Capítulo 8 Reacciones

Alguien toca la puerta, nadie responde, entran a la habitación con cuidado, se trata de Alma, el ama de llaves de la mansión. 

- Señorita… - Habla suavemente – Su padre, la espera en su despacho. 

- Está bien. – Mia responde sin siquiera levantar la cara de la almohada. 

- Hija… - Alma usa un tono maternal, cariñoso – ¿Quieres que te prepare algo de comer?. 

- No – Responde en un susurro. 

- Casi no has comido nada en el día, estoy segura… 

- Estoy bien, gracias – La interrumpe Mia. 

Alba sale de la habitación. Mia suspira y se quita las sábanas, se levanta arrastrando los pies, enciende la luz de la habitación que está a oscuras, afuera está empezando a oscurecer y ella tiene las ventanas cerradas. Mia se dirige a su peinadora y se observa en el espejo, tiene unas ojeras bastante pronunciadas, prácticamente unas bolsas bajo sus ojos, los cuales están rojos mientras que alrededor se ven unos grandes aros oscuros, todo su rostro se encuentra hinchado. 

Ha llorado demasiado, tanto, que piensa que se le han agotado las lágrimas, ya no deseaba llorar, solo se ahoga en su amargura. Aún está en pijama, un pequeño short y una escueta franelilla, decide ponerse la bata encima para salir al despacho de su padre.  

Entra en la gran habitación, no hay nadie allí, “Me llama y tengo que esperarlo” supone con fastidio. El despacho es un enorme cuarto, con techo alto, dos paredes con un gran ventanal cada una con vista a los jardines y el frente de la casa, las otras dos paredes están llenas de estantes completamente cubiertos de libros, todo decorado con paneles de madera en un tono oscuro. Sin embargo, el ambiente no era en absoluto lúgubre o pesado, gracias a la gran cantidad de luz natural que entra por las ventanas. Frente a uno de aquellos ventanales, hay un enorme escritorio de caoba oscura tallada, muy antiguo pero bien cuidado, con un enorme sillón de cuero y elegantes sillas tapizadas a juego para los invitados. Al otro lado de la habitación, cerca de la puerta de entrada, justo enfrente del otro ventanal, un juego de muebles con mesa de centro, de colores claros, que sobresalen haciendo perfecto contraste con el tono oscuro del resto del mobiliario, creando una cómoda e iluminada salita perfecta para leer.  

Mia se acomoda en el sofá de la salita, recostándose en los cojines. Sigue con la misma línea de pensamientos que ha dejado atrás en su cuarto, recuerda, recapitula todo lo que ha pasado.  

Pensó en el momento en que vio a su madre, con solo ver su expresión, supo que ella lo sabía todo, se lo oculto, encubrió a Miranda y aun así tuvo el descaro de organizar la boda de Mia “¿Cómo pudo hacer algo así?”.  

Recordó el instante en qué entro en la habitación de Miranda hecha una furia y aquellos descarados se quedaron estupefactos, no encontraban que decir, cada vez que intentaban hablar se trababan; tampoco es que Mia les fuera dado mucho tiempo para hablar, no fue su usual reacción de mirar encolerizada y hablar fríamente; está vez, en cuanto tuvo oportunidad, se lanzó sobre Edrick gritando y tratando de arañar y golpear lo más que pudiera, sentía la necesidad de ver sangre, cómo un animal salvaje, sin control. Cuando Miranda se acercó y le hablo para tratar de calmarla, la abofeteo e insultó, para luego seguir atacando a Edrick. 

Unos chicos del personal, sacaron a Mia de la habitación de Miranda, estaba frenética. Cuando su madre vio su reacción, salió lo más rápido que pudo para llamar a cualquiera que estuviera cerca y pedir ayuda, la llevaron a su habitación, le pusieron calmantes paso el resto de la tarde y noche, entre durmiendo y llorando sola; cada vez que alguien llamaba, solo gritaba que la dejarán sola, para seguir llorando.  

Luego de tres días en este estado, llegó un momento, en qué simplemente, no pudo llorar más. Exclusivamente le resto pensar y recordar, sin una lágrima más.  

Al cabo de unos minutos entra su padre al estudio. 

Héctor Herrera, un hombre alto y delgado, con cabello corto, oscuro y algo canoso; de piel clara, un rostro alargado y perfilado; en su juventud fue un chico guapo, que con la edad, ha adoptado un aire interesante y maduro. Durante su vida todo fue trabajo y responsabilidades, por lo que en la actualidad, no para de mostrar una constante expresión de cansancio. Siempre viste elegante, de traje; lo más informal que puede usar, es usar la camisa con una corbata, sin saco. Con un andar distinguido, se muestra siempre serio. Cualquier desconocido puede describirlo como un hombre pedante y engreído, pero quién lo conoce bien, sabe que es un hombre amable, respetuoso e inteligente. 

- ¿Cómo estás? Cariño – Dice al entrar y ver a Mia tirada. 

- Bien – Responde al instante, como una máquina, sin ánimos. 

- No te ves muy bien – La mira con compasión. 

- Entonces, no necesitabas preguntar – Alega Mia, incómoda por esa mirada compasiva. 

- ¡Mia! – Replica Héctor en reprimenda. Mientras toma asiento frente a ella. 

- Lo siento – Suelta un suspiro – No sé que me pasa… Siento que… No me reconozco – Mia se sienta. Siempre ha respetado a su padre, nunca ha sido insolente o sarcástica con él.  

- Ni yo. Tengo que reconocer que, cuando me contaron todo lo que pasó, lo que hicieron Edrick y Miranda, la forma en que reaccionaste, no lo podía creer. 

- Yo… De pronto, me cegué – Mia comienza a sentir como se le anuda la garganta y se le cristalizan los ojos, pero no por lo que pasó, sino porque siente vergüenza con su padre. Él fue quien le enseño a ser centrada, no dejarse llevar por las emociones negativas, “Las reacciones equivocadas en los momentos cruciales pueden destruir” solía decirle. Al ver su tristeza, Héctor se sienta a su lado, pasa el brazo sobre sus hombros, acerca a Mia hacia él. 

- Tranquila, es normal. Dime, ¿Qué quieres que haga? Puedo darle una pequeña lección a Edrick – Una pequeña sonrisa con malicia se dibujó en su rostro – ¿Quieres que envié a Miranda lejos por un tiempo? ¿A uno de esos grupos de convivencia que tanto detesta? – Héctor miraba hacia una pared, pensativo, cómo si le lo estuviera imaginando. 

- No, de verdad que no papá… Pero… Quiero irme yo – Mia se tira sobre el pecho de su padre, ocultando su rostro, no quiere ver su reacción, ¿Quién lo diría? Mia Herrera, ¿Huyendo?.

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