Capítulo 4 Capítulo 4

El silencio en la oficina del piso 50 era tan espeso que el único sonido perceptible era el eco sordo de mi propio corazón golpeando contra mis costillas. Mis dedos continuaban aferrados al borde de la mesa de caoba, buscando un punto de apoyo firme que impidiera que mis piernas cedieran por completo.

Gabriel Thorne no se habia movido de su sitio frente al ventanal, pero la distancia entre nosotros parecía haberse acortado de golpe. Su mirada ámbar me recorría con una calma calculada, analizando cada microgestión de mi rostro, cada temblor en mis labios. En su expresión no había rastro de sorpresa; lo que había era una satisfacción peligrosa, la de un cazador que observa cómo la pieza camina sola directo hacia la trampa.

—¿Te ocurre algo, señorita Sterling? —preguntó con esa voz áspera y profunda que, apenas unas horas antes, me había robado el aliento en la penumbra de un bar clandestino—. Te ves un poco pálida para ser la brillante analista financiera que estaba dispuesta a dirigir todo este emporio con los ojos cerrados.

Las palabras de la noche anterior me golpearon como un bumerán. El calor de la vergüenza y el orgullo subió de inmediato por mi cuello, enrojeciendo mis mejillas a pesar de mi esfuerzo supremo por mantener la compostura. Tragué saliva, obligué a mis manos a soltar el mueble y me enderezué con toda la dignidad que me quedaba.

—Disculpe, señor Thorne —repliqué, intentando que mi tono sonara tan frío y profesional como las páginas de un manual corporativo—. No esperaba... que el nuevo director general fuera usted.

—¿Esperabas a otro burócrata aburrido con corbata de seda y discurso ensayado? —Una ceja cobriza se elevó con ironía, mientras daba un paso al frente, ajustándose los puños de la camisa—. Lamento decepcionarte. O quizás deberías alegrarte. Al menos ya nos conocemos de antes, ¿no crees?

—Lo que ocurrió el viernes por la noche fue un error derivado de una situación particular y... de una mala elección de bebidas —deseché el tema con un movimiento seco de mano, como si pudiera borrarlo del aire—. Asumo toda la responsabilidad de mi falta de juicio profesional. Si prefiere despedirme de inmediato por conducta inapropiada fuera del horario laboral, entenderé los términos de la liquidación.

Un parpadeo lento. Gabriel guardó silencio durante unos segundos que se me hicieron eternos. Caminó despacio alrededor del escritorio principal, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Su presencia era imponente, abrumadora; su altura y esa musculatura contenida bajo el traje negro hacían que el espacio se sintiera reducido.

—¿Despedirte? —su tono se burló suavemente de la idea—. ¿Por qué iba a despedir a la única persona en toda esta compañía que tuvo el valor de decirme la verdad en la cara sin temblarle la voz?

Frunció ligeramente el ceño, desconcertada.

—No entiendo...

—El informe trimestral que firmaste el mes pasado llegó a mis manos en Ginebra antes de que tomara el vuelo hacia acá —continuó Gabriel, cruzando los brazos y mirándome con una intensidad que me inmovilizó—. Tus proyecciones financieras eran impecables, precisas y demostraban que conoces las entrañas de esta constructora mejor que cualquiera de los idiotas que llevan años cobrando un sueldo gerencial sin dar golpe. Y sin embargo, tu nombre figuraba en la base del escalafón, a punto de ser ignorado por el nepotismo de siempre.

Sentí un vuelco en el pecho. ¿Había leído mi informe? ¿Sabía quién era antes incluso de vernos en el bar?

—Entonces, ¿por qué... ? —comencé a preguntar, pero me interrumpió de inmediato.

—¿Por qué te ignoraron? Porque en este lugar el mérito no importa si no tienes un apellido rimbombante —dijo con una dureza repentina en la voz, un destello de genuina furia contenida—. Pero eso se acabó a partir de hoy.

Gabriel se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo mi espacio personal. Su aroma a madera y tabaco fresco me envolvió de nuevo, despertando en mi memoria corporal el recuerdo exacto de sus manos sosteniendo mi cintura.

—No te voy a despedir, Valerie —sentenció con voz ronca—. Tengo un proyecto mucho mejor para ti. A partir de este momento, dejas tu cubículo en la planta baja. Te mudas al despacho contiguo a este. Serás mi asistente ejecutiva personal y la directora adjunta interina de operaciones.

El mundo pareció detenerse. ¿Directora adjunta? ¿Trabajar codo a codo con él, en el mismo piso, bajo su mando directo?

—Señor Thorne, yo no puedo... eso es demasiado abrupto... —balbuceé, sintiendo que el vértigo me amenazaba.

—No es una sugerencia, es una orden directa de la dirección general —su voz adoptó un matiz de absoluta autoridad que no admitía réplica, aunque una sombra de diversión brillaba en el fondo de sus ojos ámbar—. Y respecto a lo que pasó en el Blue Velvet... digamos que me gustó tu iniciativa.

Dio un paso atrás y señaló hacia la puerta lateral que comunicaba con una oficina más pequeña, equipada con ventanales y un escritorio impecable.

—Tienes una hora para mudar tus cosas. Nos vemos aquí a las diez para revisar el plan de reestructuración que tanto criticaste el viernes. Demuestra que tenías razón, Valerie. No me falles.

Me quedé petrificada en el centro de la habitación, viendo cómo se giraba para tomar asiento frente a su ordenador. El pulso me zumbaba en los oídos. La guerra en el piso 50 acababa de comenzar, y yo ya estaba atrapada en el bando del enemigo.

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