal del piso 50, el puesto que iba a ocupar el aburrido de Gómez.
—¿Y eso qué nos importa? Ya sabemos que los altos mandos son iguales: inalcanzables, arrogantes y ajenos a lo que sufrimos los de abajo —respondí, masajeando mi sien derecha donde el dolor de cabeza amenazaba con regresar.
—El problema no es ese, Valerie —dijo Camila bajando la voz a un susurro casi imperceptible, mirando a todos lados con paranoia—. El problema es quién es. Es el hijo menor de los dueños del holding internacional, el que estaba reestructurando las filiales en Europa. Y acaba de llegar a la sala de juntas hace diez minutos exigiendo ver los expedientes de todos los analistas de proyectos. Y... Dios mío, está pidiendo específicamente a la persona que estuvo a cargo del último balance trimestral. Es decir... ¡tú!
Sentí que el suelo bajo mis zapatos de tacón se desvanecía. Un zumbido sordo comenzó a taladrar mis oídos.
—No... no puede ser —balbuceé, negando con la cabeza frenéticamente—. Yo no he hecho nada malo. Mi informe está perfecto.
—Te llama la secretaria ejecutiva. Tienes que entrar ya a la oficina principal —me urgió Camila, dándome un empujoncito hacia el pasillo que conducía al sancta sanctorum de la compañía.
Caminé con las piernas hechas gelatina, sintiendo que cada paso hacia la puerta doble de madera oscura del piso 50 era un paseo hacia la silla eléctrica. Mis manos temblaban ligeramente mientras alisaba las solapas de mi chaqueta gris. Toqué dos veces los nudillos contra la madera.
—Adelante —respondió una voz desde el interior.
La orden fue seca, profunda, perfectamente articulada. Una voz que me golpeó el pecho con la fuerza de un martillo hidráulico y congeló la sangre en mis venas.
Empujé la puerta, entré a la amplia oficina panorámica con vistas a todo el valle de la ciudad, y di dos pasos antes de levantar la vista hacia el hombre que estaba de pie frente al ventanal de suelo a techo, con las manos metidas en los bolsillos de un impecable traje italiano a medida.
El hombre se giró lentamente.
Su melena cobriza, perfecta y peinada hacia atrás con elegancia pero conservando esa rebelde intensidad, brillaba bajo la luz de la mañana. Su mandíbula estaba perfectamente rasurada, pero la dureza de sus facciones era exactamente la misma que la del desconocido del bar. Sus ojos ámbar, oscuros y penetrantes, se clavaron en los míos con una fijeza implacable.
Sobre la solapa de su chaqueta, una tarjeta de identificación dorada y elegante brillaba con un nombre impreso en letras negras: Gabriel Thorne – Director Ejecutivo.
El aire se me escapó de los pulmones en un suspiro ahogado. Las piernas me flaquearon de tal manera que tuve que aferrarme al borde de la mesa de caoba más cercana para no desplomarme allí mismo.
Gabriel dio un paso al frente, cruzando los brazos sobre el pecho, y una sonrisa lenta, peligrosa y absolutamente calculadora se dibujó en sus labios.
—Vaya, la empleada frustrada del bar —dijo su voz ronca, resonando en el silencio absoluto de la oficina mientras cerraba la puerta a nuestras espaldas con un suave chasquido—. Bienvenida al piso 50, Valerie. Veo que cumpliste con tu palabra y viniste a buscarme.
