Capítulo 2 Capítulo 02: La jaula de cristal
—Acepto el trato —dijo Killian con una sonrisa cruel—, pero quiero a Elena como garantía personal en mi casa a partir de esta noche.
Esas palabras quedaron suspendidas en el aire de la oficina, pesadas como el plomo. Mi padre ni siquiera levantó la vista mientras Killian me tomaba del brazo. Su agarre no era doloroso, pero era absoluto. Era el agarre de un dueño sobre su nueva propiedad. No me dio tiempo de despedirme, no me permitió recoger mis cosas. Me condujo hacia la salida con una urgencia que me hacía sentir que el tiempo se había acelerado de forma violenta.
Bajamos en el ascensor privado en un silencio sepulcral. Yo miraba mi reflejo en las puertas de acero pulido: una mujer con el rostro pálido, los ojos demasiado abiertos y el espíritu quebrándose en mil pedazos. Killian, a mi lado, revisaba unos mensajes en su teléfono, como si acabara de cerrar un negocio trivial de bienes raíces en lugar de haber alterado el curso de mi vida para siempre.
Al llegar al lobby, un Mercedes negro nos esperaba. El chofer abrió la puerta trasera y Killian me indicó que entrara con un gesto impaciente. Al sentarme en el cuero impecable del coche, sentí que la claustrofobia me asfixiaba. Killian se sentó a mi lado, dejando una distancia mínima pero cargada de una tensión eléctrica.
—¿Por qué haces esto? —pregunté, con la voz temblando mientras el coche se alejaba de la sede de los Valerius—. Si quieres dinero, ya tienes las empresas. Si quieres venganza, ya humillaste a mi padre. ¿Qué ganas teniéndome encerrada?
Killian no apartó la vista de la ventana mientras cruzábamos la ciudad bajo la lluvia. Las luces de los rascacielos se reflejaban en el cristal, distorsionando su rostro.
—No te quiero encerrada, Elena. Te quiero disponible. Quiero que cada vez que mires a tu alrededor, recuerdes quién te salvó y a quién le debes tu vida. La humillación de tu padre es un postre, pero tú... tú eres el plato principal. Eres el recordatorio de que los Valerius ahora se arrodillan ante los Blackwood.
—Nunca me arrodillaré ante ti —le solté, apretando los dientes.
Él soltó una risa seca, un sonido sin alegría que me puso los pelos de punta.
—Eso es lo que todos dicen al principio. El orgullo es lo último que muere, pero muere siempre. Créeme.
El viaje continuó por los sectores más exclusivos de la ciudad, ascendiendo por las colinas donde las mansiones se ocultaban tras muros de piedra y cámaras de seguridad. Yo pensaba en Julian. Me preguntaba si él sabía lo que su hermano estaba haciendo. Julian siempre había sido el alma sensible, el hombre que hablaba de arte y de libertad. Saber que iba a vivir bajo el mismo techo que Killian era una tortura, pero saber que Julian también podría estar allí me daba una chispa de esperanza que me daba miedo alimentar.
Finalmente, llegamos a una enorme estructura de cristal y acero negro que dominaba el acantilado. Era la mansión Blackwood, una obra maestra de la arquitectura moderna que se sentía tan fría y desalmada como su dueño. Grandes ventanales daban al vacío, y la iluminación era tenue, casi minimalista.
El coche se detuvo y las puertas se abrieron. El aire de la noche era gélido y húmedo. Killian bajó y, por un segundo, esperó a que yo lo hiciera por mi cuenta. Me bajé con las piernas temblorosas, mirando la imponente entrada. Dos guardias de seguridad asintieron al paso de Killian.
—Bienvenida a tu nueva realidad, Elena —dijo él, caminando delante de mí.
Entramos en un vestíbulo de techos altísimos. El suelo era de mármol negro pulido hasta parecer agua. Todo en ese lugar gritaba poder, pero también soledad. No había fotos familiares, ni alfombras cálidas, ni el aroma a hogar que solía tener mi casa. Era una galería de trofeos.
—Una empleada te llevará a tu habitación —continuó Killian, quitándose el saco y lanzándolo sobre un sofá de diseño—. Mañana se te entregará un conjunto de reglas. No saldrás de la propiedad sin mi permiso. No harás llamadas privadas. Y, por supuesto, ni se te ocurra contactar a Julian.
Mi corazón dio un vuelco al oír su nombre.
—¿Así que él está aquí? —pregunté, tratando de sonar indiferente.
Killian se detuvo y se giró lentamente. Sus ojos se entrecerraron, detectando la debilidad en mi voz.
—Julian no es asunto tuyo. Él tiene su propia vida, una que no incluye las cenizas de tu familia. Mantente alejada de él, Elena. Si descubro que estás usando a mi hermano para tus juegos de manipulación, la tregua con tu padre terminará en ese mismo instante.
—Yo no manipulo a nadie —dije, sintiendo que las lágrimas finalmente querían brotar—. Solo quiero que esto sea una pesadilla de la que pueda despertar.
—Pues acostúmbrate a dormir, porque esta es la única vida que te queda.
Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme gris impecable, apareció desde las sombras de un pasillo. Su rostro era inexpresivo, una máscara de profesionalismo que me dio más escalofríos que la ira de Killian.
—Acompañe a la señorita Valerius a la suite del ala oeste —ordenó Killian—. Y asegúrese de que la puerta de servicio esté cerrada.
La mujer asintió y me hizo un gesto para que la siguiera. Caminé por pasillos que parecían laberintos de cristal. Podía ver el jardín iluminado por focos exteriores, un paisaje perfecto y estéril. Cada paso que daba me alejaba más de la Elena que era hacía apenas unas horas. Ya no era la heredera, ya no era la mujer con un futuro brillante. Era una prisionera de lujo en una jaula de cristal.
Llegamos a una habitación inmensa. Una cama king size presidía el espacio, vestida con sábanas de seda gris. Había un balcón privado con vistas al océano, pero las cerraduras eran electrónicas y pesadas.
—Si necesita algo, presione el botón de servicio —dijo la empleada antes de retirarse.
Me quedé sola en medio de la opulencia. Me acerqué al ventanal y apoyé la frente contra el cristal frío. A lo lejos, las luces de la ciudad brillaban, recordándome un mundo que seguía girando mientras el mío se había detenido en seco. Sentí una soledad tan vasta que me costaba respirar. Mi apellido, ese que tanto me habían enseñado a honrar, ahora era la cadena que me ataba a este monstruo.
Me senté en el borde de la cama, enterrando las manos en el acolchado. De repente, escuché un ruido suave, un roce en el pasillo exterior. Mi corazón se aceleró. ¿Sería Killian? ¿Vendría a reclamar algo más que mi presencia en su casa? El miedo se transformó en una rabia sorda. Si él creía que me rompería fácilmente, estaba muy equivocado.
Me puse de pie y caminé hacia la puerta, pero antes de llegar, recordé las palabras de Killian. "Tu voluntad me pertenece". Esa frase resonaba en mi cabeza como un eco infinito. Miré hacia el gran espejo de la pared y apenas reconocí a la mujer que me devolvía la mirada. Tenía el fuego de mi madre, sí, pero también tenía la desesperación de los que lo han perdido todo.
Cerré los ojos, tratando de invocar el recuerdo del rostro de Julian, de su voz susurrándome que algún día saldríamos de aquí. Pero la imagen de Killian, con su sonrisa cruel y su poder absoluto, se interponía siempre, borrándolo todo.
Crucé el umbral de la mansión Blackwood sabiendo que, una vez que esa puerta se cerrara, mi libertad dejaría de existir.
