Capítulo 6 Capítulo 6.

El cabello de Evelyn se le movió ligeramente por el viento suave, que junto a la media sonrisa le apretó el centro del pecho a Kenneth.

¿Qué era eso que causaba en él al sonreír?

No debía interesarle. Ni siquiera debía querer averiguarlo. Ninguna le interesaba, y con ella debía ser igual.

Su alma ya estaba condenada. No debía tener esos pensamientos tan oscuros con alguien que irradiaba inocencia. Ella debía conservarla.

Ella no era para alguien como él.

Pese a lo monstruoso que podía ser, sabía que a ella debía dejarla intacta.

No le había hecho nada para merecer un castigo tan grande como lo era tener la atención de un asesino.

Así lo llamó aquella noche y tenía razón. Demasiada razón para enfadarse consigo mismo.

La dejó frente a la casa en donde ella se sintió aliviada de estar y él de alguna forma también, porque su cercanía era un peligro para su cordura.

Era ilógico que causara pensamientos para que se detuviera en él, pero lo hacía. Tal vez ese era el motivo por el cuál menos quería hacerlo. Ya que nadie le había causado la fortaleza para hacerlo dudar nadie la había tenido jamás.

—Es probable que necesites comunicarte con alguien— sonó tan estúpido en su cabeza, como al salir de su boca. —Las líneas a larga distancia suelen fallar y requieren un ajuste que puedo proporcionar.

Eso no era una mentira. Al menos no totalmente. Pero ya había dicho suficientes mentiras en su vida, como para que una tan simple le preocupara.

—Me parece una buena idea— accedió Evelyn con una sonrisa ligera. —Te lo agradezco mucho.

Aunque era algo que jamás hacía con nadie Kenneth le ofreció una tarjeta con información que no muchas personas tenían de él, pero con ello obtuvo una sonrisa, y le gustó ver ese gesto que en su rostro parecía iluminar el mundo.

Ya no tenía aquel hábito sobre ella, pero sus prendas ahora no sólo eran sutiles, sino que le resaltaba cada atributo, sin necesidad de que se esmerara en él.

Estaba seguro de que ni siquiera estaba enterada de lo que hacía a muchos voltear a verla una segunda vez cuando pasaban a su lado.

Estaba convencido de que no sabía qué la razón por la cual muchos la veían era por esa belleza natural que poseía. La forma en que se movía, la manera en que sus labios se curvaban en una sonrisa tímida, todo ello lo volvía loco.

Y para su molestia personal, no era el único en quien causaba ese efecto.

Porque incluso el cabello le caía con suavidad, como las olas de un lago tranquilo.

Kenneth imaginaba perderse entre esas hebras, enredar sus dedos en él mientras la besaba sin control de sus deseos. Porque sin hacer nada estaba perdiendo una batalla, que no sabía cómo frenar, ni cómo enfrentarse a ella.

—Las personas como ella no son para nosotros, Kenneth. —dijo Beck en el volante. —Hay vidas que deben dejarse seguir un curso que las hará obtener su propio destino. Uno que no es buena idea dañar.

—¿Crees que no lo sé? —consultó mirando por la ventanilla. Golpeaba sus nudillos en la puerta, distraído y tan centrado a la vez que resultaba molesto verlo de esa manera.

—Si fuera una de esas mujeres que tu padre suele ofrecerte, te diría que está bien que tomes lo que quieras y luego la dejes, pero ni siquiera con ellas has querido algo fugaz —mencionó haciéndolo considerar eso. —Ella es tan…buena, creo que es la palabra —pareció dudar—, que no merece estar en un mundo tan turbio como este. Ni siquiera sé que pensaba el creador cuando la envió.

Su jefe odiaba cuando él tomaba el papel de un irónico filósofo. Sobre todo cuando, en su turbio mensaje, también decía cosas lógicas.

Kenneth consideraba a Evelyn de esa manera. Aunque fuera estúpido que pensara de esa forma, lo hacía. Con ella todo lo que alguna vez se dijo que no pasaría por su cabeza, ahora se repetía en un patrón asqueroso e insoportable. Porque no lo dejaba en paz.

—Te dije que te quedaras en Estocolmo. —cambió de tema harto de que su propia mente no lo dejara en paz.

—Lo hubiese hecho si tu viaje fuera en realidad a Alemania o algún destino de negocios, no aquí —redujo la velocidad cuando llegaron al hotel en donde se había instalado. —Esas mujeres son para todo sin nada, Kenneth —al parecer no lo iba a dejar en paz—. Les das toda tu vida sin cometer errores.

—Y nosotros no tenemos vida —concluyó su jefe abriendo la puerta para descender del vehículo, en donde las atenciones no faltaron de parte de todos los empleados que lo veían.

Recibieron su saco, las llaves del auto y cada una de sus pertenencias sin rechistar. Lo siguieron a su paso sin decir una sola palabra.

El mundo siempre se movería por dinero y él lo sabía. Lo supo desde muy pequeño cuando su padre, de tener mucho pasó a no tener nada y esos “amigos” no estuvieron ahí para ayudar. Se esfumaron tan rápido como llegaron a su vida.

Él y su hermana tuvieron que vivir en carencias al no tener como despegar del suelo y cuando encontró la forma, no fue lícita.

Con dieciséis años tenía que moverse entre criminales para brindar paz económicamente a su padre viudo y a su hermana. Una carga que no sintió como tal jamás, pero que consumió lo que fue en su niñez, para convertirlo en lo que era ahora.

Alguien que debía pensar en lo económico siempre, no en como joder la vida de inocentes. Principalmente si ese “inocente” se trataba de una sola persona; ella.

No había considerado nunca tomar algo cuando lo quería. Por muy valioso que fuera, si le gustaba, era suyo, sin importar las repercusiones. Pero esta vez, ese “valioso objeto” se trataba de la amiga de Kiara Blackwood, la esposa de su mejor amigo. Un amigo que le advirtió lo que debía evitar para no alterar la vida de su mujer.

Podía romper muchas cosas, pero no esa amistad.

La presencia de Evelyn era un castigo, se repitió la frase que solía oír algunas veces.

Su mente dejó de pensar en ello y se concentró en finiquitar las compraventas de las obras de arte que ya tenían dueño para la media noche, y él era más rico. Sin tener que hablar más de lo necesario.

Con solo cinco piezas vendidas tenía más de cien millones que ya contaban en una nueva cuenta de banco en progreso.

El hombre que le colaboraba a que ese dinero fuese irrastreable le ayudaba para pasar desapercibido ante agencias que investigaban a todo el mundo. Era tan poderoso que nadie tenía la forma de desenredar su juego.

Recibió un mensaje de un comprador que pedía una pieza específica y estaba dispuesto a pagar más de 20 millones, por lo que se dijo que lo pensaría. Ahora no tenía cabeza para eso, sin embargo, era mejor que sí lo hiciera.

Entrar a un sitio tan seguro era muy riesgoso y primero debía asistir a una de las exclusivas exhibiciones para saber si podía lograrlo sin tantos problemas. Aunque el cliente insistía una y otra vez en una respuesta que él no tenía todavía. Pero al parecer no comprendía esa situación.

—Dije que iba a pensarlo, con un demonio. —refunfuñando tomó el móvil para contestar el nuevo mensaje, aunque le sorprendió ver que no era el número que creyó, sino uno desconocido. No obstante, con sus palabras supo de quién se trataba.

Pero no contestó el mensaje, sino que realizó la llamada a la vez que se reclinó en la silla frente a la mesa.

—Eres inevitable, Älskling. —suspiró.

—¿Interrumpo algo importante? Te escuchas algo alterado.

—Estaba trabajando. —giró la silla hacia la ventana. —¿No puedes dormir?

—Hay algo que no me deja hacerlo. —ella se abrazó a su almohada. —Necesito decirlo porque creo que es lo que más tortura en mis sueños.

—Debe ser importante. —sonrió él, deseando conocer hasta el último detalle. Todo de ella era importante. —¿Qué es eso que se cuela en tus sueños?

—Tú. —confesó ella con temor. —Eres tú, Kenneth.

Él dejó de respirar ante esa declaración, porque en nada ayudaba a lo que quería hacer.

—Estás ahí. De pie frente a mí cuando todos me rodean, pero tú me pides permiso para acercarte y siento que…—no podía ser cierto que lo estuviera diciendo—. Es tonto, lo sé, pero quería decirlo y eres el único a quien se lo puedo confesar. O el único que quiero que lo sepa.

Kenneth cambió su teléfono de oreja y se puso de pie.

—Hazme un favor esta noche si me ves ahí. —ella estuvo atenta a sus palabras.

—¿Qué cosa? —preguntó con el rubor aún en sus mejillas.

—Déjame acercarme —casi era un ruego—. Permite que al menos ahí pueda tenerte. —susurró con ese peso en sus hombros que lo agobiaba con verdadera decisión en destruirlo.

Le gustaba que soñara con él. Le arregló la noche saberlo. Pero deseaba poder hacerlo también porque desde hacía mucho tiempo, había dejado de soñar y comenzó a tomar lo que quería. Deseando con todas sus fuerzas olvidar los muros que él mismo se ponía para ir por ella.

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