Capítulo 7 Traición
Mia entra en la cocina dónde hay varias personas del personal de la casa coordinando los servicios y el banquete, se detiene frente a la señora Alba, quien es la jefa del personal regular de la casa; una mujer mayor, de cabello gris siempre recogido en moño, regordeta y muy simpática.
¿Has visto a Miranda? – Pregunta Mia agitada.
¡Hija! ¿Qué te pasó? ¡Vienes toda roja y sudada! – Responde mientras sirve apurada un vaso con agua para Mia.
Alba… Por favor, ¿Has visto a Miranda? – Repite mientras va recuperando la respiración constante.
¿No estaba arreglándose? ¿No tenía que estar usted también arreglándose…? - Mia la interrumpe.
No… Alba, ella salió, creo que venía a la casa, ¿La viste?.
No hija y llevo todo el día aquí, si fuera pasado, te aseguro que la hubiera visto, quizás te equivocaste y todavía está allá.
Gracias – Sale de la cocina.
Mia supone que Miranda debe estar encerrada en su habitación, conociéndola, tiene que ser así; pero, ¿Cómo no paso por la cocina? Debe pasar por esa zona para llegar a las escaleras, porque aunque hay otro acceso de la casa al patio, que es una sala de estar, ese lugar está siendo usado para recibir invitados, está muy concurrido y conociendo a Miranda, no querría toparse con nadie, menos en su estado, llorando. Debe estar en su habitación o por lo menos en alguna de las áreas privada de la casa.
Una idea pasó por la mente de Mia, las habitaciones de ambas hermanas se encuentran en la misma ala de la casa, ambas habitaciones tienen balcón, la pared de afuera de la casa, precisamente en ese lado, tiene enredaderas y abajo hay un jardín bastante tupido. “¡Mi salida secreta!”.
*
En muchas ocasiones Mia quería salir de fiestas con sus amigas y amigos, muchas veces su madre no se lo permitía debido a las habladurías, escándalos, malas juntas, en fin, montones de excusas más. Lo cierto es que Mia se escapaba por el balcón, bajaba por las enredaderas hasta el jardín y había una especie de camino oculto entre las arboledas que conducían hasta el patio, salía de la propiedad por una pequeña puerta de servicio, de la que ella tenía una copia de llave, que había tomado sin que sus padres lo notarán y sus amigos la esperaban en ese lado de la casa, dónde además no levantaría sospechas, era perfecto. Al finalizar la jornada, Mia volvía por el mismo camino.
Miranda detestaba aquello, además de que no tenía necesidad de usarlo porque no le gustaba mucho salir, menos “de fiesta”. Miranda pensaba que era de lo más bajo escapar de la casa de esa forma y siempre le advertía a Mia que la podía picar una culebra o un bicho si seguía pasando por ese matorral.
*
Por eso Mia no había sopesado esta opción hasta ahora, pero en un momento así, es muy lógico que Miranda utilice este camino, así no tiene que enfrentarse a nadie y puede llegar a su habitación de la manera más discreta.
Mia sube las escaleras, se acerca a la habitación de su hermana, no hay nadie en el piso de arriba, en ese lado de la casa. Todos están ocupados abajo con los detalles para la boda, lo cual es ideal porque Miranda está sola, lo que a ella más le gusta. Sin saber por qué, Mia pausa su paso, anda sigilosamente, lo hace por instinto, como si su cuerpo y mente lo demandará de este modo. Tiene un presentimiento, cada vez que se acerca más a la puerta, su corazón se acelera más, su mente le dice que algo no está bien.
Mia llega hasta la puerta de la habitación de su hermana, escucha una voz femenina que confirmaba lo que ha pensado en un principio, Miranda está allí, “¿Pero con quién habla?”. Se escucha otra voz que habla en un tono más bajo, más moderado, como sí, quiera ocultarse… Un hombre.
Mia no reconoce la voz del chico que está encerrado con su hermanita en la habitación, así que con cuidado se recuesta a la puerta, junta la oreja a la misma, agudiza su oído, se concentra en las voces.
No es algo habitual en Mia, ella usualmente no haría algo de esta forma, pero no puede evitarlo, hay algo más, algo que la llama a aquel lugar, Mia siente que debe estar hay, que debe saber que sucede.
Ya no se trata de proteger a su hermana de su ex, porque hace rato Mia se ha dado cuenta de que no es Julián quién está con ella, este chico no tiene el tono de voz chillón y orgulloso de ese cretino, “Si hablara un poco más alto”. El chico sigue manteniendo un tono bajo y monótono. No obstante en algún momento de la conversación, Miranda se altera.
¿POR QUÉ? ¿NO SOY SUFICIENTE? ¿POR QUÉ NO PUEDO SER YO?!.
Por favor, Miranda, cálmate, baja el tono. – El chico aumenta un poco el tono, justo lo que Mia necesita.
El acento y tono del hombre misterioso, le resulta familiar, Mia procesa el parecido de la voz, piensa, estruja su cerebro. Suena como un clic en su mente, en el momento en que reconoce la voz, se le detiene unos segundos el corazón, literalmente. Edrick, su novio y prometido, con quién esta a solo un par de horas de casarse. “No están haciendo nada malo, únicamente hablan”, se afinca a la puerta, lo más que puede, debe escuchar, debe saber que pasa.
- ¡¿Cómo quieres que me calme?! – Miranda baja un poco el tono de voz – ¡Vas a casarte con ella!.
- LA AMO – Responde él, tajante.
- Y YO A TI.
- Lo siento… No puedo corresponderte, ¡Eso es todo! – Se escuchan pasos, él parece dispuesto a irse, pero Mia no se mueve, sabe que si él sale de la habitación, lo hará por la ventana, tal como seguramente entró.
- Cómo dices eso… Después de todo lo que pasó aquella noche, - Se escucha el andar de tacones, quizás ella se acerca a él – La forma en que me tocaste, me besaste, me hiciste tuya…
- ¡Te lo dije! – Él la interrumpe – Fue un error, lo siento.
Mia respira aceleradamente, su ritmo cardíaco aumenta a mil por segundo, siente su corazón traspasado por miles de flechas, un agujero en el estómago que quema, sus lágrimas salen sin que ella misma lo noté; ella sigue allí pegada en esa puerta, en silencio, cómo una espía, cómo si fuera ella la que ha hecho algo mal, mientras su mundo se derrumba, de un momento a otro.
Ellos siguen hablando sobre lo que pasó y lo que no debió pasar, aunque Mia sigue pegada a aquella puerta, en realidad no escucha lo que dicen por qué solo ve como el mundo que había imaginado para ella, para su familia, su futuro, desaparece.
De pronto llega la sensación de que fue descubierta, siente unos ojos en su espalda, alguien la observa; suavemente voltea, allí está Miriam, su madre.
Miriam la mira con sorpresa y tristeza, está allí paralizada y sus ojos están cristalizados, lucha por mantenerse fuerte y no llorar. Mia se queda parada frente a ella, con la frente en alto, con las lágrimas cayendo, analiza la expresión de su madre, “Entonces tú lo sabías” piensa mientras su ira comienza su ascenso y traspasa a Miriam con una mirada asesina, “Claro, tu consentida”, una sonrisa ladeada y tétrica se forma al momento de formarse ese pensamiento.
Miriam arde de deseos por consolar a su hija, solo quiere abrazarla y decirle que todo va a estar bien, pero no puede, nota el cambio de semblante de Mia, su mirada de dolor, la ira que la va llenando, odio.
Por primera vez Miriam, le tiene miedo a su hija y observa aturdida como Mia le suelta una carcajada estruendosa, que no llega a sus ojos y con una expresión sombría entra a la habitación de su hermana.
