Capítulo 1 Una boda frustrada

​—¿Están listos para sellar sus votos sagrados ante Dios? ¿Nadie los está obligando? —preguntó el sacerdote.

​Unas pocas personas se encontraban presentes; no eran invitados de la pareja ni miembros de sus familias, sino simples fieles que habían ido a la iglesia a orar.

​—Sí, acept… —respondieron Erick y Cyril al unísono. Sin embargo, sus palabras se truncaron de golpe al escuchar una voz.

​—¡Alto!

​Una voz barítona, acompañada por el eco de unos pasos firmes, resonó en el lugar. Cyril abrió los ojos de inmediato y volteó hacia la entrada principal del templo, de donde provenía el ruido.

​Varios hombres vestidos de negro irrumpieron al mismo tiempo, y una atmósfera tensa y sofocante se apoderó de inmediato del recinto.

​Cyril era consciente de que la decisión que había tomado desencadenaría un sinfín de graves problemas para ellos. Pero estaba dispuesta a afrontar lo que fuera, con tal de estar al lado del hombre que amaba.

​—Carlos —el corazón de Cyril dio un vuelco salvaje dentro de su pecho al ver a su hermano caminar hacia ella; el aire se le atascó en la garganta. De inmediato, se interpuso entre él y Erick, usándose a sí misma como escudo para proteger a su amado.

​Sin embargo, no fue solo la presencia de Carlos lo que le dificultó la respiración. Detrás de él venía otra silueta, una que hizo que sus manos comenzaran a temblar descontroladamente.

​Un hombre de mirada afilada, rostro gélido y un aura imponente que parecía calentar el aire a su alrededor con una hostilidad latente. Lucas Miller.

​Los pocos feligreses que observaban la escena entraron en pánico. Al ver a más de veinte hombres de complexión robusta invadir la iglesia como si pretendieran sitiarla, se apresuraron a buscar refugio lejos de allí.

​Pero lo que realmente los hizo estremecer de terror fue lo que cargaban en sus manos. Sí, varios de ellos empuñaban armas de fuego.

​A Cyril se le secó la boca. Dirigió la mirada hacia sus manos entrelazadas con las de Erick; ese agarre le transmitía calidez y, al mismo tiempo, una profunda incertidumbre. Luego, volvió a mirar a su novio.

​—Los están asustando —pronunció Cyril, desviando los ojos hacia las pocas personas que se agachaban a toda prisa entre las bancas.

​Se escuchó el eco de unos pasos implacables, cargados de una furia silenciosa a cada avance. Eran los pasos de Lucas Miller.

​—¿Cómo pretendes casarte con ese infeliz cuando eres mi prometida, Cyril Ravelle? —La voz de Lucas sonó glacial, pero encendió una hoguera de tensión en quienes la escuchaban. Su mirada no se apartaba de la joven, fijándose especialmente en el fuerte agarre con el que sostenía la mano del otro hombre. Aquello hizo que su mandíbula se tensara al límite.

​—¡Suéltalo! —ordenó, avanzando con paso firme y sin titubear hacia Cyril.

​—¡Deténte ahí! —le espetó Cyril con dureza, a pesar del miedo que le atenazaba el corazón—. O si no, yo…

​—Eres una desconsiderada —intervino Carlos, adelantándose para tomar a Cyril del brazo con brusquedad, obligándola a soltar la mano de Erick—. ¿Cómo te atreves a intentar casarte con él? ¿Acaso olvidaste quién eres?

​—¡No la toques! —intervino Erick, deteniendo la mano de Carlos justo cuando este se disponía a abofetear a su hermana.

​—¡Maldito, no te metas! —Carlos le propinó una patada en el estómago a Erick con tal fuerza que el joven salió despedido y cayó pesadamente sobre el suelo, provocando un grito ahogado de los que se escondían tras las bancas.

​—¡Erick! —Cyril intentó correr hacia su amado, pero el agarre de su hermano era como una mordaza de hierro—. No le hagas daño, Carlos, ¡por favor! —suplicó desesperada.

​—Te busqué por todas partes la noche entera, ¿y ahora defiendes a este bueno para nada? Te ha lavado el cerebro. ¿Tienes idea de lo peligroso que es ese imbécil, ah? ¿O es que también olvidaste que estás comprometida con Lucas? —Carlos fulminó a su hermana con la mirada.

​Cyril sacudió la cabeza, negándose a aceptar las palabras de su hermano; ella conocía a Erick mejor que nadie.

​—Yo amo a Erick, y a él no lo amo —replicó Cyril, señalando a Lucas—. ¿Qué tiene de malo que me case con Erick? Él jamás ha sido violento con nadie. No quiero casarme con ese hombre, no lo amo. Al contrario, lo aborrezco.

​El sonido seco de una bofetada resonó en la iglesia. Carlos golpeó la mejilla de Cyril con tal fuerza que su menudo cuerpo habría caído al suelo si Lucas no la hubiera sujetado a tiempo.

​El pecho de Cyril subía y bajaba con agitación, no solo por el dolor ardiente de la agresión, sino porque el plan que tanto le había costado construir se desmoronaba por completo. Sabía que, a partir de ese instante, su mundo jamás volvería a ser el mismo.

​Lucas permaneció impasible a pesar del golpe que había recibido Cyril. Con voz gélida, le advirtió a Carlos:

​—No vuelvas a tocarla con esa brutalidad.

​Carlos miró a su hermana y luego inclinó la cabeza ante Lucas en señal de sumisión, retrocediendo unos pasos para alinearse con los guardaespaldas.

​Lucas desvió la mirada hacia Cyril y guardó su arma. Las mejillas de la joven estaban encendidas por el impacto.

​—Duele, ¿no es así? —preguntó con frialdad.

​—¿Y a ti qué te importa? —Cyril, con el corazón destrozado tanto por el dolor físico como por el alma rota, escupió con desprecio el rostro perfecto de Lucas mientras apretaba los puños.

​El asistente de Lucas dio un paso al frente para intervenir, pero Lucas levantó una mano, deteniéndolo en el acto.

​Con total parsimonia, sacó un pañuelo del bolsillo de su costoso traje y se limpió el rostro.

​—¿Prefieres que te toque él antes que yo?

​—Tú no eres mi prometido. Erick es el hombre con el que me voy a casar. Y si no es con él, no me casaré con nadie, ¡mucho menos contigo! —gritó Cyril con desesperación.

​Al escuchar aquellas palabras, la mandíbula de Lucas se apretó aún más. Cada una de esas frases se clavaba en su orgullo como una cuchilla afilada.

​—Llévenselo —ordenó a sus hombres, refiriéndose a Erick. Sabía que se encontraba en un lugar sagrado; era un hombre implacable, pero tenía el suficiente juicio como para no desatar una masacre dentro de una iglesia.

​Acto seguido, Lucas tomó a Cyril por la muñeca y la arrastró hacia la salida. No le importó en lo absoluto que ella forcejeara e intentara zafarse de su agarre.

​—Cállate y obedece, u observarás cómo la sangre de ese infeliz corre por la acera, y te aseguro que esa imagen te perseguirá cada noche por el resto de tu vida.

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