Capítulo 4 Capítulo 04: Sombras del pasado
Killian se acercó tanto que pude sentir su aliento en mi oreja mientras susurraba: —Aquí no eres una Valerius, eres mi juguete.
Sus palabras se clavaron en mi mente como agujas de hielo. Antes de que pudiera responder, antes de que pudiera abofetearlo o gritarle que se fuera al infierno, se apartó con una elegancia insultante. Me lanzó una última mirada cargada de posesión y salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic electrónico que anunció mi encierro oficial.
Me dejé caer sobre la cama, sintiendo que la seda de las sábanas me quemaba la piel. Mis manos temblaban de forma incontrolable. "Su juguete". El término resonaba una y otra vez, despojándome de toda humanidad. Durante toda mi vida me habían preparado para ser la esposa de un gran apellido, para moverme en los círculos del poder con la gracia de un cisne, pero nunca nadie me advirtió que el poder podía ser tan bruto, tan carnal y tan destructivo.
Pasaron las horas. La luna se alzó sobre el océano, tiñendo la habitación de un azul plateado y fantasmal. No podía dormir. Cada sombra en la pared parecía la silueta de Killian acechando. El silencio de la mansión era absoluto, roto solo por el rugido lejano de las olas contra el acantilado. Era un silencio que pesaba, que te obligaba a enfrentarte a tus propios pensamientos, y los míos eran una tormenta de arrepentimiento y miedo.
¿Cómo habíamos llegado a esto? Recordé las galas benéficas de hace cinco años. La familia Blackwood era entonces un nombre que se pronunciaba en susurros, una dinastía que se creía acabada tras el escándalo financiero que casi los lleva a la ruina. Mi padre siempre se jactaba de haber sido "astuto" en sus negocios con ellos. Ahora comprendía que esa astucia no era más que traición. Killian no estaba loco; simplemente era un hombre con una memoria prodigiosa y un corazón endurecido por la pérdida.
Necesitaba moverme. La habitación se sentía como un ataúd de terciopelo. Me levanté y caminé hacia la puerta, sin esperanza de que estuviera abierta. Para mi sorpresa, al tocar el panel táctil, la puerta se deslizó silenciosamente. Killian me tenía bajo vigilancia, pero quizás no pensaba que me atrevería a salir a explorar a estas horas.
Salí al pasillo en penumbra. Mis pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra de lana virgen. La mansión Blackwood en la noche era un lugar diferente. Las luces de emergencia proyectaban sombras alargadas y los ventanales devolvían mi reflejo como si fuera un fantasma vagando por un castillo encantado. Bajé las escaleras, evitando el área principal donde los guardias podrían estar apostados.
Me encontré caminando hacia la biblioteca, una sala inmensa que olía a papel viejo y cera de abeja. Era el único lugar que parecía tener algo de alma en esa casa de cristal. Mientras recorría las estanterías de madera oscura, mis dedos rozaron los lomos de libros en cuero. De repente, una pequeña foto enmarcada en una mesa auxiliar llamó mi atención.
Era una fotografía vieja, un poco desgastada en los bordes. En ella aparecían dos niños frente a un lago. El mayor, claramente Killian, ya tenía esa mirada intensa y protectora, con su brazo alrededor del hombro del más pequeño. El otro niño tenía una sonrisa radiante, unos ojos claros llenos de vida y una expresión que irradiaba una bondad que Killian nunca poseyó.
Julian.
Sentí un vuelco en el corazón. Julian era el reverso de la moneda. Lo conocí en un verano en la costa, cuando ambos éramos adolescentes. Fue un amor de juventud, puro y escondido de las rivalidades familiares. Nos encontrábamos en el muelle viejo, compartiendo secretos y sueños de escapar de los apellidos que nos definían. Él me prometió que el mundo era mucho más grande que las oficinas de su padre y las mías. Pero cuando estalló el conflicto entre nuestras familias, Julian fue enviado al extranjero y Killian asumió el mando, transformándose en el monstruo que ahora me tenía cautiva.
¿Seguiría siendo Julian aquel chico de los ojos llenos de luz? ¿Sabría que su hermano me había comprado como si fuera una antigüedad de los Valerius?
Escuché un ruido en el pasillo. Un crujido apenas perceptible. El pánico me invadió. Si Killian me encontraba fuera de mi habitación a estas horas, después de lo que me había dicho, las consecuencias serían terribles. Traté de recordar el camino de vuelta, pero la oscuridad y los nervios me jugaron una mala pasada. Me interné más en la biblioteca, buscando otra salida.
El corazón me latía con tanta fuerza que pensaba que se saldría de mi pecho. Llegué a una puerta lateral que daba a un jardín interior acristalado, un solárium lleno de plantas exóticas que parecían garras en la penumbra. Me detuve a recuperar el aliento, apoyada contra una columna de mármol. El frío de la piedra me ayudó a centrarme.
—No deberías andar por aquí sola de noche —dijo una voz desde las sombras.
Me quedé helada. No era la voz de Killian. Era una voz más suave, más melódica, pero cargada de una melancolía que me resultó dolorosamente familiar.
—¿Quién está ahí? —pregunté, tratando de que mi voz no temblara.
La figura emergió de la oscuridad, iluminada por la luz de la luna que se filtraba por el techo de cristal. Tenía el mismo porte que Killian, la misma mandíbula fuerte, pero sus rasgos eran más finos, menos agresivos. Sus ojos, antes llenos de alegría, ahora tenían una profundidad triste, como si hubieran visto demasiada oscuridad.
Al girarme para escapar de su presencia, choqué directamente contra el pecho de alguien que no esperaba ver: Julian.
Me quedé sin aire, con las manos apoyadas en su camisa, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Él me sostuvo por los hombros para evitar que cayera, y por un segundo, el mundo entero dejó de existir. El tiempo se curvó hacia atrás, devolviéndome a aquel muelle viejo, a las promesas rotas y a la única vez en mi vida que me sentí verdaderamente libre.
—Elena... —susurró mi nombre con una mezcla de asombro y dolor, sus dedos apretándose suavemente sobre mis brazos.
Estaba atrapada entre el hermano que me poseía y el hermano que todavía poseía mi corazón. Y en ese momento, supe que la tragedia apenas estaba comenzando.
