Capítulo 6 Capítulo 6

—Adelante, señorita Sterling —indicó el vicepresidente de operaciones, un hombre regordete de cabello entrecano y gesto agrio—. Nos han dicho que el nuevo director la ha colocado a usted al frente del análisis financiero de la licitación de la troncal sur. Teniendo en cuenta su... corta trayectoria en la empresa, esperamos que esto no sea una pérdida de tiempo para los socios.

El tono despectivo hizo que un murmullo de risas ahogadas recorriera la sala. Sentí que el calor me subía al cuello, pero en ese preciso instante, una mirada rápida hacia la cabecera me devolvió el anclaje: Gabriel no apartaba los ojos de mí, y en sus pupilas oscuras había una chispa silenciosa de apoyo absoluto.

No dije una sola palabra de defensa personal. Simplemente conecté mi tableta al proyector central, alcé la mano para pasar a la primera diapositiva y comencé a hablar con voz clara, firme y cortante como el cristal.

—Buenos días. Los informes anteriores presentados por el departamento de proyectos estimaban un sobrecosto del cuarenta por ciento en la adquisición de materiales pesados debido a la intermediación de proveedores externos —comencé, avanzando con seguridad hacia la pantalla táctil—. Durante los últimos tres años, esas cifras se aceptaron sin cuestionamientos. Sin embargo, tras una auditoría exhaustiva de los registros de aduanas y contratos de importación que realicé personalmente este fin de semana, descubrí que estamos pagando un sobreprecio del doble del valor de mercado a una filial fantasma registrada en Panamá.

Un silencio sepulcral cayó sobre la sala. El murmullo cesó de golpe.

Volví el rostro hacia el vicepresidente de operaciones, cuya cara había pasado del rubor a un tono amarillo verdoso. Y luego miré directamente a Mauricio, que había dejado caer el bolígrafo sobre la mesa con un golpe seco.

—Si me permiten la siguiente diapositiva —continué con una sonrisa helada en los labios—, verán el desglose de cómo, renegociando directamente con los fabricantes locales bajo una nueva cláusula de exclusividad que ya he redactado, podemos reducir los costos de la obra en un treinta y cinco por ciento, ahorrándole a la constructora más de cuatro millones de dólares este mismo año. Y lo más importante: sin comprometer un solo día del cronograma de entrega.

La sala entera estalló en un caos de susurros, hojas pasando y miradas cruzadas de pánico entre los directivos veteranos. El vicepresidente abrió la boca para protestar, pero antes de que pudiera emitir sonido alguno, un golpe seco resonó en la mesa.

Gabriel Thorne había retirado las manos de su rostro y se habia reclinado hacia atrás con una lentitud felina. Su mirada recorrió uno a uno a los socios, deteniéndose finalmente en su tío con una frialdad glacial.

—La propuesta de la señorita Sterling ha sido aprobada por la dirección general desde las ocho de la mañana —sentenció Gabriel con voz ronca y dominante, haciendo que cualquiera en la sala tragara saliva—. A partir de este momento, ella asume la dirección operativa de todas las licitaciones públicas de la compañía. Cualquier objeción al respecto puede ser presentada directamente en recursos humanos junto con su carta de renuncia. ¿Alguna duda?

Nadie se atrevió a replicar. El silencio que siguió fue absoluto, pesado y definitivo.

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Cuando la puerta de la sala de juntas se cerró tras el último directivo furioso que salió huyendo, me dejé caer contra el respaldo de mi silla, exhalando un suspiro largo y tembloroso que llevaba conteniendo desde el primer segundo de la exposición. Mis manos, que habían permanecido firmes durante toda la presentación, ahora temblaban de forma casi imperceptible sobre los papeles.

La puerta que comunicaba con el despacho principal se abrió con suavidad. Gabriel entró despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, y se detuvo junto a mi silla. Su expresión seria se relajó ligeramente en una media sonrisa que transformaba por completo sus angulosas facciones.

—Has estado brillante, Valerie —dijo con esa voz grave que parecía acariciar las paredes de la estancia—. Les has arrancado el suelo bajo los pies sin siquiera levantar la voz. Me gusta cómo trabajas cuando estás enfadada.

—No estaba enfadada, señor Thorne —repliqué, poniéndome de pie para recoger mis notas, intentando mantener la distancia profesional a pesar de que el pecho me latía con fuerza—. Estaba demostrando que no necesito favores de nadie para ganarme este puesto.

Gabriel dio un paso más, acortando la distancia entre nosotros hasta que el calor de su cuerpo comenzó a filtrarse a través del aire acondicionado. Sus ojos ámbar me examinaron con una intensidad tan palpable que me obligó a detener mis movimientos.

—¿Favores? —murmuró, inclinando ligeramente la cabeza hacia abajo, ya que me sacaba al menos una cabeza de altura—. Lo que pasó en el Blue Velvet no fue un favor, Valerie. Fue la mejor inversión que ha hecho esta compañía en los últimos cinco años. Y respecto a lo demás... sabes tan bien como yo que esto recién empieza.

Un golpe suave interrumpió la tensión en el aire. La puerta principal de mi despacho se abrió de par en par sin previo aviso, y una figura alta y elegante apareció en el umbral con una carpeta de cuero bajo el brazo y una sonrisa deslumbrante que congeló la atmósfera.

—¡Vaya, vaya! Así que era verdad que te habías mudado al piso principal, Valerie —dijo una voz masculina, cálida y de acento ligeramente extranjero—. Me dijeron que la nueva mano derecha del gran director Thorne era alguien brillante, pero jamás imaginé que se trataba de mi antigua compañera de tesis.

Me quedé helada. Mis ojos se abrieron de par en par mientras el recién llegado cruzaba la estancia con pasos seguros, ignorando por completo la mirada mortalmente fría que Gabriel le estaba dedicando desde el otro lado de la mesa.

—¿Liam? —balbuceé, sintiendo que el suelo volvía a temblar bajo mis pies.

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