Capítulo 2 Un hombre sin perdón
—¿Cómo puedes pretender casarte con otro cuando eres mía?
La mirada de Lucas se tornó rígida. Su mandíbula se tensó mientras la contemplaba sin pestañear.
—No pertenezco a nadie. Mi cuerpo es mío. Usted no tiene ningún derecho sobre mí, señor Miller —declaró Cyril, levantando la barbilla para sostenerle la mirada.
Lucas inhaló profundamente, intentando refrenar la furia que le revolvía el pecho. Cyril siempre sabía cómo replicar a sus palabras. De hecho, era la única mujer que se atrevía a desafiar su mirada penetrante sin una pizca de temor. Eso era, precisamente, lo que lo cautivaba.
Cyril desvió la vista hacia la ventanilla del automóvil, contemplando las concurridas calles de Mánchester. —¿Por qué yo? ¿Por qué no otra mujer para ser tu esposa?
Lucas la miró de reojo y soltó un bufido áspero. —Disfruta de lo que tienes enfrente y no protestes. Porque no me va a importar.
—Suelta a Erick —le suplicó Cyril, volviéndose hacia él con voz firme—. Él no tiene la culpa de nada; fui yo quien escapó de ti y le pidió que nos viéramos.
Lucas curvó la comisura de los labios en una mueca amarga. —¿Otra vez defendiéndolo? ¿Frente a mí, Cyril? ¿Acaso no piensas en mis sentimientos?
—¿Acaso tú piensas en los míos? —replicó ella de inmediato.
—¿Con ese amor tuyo por ese mocoso infeliz? ¿Fuiste a buscarlo para casarte con él, cuando falta apenas una semana para nuestra boda? ¿Qué clase de broma es esta, Cyril? —Lucas golpeó con fuerza el respaldo del asiento del conductor. El chofer dio un respingo, y Cyril también se sobresaltó por el impacto.
Le había concedido la libertad para que disfrutara sus últimos días antes del matrimonio, pero Cyril había elegido otro camino: unirse a otro hombre. Aquello colmaba su paciencia. Por fortuna, se había enterado a tiempo de su paradero.
Su mandíbula se apretó tanto que los músculos amenazaban con marcarse bajo la piel. Su mirada era feroz. —No soy un hombre paciente ni compasivo, Cyril. Te di libertad para que salieras con tus amigos. Pero ¿qué fue lo que pasó? Escapaste de tu custodia y fuiste a una iglesia a casarte con otro. ¿De verdad crees que puedo perdonarte eso? —siseó Lucas.
Su mano atrapó con brusquedad el brazo de la joven. —No me digas que ese infeliz ya tomó lo que me pertenece.
El pecho de Lucas subía y bajaba con agitación mientras sus ojos se clavaban en las pupilas castañas de Cyril. Los labios de la joven se entreabrieron levemente. Sin mediar palabra, él los reclamó con un beso voraz y rudo; no había rastro de la ternura propia de dos personas que se amaban.
Cyril permitió que sus labios se convirtieran en el blanco de la ira de aquel hombre. Lucas la besaba con brutalidad, llegando a morderle el labio inferior hasta que un dolor punzante se extendió por sus terminaciones nerviosas.
Las lágrimas brotaron de sus ojos y le empaparon las mejillas. Le dolía el alma, no solo por aquel beso forzado, sino por saberse utilizada como el pago de una deuda, viendo cómo el futuro con el que tanto había soñado se desvanecía por completo.
Lucas se apartó en cuanto sintió la humedad del llanto en sus propios labios. Abrió los ojos y contempló a Cyril, que lloraba con los párados fuertemente cerrados.
—Me perteneces desde el primer instante en que te vi.
Cyril abrió los ojos; su visión era borrosa. —¡Suelta a Erick! —le rogó una vez más, esta vez con el rostro compungido y un hilo de voz.
Lucas aflojó el agarre de sus manos, pero no rompió el contacto visual. —No será tan sencillo.
—Haré lo que tú quieras. —Conteniendo el dolor de sus labios y la humillación en su corazón, Cyril bajó la voz en una súplica sumisa.
Una sonrisa ladina se dibujó en los labios de Lucas. —¿Estás dispuesta a entregarme tu vida con tal de salvar la de él? Me das celos.
—Déjalo ir y me casaré contigo. —Amaba profundamente a Erick, el hombre con quien había salido durante dos años. No quería que él se convirtiera en una víctima colateral de la crueldad de Lucas y Carlos. Prefería sacrificarse ella misma en nombre de ese amor.
Una semana después de aquel incidente, Cyril cumplió su promesa. No hubo familiares presentes en la ceremonia de bendición. Cyril solo contaba con la compañía de Carlos, su único pariente, además de unos pocos allegados de Lucas.
El jardín lateral de uno de los hoteles más lujosos de Mánchester había sido decorado para una boda al aire libre. Todo lucía relajado, aunque la seguridad del lugar no se había descuicado en ningún momento.
La lectura de los votos y el intercambio de alianzas habían concluido. Lucas no soltaba la mano de su pequeña esposa; una sonrisa de genuina satisfacción iluminaba su atractivo rostro. Por supuesto que era feliz: había conseguido su propósito de tener a Cyril a su lado.
Lucas contempló por un instante el anillo en el dedo anular de Cyril. Las comisuras de sus labios se elevaron sutilmente. Todo marchaba conforme a sus planes.
Ahí estaba él, de pie como el flamante esposo de Cyril Ravelle, la joven que ahora vestía un ajuar nupcial confeccionado por un diseñador de renombre. Un vestido blanco de corte sencillo abrazaba la silueta esbelta de Cyril con una elegancia impecable.
—Aún no puedo creer que de verdad hayas decidido dar el gran paso —comentó una mujer, acercándose a la pareja para ofrecerles sus felicitaciones. Esbozó una sonrisa de soslayo al observar a la novia de Lucas.
—Eso significa que por fin encontré a la mujer indicada para ser la madre de mi descendencia —replicó Lucas.
Annette, la mujer que ahora se encontraba frente al matrimonio, sonrió con malicia. —Espero que de verdad sea la mujer idónea para perpetuar el apellido Miller. —Annette recalcó con evidente intención la palabra «mujer» mientras barría a Cyril con la mirada—. Todos sabemos que tu flamante esposa también planeaba casarse con su amante hace apenas una semana.
—Espero que tu elección de esta vez no decepcione a la familia Miller
