Capítulo 1 Capítulo 01: El precio de un apellido
El frío de la oficina de mi padre no se debía al aire acondicionado, sino a la mirada del hombre sentado frente a nosotros. Era un frío que calaba los huesos, una gélida corriente que parecía emanar directamente de los ojos de Killian Blackwood. Él no estaba allí para negociar; estaba allí para ejecutar una sentencia. La oficina, que alguna vez fue el epicentro del poder de los Valerius, ahora se sentía como una tumba alfombrada con roble y terciopelo gastado.
Mi padre, Marcus Valerius, tenía las manos entrelazadas sobre el escritorio. Le temblaban. Era la primera vez en mis veintidós años que lo veía así: pequeño, encogido, como si su apellido hubiera perdido el peso que alguna vez sostuvo el mundo. Frente a él, Killian era una montaña de arrogancia y sastrería a medida. Su traje negro no tenía una sola arruga, y su postura era la de un rey que observa un reino que ya ha conquistado, pero que aún disfruta viendo arder.
—Marcus —dijo Killian, y su voz era un barítono profundo, suave como el veneno—. Los números no mienten. Tu imperio es un cadáver, y yo soy el único que tiene la pala para enterrarlo o los medios para resucitarlo.
—Killian, por favor... —la voz de mi padre se quebró—. Hemos sido socios durante décadas. Mi familia te ayudó cuando los Blackwood apenas eran un nombre en la bolsa.
Killian se inclinó hacia adelante. El movimiento fue lento, deliberado. El olor de su colonia, una mezcla de sándalo y algo metálico como la sangre, inundó mis fosas nasales. Yo estaba de pie a un lado de la silla de mi padre, tratando de mantener la columna recta, intentando ser la "joya" que siempre me dijeron que era. Pero en ese momento, me sentía como un objeto en una subasta.
—No te equivoques, Marcus —siseó Killian, ignorando la súplica—. Tu familia no ayudó a la mía. Tu familia pisoteó la mía cuando estábamos vulnerables. Mi padre murió tratando de limpiar el desastre que tú provocaste hace veinte años. No estamos aquí por amistad. Estamos aquí porque he comprado cada una de tus deudas. Cada ladrillo de esta oficina, cada acción de tu empresa y, según entiendo, incluso el techo sobre la cabeza de tu hija, me pertenecen.
El silencio que siguió fue asfixiante. Podía oír el tic-tac del reloj de pared, un sonido rítmico que marcaba el fin de mi vida tal como la conocía. Miré a mi padre, esperando que dijera algo, que saltara en mi defensa, que sacara una última carta de la manga. Pero él solo bajó la cabeza.
—¿Qué quieres? —preguntó mi padre en un susurro.
Killian finalmente desplazó su mirada hacia mí. Fue como si un foco de calor me quemara la piel. Sus ojos eran oscuros, casi negros, desprovistos de cualquier rastro de empatía. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mi rostro con una intensidad que me hizo querer cubrirme, a pesar de que llevaba un vestido de seda cerrado hasta el cuello.
—Elena —dijo mi nombre como si fuera un pecado—. Dicen que es la mujer más hermosa de la ciudad. La educación más refinada, el linaje más puro. Un desperdicio total si termina en la calle junto contigo, ¿no crees?
—No la metas en esto —dijo mi padre, aunque su tono carecía de convicción.
—Ella es esto, Marcus. Elena es lo único que tienes que todavía tiene un valor real para mí.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Quise gritar, quise salir corriendo de esa oficina y perderme en las calles lluviosas de la ciudad, pero mis piernas no respondían. El miedo me había congelado en el sitio. Recordé a Julian, el hermano de Killian. Recordé nuestras breves miradas en las galas, las notas secretas que nos enviamos hace años, el calor de su mano rozando la mía en un balcón a oscuras. Julian era luz; Killian era el vacío absoluto. ¿Cómo podían ser de la misma sangre?
—¿Me estás pidiendo que te la entregue? —la voz de mi padre era apenas un gemido.
—No te lo estoy pidiendo, te lo estoy ofreciendo —corrigió Killian, recostándose en su silla con una calma aterradora—. Te daré un año de prórroga. Detendré los embargos. Inyectaré capital en Valerius Corp. salvaré tu nombre del fango mediático. A cambio, quiero una garantía. Una garantía de que no intentarás huir ni jugar sucio de nuevo.
—¿Y esa garantía soy yo? —mi voz salió más firme de lo que esperaba, cargada de un desprecio que solo el miedo más profundo puede generar.
Killian sonrió. No fue una sonrisa amable; fue una mueca de triunfo que no llegó a sus ojos.
—Eres una garantía personal, Elena. Vivirás en mi casa. Estarás bajo mi supervisión. Serás la prueba viviente de que los Valerius ahora me sirven a mí.
—¡Es una locura! —exclamé, dando un paso adelante—. No puedes comprar a una persona. Estamos en el siglo veintiuno, no en la Edad Media.
—En mi mundo, Elena, todo se compra —respondió él sin inmutarse—. Y tu padre me vendió hace mucho tiempo, cuando decidió jugar con el dinero que no tenía. Ahora, simplemente estoy cobrando la factura.
Miré a mi padre. Estaba llorando. El gran Marcus Valerius, el hombre que me había criado para ser una reina, estaba hundido en su silla de cuero, derrotado. Sabía que no tenía otra opción. Si Killian no lo ayudaba, mi padre terminaría en prisión y nuestra familia sería borrada de la historia.
—Papá, no... —susurré, poniendo una mano sobre su hombro.
Él no me miró. En lugar de eso, levantó la vista hacia Killian.
—Si ella va contigo... ¿prometes que la empresa estará a salvo?
—Mi palabra es mucho más sólida que la tuya, Marcus.
Killian se puso de pie. Era mucho más alto de lo que parecía sentado. Su presencia física era abrumadora, una fuerza de la naturaleza contenida en un traje de tres piezas. Caminó alrededor del escritorio hasta quedar frente a mí. Pude oler el tabaco caro impregnado en su ropa. Levantó una mano y, con un dedo, siguió la línea de mi mandíbula. Su tacto era frío, pero mi piel ardió bajo su contacto.
—Tienes el fuego de tu madre —comentó con voz baja, solo para mí—. Pero voy a enseñarte a controlarlo. A partir de hoy, tu voluntad me pertenece.
Quise escupirle. Quise decirle que preferiría morir antes que poner un pie en su casa. Pero entonces recordé a mi madre enferma en el hospital, los empleados que dependían de nosotros, el legado que me habían enseñado a proteger desde la cuna.
Killian volvió a mirar a mi padre, extendiendo un documento que había sacado de su portafolio. Era el contrato de mi condena.
—Firma aquí, Marcus. Y el mundo volverá a creer que eres un hombre de éxito.
Mi padre tomó la pluma con dedos temblorosos. El sonido del plumín raspando el papel fue como el de una guillotina cayendo. Cuando terminó, dejó caer la pluma y se cubrió el rostro con las manos.
Killian tomó el documento con una satisfacción casi lasciva. Lo guardó y luego me miró con esos ojos depredadores que parecían ver a través de mis ropas, a través de mis secretos, directo a mi alma aterrada.
—Acepto el trato —dijo Killian con una sonrisa cruel—, pero quiero a Elena como garantía personal en mi casa a partir de esta noche.
