Capítulo 5 Capítulo 5

El traslado de mis cosas desde el rincón polvoriento del cubículo en la planta baja hasta el ala ejecutiva del piso cincuenta tomó exactamente cuarenta y cinco minutos. Metí mis blocs de notas, los bolígrafos que me había regalado mi madre, un portafotos vacío que nunca suché rellenar y mi taza de café desportillada en una caja de cartón marrón.

Mientras esperaba el ascensor, sentí las miradas clavadas en mi espalda. La noticia ya había volado por los conductos de ventilación de la oficina con la velocidad de un incendio forestal. Mauricio, el flamante y frustrado director de proyectos que se había quedado con las ganas del puesto, me bloqueó el paso junto a la máquina de café, con los brazos cruzados y una sonrisa cargada de veneno puro.

—Vaya, Valerie. Parece que las horas extra de rodillas al fin dieron frutos —espetó en voz baja, lo suficientemente alta para que las secretarias de contabilidad escucharan—. No sabía que tenías talentos tan... persuasivos para convencer al nuevo director general en tu primer día de trabajo.

La sangre me hirvió en las sienes. El impulso de arrojarle el contenido de mi taza de café a la cara estuvo a punto de ganarme la partida, pero respiré hondo, apreté los dedos alrededor de la caja de cartón hasta que los nudillos se me pusieron blancos y le devolví una sonrisa igual de helada.

—Guárdate tus complejos y tus frustraciones para cuando tengas que justificar por qué tus informes de campo tienen un margen de error del treinta por ciento, Mauricio —le contesté con voz clara y cortante, sin apartar la vista de sus ojos—. Y ten cuidado con lo que insinúas en los pasillos. El nuevo jefe no tolera a los mediocres que chismorrean. Y créeme... él ya sabe exactamente quién eres.

Lo dejé con la palabra en la boca, con el rostro desencajado por la sorpresa, mientras el ascensor se abría a mis espaldas y me sumergía en el silencio metálico del ascenso.

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Mi nuevo despacho no era una oficina; era un santuario de cristal y caoba con vistas panorámicas a todo el valle de Medellín. Desde allí arriba, los coches parecían juguetes mecánicos y la ciudad entera se extendía como un mapa intrincado bajo un cielo plomizo que amenazaba con tormenta. A través de la puerta lateral translúcida, podía ver la silueta imponente de Gabriel Thorne inclinado sobre su escritorio, revisando los planos de la última licitación pública.

—Veo que sobreviviste al comité de bienvenida de la planta baja —dijo su voz profunda, atravesando el cristal sin siquiera levantar la vista de los documentos.

Me sobresalté un poco. No me había dado cuenta de que la puerta comunicante estaba entreabierta. Dejé la caja sobre mi escritorio y me acerqué al umbral, manteniendo los hombros rectos.

—Tengo la piel dura, señor Thorne. Las opiniones de Mauricio y de los demás me importan poco si los números y los resultados hablan por mí.

Gabriel levantó lentamente la vista. Su melena cobriza capturaba los destellos grises de la luz de la tarde, y su mirada ámbar me estudiaba con una mezcla de curiosidad y un respeto silencioso que hizo que se me formara un nudo extraño en el estómago. Se puso de pie, ajustándose los puños de la camisa blanca con un movimiento elegante y medido.

—Eso espero, Valerie. Porque a partir de este momento, vas a necesitar algo más que piel dura —dijo, saliendo de su despacho para pararse frente a mí, a menos de un metro de distancia—. En diez minutos llega el consejo directivo. Y quiero que seas tú quien exponga la reestructuración del presupuesto de obras. Todos ellos votaron por Mauricio la semana pasada. Van a intentar devorarte vivo en cuanto abras la boca. ¿Estás lista para demostrarles de qué estás hecha?

Un escalofrío de adrenalina pura recorrió mi columna vertebral. Las manos me temblaron por una fracción de segundo, pero apreté los puños dentro de los bolsillos de mi falda sastre y alcé la barbilla.

—Denos cinco minutos, señor Thorne. Voy a repasar las diapositivas de última hora. No les daré el gusto de encontrar ni un solo error.

Gabriel dejó escapar un susurro ronco que se pareció mucho a una sonrisa de aprobación, antes de girarse hacia la sala de juntas principal.

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La sala de juntas del piso cincuenta olía a café recién filtrado, cuero italiano y una tensión tan densa que podía cortarse con cuchillo. Dieciocho personas sentadas alrededor de una mesa de mármol negro me observaban con expresiones que oscilaban entre el desdén condescendiente y la abierta hostilidad. En el extremo opuesto, sentado junto a su tío el vicepresidente, Mauricio me clavaba una mirada de triunfo anticipado, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona.

Gabriel ocupaba la cabecera principal, completamente relajado, con los codos apoyados en la mesa y los dedos entrelazados frente a la boca, observándome en silencio desde su posición de poder absoluto.

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