Capítulo 3 Capítulo 03: Dueño y señor

Crucé el umbral de la mansión Blackwood sabiendo que, una vez que esa puerta se cerrara, mi libertad dejaría de existir. El sonido metálico del cierre electrónico resonó en el gran vestíbulo como el disparo que inicia una ejecución. No era solo el fin de mi autonomía; era el entierro de Elena Valerius, la mujer que creía que su nombre la protegería de cualquier tormenta.

Killian se adelantó sin mirar atrás, sus pasos rítmicos y pesados sobre el mármol negro. Me quedé allí, de pie, sintiendo cómo el frío del suelo subía por mis piernas a pesar de las costosas zapatillas que llevaba. La mansión era un monumento al ego de su dueño: techos tan altos que las sombras parecían cobrar vida propia en las esquinas, obras de arte moderno que parecían gritar de agonía y una iluminación tan calculada que nada quedaba al azar.

—¿Vas a quedarte ahí admirando el mausoleo o vas a subir a tu celda, Elena? —La voz de Killian me llegó desde la escalera de caracol, cargada de una ironía que me hizo arder la sangre.

—Esto no es un hogar, Killian. Es un escaparate —respondí, obligando a mis pies a moverse. Mi voz sonó pequeña en aquel espacio inmenso, pero cargada de un veneno que intentaba ocultar mi miedo.

Él se detuvo a mitad de la escalera y se giró. La luz de una lámpara de araña minimalista caía sobre él, resaltando los ángulos afilados de su rostro. Parecía un ángel caído, hermoso y letal, alguien que había visto lo peor del mundo y había decidido superarlo en crueldad.

—Nunca dije que fuera un hogar —replicó él con una calma gélida—. Un hogar requiere calidez, y aquí no hay nada de eso. Es un centro de operaciones. Y a partir de hoy, tú eres una de mis operaciones más delicadas.

Me alcanzó en tres pasos largos cuando llegué al rellano. Sentí el impulso instintivo de retroceder, pero me obligué a mantener la posición. No iba a darle el gusto de verme temblar. El olor de su colonia me envolvió de nuevo; era un aroma que asociaba con el peligro, con el poder absoluto que mi padre nunca pudo alcanzar.

—No soy una operación. Soy una mujer —le corregí, mirándolo directamente a los ojos.

Él soltó una carcajada corta y seca, desprovista de cualquier rastro de humor.

—Eres una garantía, Elena. No te confundas. Las mujeres en mi mundo son variables que se pueden controlar o descartar. Tú estás aquí para asegurar que Marcus cumpla su parte. Si él falla, tú pagas. Es una matemática simple.

Me tomó del brazo de nuevo, guiándome hacia el ala oeste. Sus dedos se cerraron sobre mi piel con una firmeza que prometía marcas si intentaba zafarme. Llegamos a la suite que me habían asignado. Al abrir la puerta, me encontré con una habitación que cualquier otra mujer habría considerado un sueño: una cama inmensa, vestidores de madera noble, un baño de mármol blanco y ventanales que ofrecían una vista panorámica del acantilado y el mar embravecido. Pero para mí, cada objeto de lujo era un eslabón de la cadena.

Killian entró conmigo, cerrando la puerta tras de sí. El espacio, antes inmenso, se sintió de repente diminuto bajo su presencia. Se quitó el reloj de pulsera y lo dejó sobre la cómoda con un golpe seco que me hizo dar un respingo.

—Quiero que entiendas algo —dijo, caminando lentamente hacia mí—. No me importa lo que pienses de mí. No me importa cuánto me odies. En realidad, prefiero tu odio; es mucho más honesto que la adulación falsa a la que estás acostumbrada. Pero lo que no voy a tolerar es la desobediencia.

—¿Desobediencia? —repetí con una mueca—. ¿Crees que soy un perro de caza al que puedes entrenar?

—Creo que eres una Valerius —escupió él, y por primera vez vi una chispa de ira genuina en sus ojos oscuros—. Y los Valerius tienen la costumbre de creer que las leyes no se aplican a ellos. Aquí, la única ley soy yo. Desayunarás cuando yo diga, vestirás lo que yo ordene para los eventos y, sobre todo, no hablarás con nadie fuera de esta casa sin mi supervisión.

Sentí una punzada de pánico en el pecho.

—¿Ni siquiera con mis amigas? ¿Con mi madre? Ella está enferma, Killian...

—Tu madre recibirá el mejor tratamiento que mi dinero pueda comprar —me cortó, acortando la distancia entre nosotros hasta que sentí el calor que emanaba de su cuerpo—. Pero cualquier comunicación pasará por mí. No quiero que uses tu victimismo para intentar sabotear mis acuerdos.

Me sentí tan impotente que las lágrimas picaron en mis ojos, pero las obligué a retroceder. No lloraría frente a él. Nunca. Recordé a mi padre, encogido en su oficina, y sentí una rabia ardiente. Él me había entregado a este lobo para salvar su pellejo.

—Mi padre te ayudó... —comencé a decir, pero Killian me interrumpió agarrándome de los hombros. Su fuerza era contenida, pero abrumadora.

—¡Tu padre destruyó a mi familia! —rugió, y su voz hizo vibrar el aire de la habitación—. No hables de lo que no sabes, Elena. Los Valerius construyeron su imperio sobre los huesos de los Blackwood. Lo que estoy haciendo ahora no es crueldad; es justicia. Estoy recuperando lo que nos quitaron, con intereses. Y tú eres el interés más dulce de todos.

Sus manos bajaron lentamente desde mis hombros hasta mis brazos, y sentí un escalofrío que no era de frío. Su mirada se detuvo en mis labios, y por un segundo eterno, el tiempo se detuvo. Había una tensión entre nosotros que iba más allá del odio. Era una atracción oscura, prohibida, algo que nacía del dominio y la sumisión. Odiaba sentirlo, odiaba que mi cuerpo reaccionara a su cercanía a pesar de que mi mente lo despreciaba.

Él pareció notar mi reacción y una sonrisa triunfal, casi depredadora, curvó sus labios. Se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal hasta que su rostro estuvo a milímetros del mío. Pude ver las pequeñas motas de ámbar en sus ojos oscuros, la intensidad de un hombre que no se detendría ante nada para obtener lo que deseaba.

Killian se acercó tanto que pude sentir su aliento en mi oreja mientras susurraba:

—Aquí no eres una Valerius, eres mi juguete.

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