Capítulo 5 Capítulo 05: El hermano prohibido

Al girarme para escapar de su presencia, choqué directamente contra el pecho de alguien que no esperaba ver: Julian.

El impacto fue físico, pero la sacudida fue puramente emocional. Mis manos, que buscaban instintivamente un apoyo para no caer, se hundieron en la suavidad de un jersey de lana que olía a algo que yo había olvidado en los últimos tres años: libertad. El calor que emanaba de su cuerpo no era el calor abrasador y amenazante de Killian; era una calidez que me recordaba a las tardes de agosto en el muelle, a la sal del mar y a las promesas que se susurran cuando crees que el mundo te pertenece.

—¿Elena? —Su voz fue apenas un aliento, una mezcla de incredulidad y un dolor tan agudo que me partió el alma.

Levanté la vista. La luz de la luna, filtrada por la cúpula de cristal de la biblioteca, bañaba su rostro, revelando cada detalle que yo había intentado borrar de mi memoria para sobrevivir. Julian seguía teniendo esa belleza suave, casi melancólica, que lo diferenciaba de la agresividad cortante de su hermano mayor. Pero sus ojos... sus ojos ya no eran los espejos claros que yo recordaba. Había ojeras marcadas bajo ellos y una sombra de cansancio que hablaba de años de vivir bajo la bota de hierro de Killian.

—Julian... —mi voz se quebró, y antes de que pudiera evitarlo, las lágrimas que le había negado a Killian empezaron a desbordarse.

Él no lo dudó. Me rodeó con sus brazos, estrechándome contra él con una desesperación que me dejó sin aliento. No fue un abrazo posesivo, fue el abrazo de un náufrago que encuentra un resto de su antiguo mundo en medio de la tempestad. Apoyé mi rostro en su pecho y lloré. Lloré por mi padre, por la traición, por la mansión que ahora era mi cárcel y por el hecho de que el único hombre al que alguna vez amé era el hermano de mi captor.

—Lo siento tanto, Elena... lo siento tanto —susurraba él, hundiendo su rostro en mi cabello—. Intenté detenerlo. Cuando me enteré de lo que Killian estaba planeando, de las deudas de tu padre, intenté intervenir, pero él... él me ha quitado todo poder en la empresa. Soy un adorno en esta casa, igual que tú.

Me aparté un poco para mirarlo, buscando la verdad en sus facciones.

—¿Sabías que me traería aquí? ¿Sabías que me compró?

Julian bajó la mirada, y un tinte de vergüenza tiñó sus mejillas.

—Sabía que quería destruir a los Valerius. Killian ha vivido para eso desde que nuestro padre murió. Pero nunca pensé que llegaría a este extremo de... de crueldad. Elena, esta casa es un nido de víboras. Él no te quiere por quien eres, te quiere para demostrar que ha ganado.

—Lo sé —dije, limpiándome las lágrimas con rabia—. Me lo dijo. Dijo que soy su "garantía". Me trata como si fuera un objeto de colección que ha recuperado después de una subasta difícil.

Julian tomó mis manos entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, pero su contacto me devolvía la humanidad que Killian me arrebataba cada vez que me miraba.

—Tenemos que sacarte de aquí —dijo con urgencia—. Pero no ahora. Killian tiene ojos en todas partes. Los guardias, las cámaras... él controla cada respiración que se da en este terreno. Si intentamos algo y fallamos, las consecuencias para ti y para tu padre serán catastróficas. Él no tiene piedad, Elena. La perdió toda el día que nos quedamos en la calle.

—¿Por qué me odia tanto? —pregunté, sintiendo un escalofrío—. Yo no tuve la culpa de lo que mi padre hizo.

—No te odia a ti —Julian acarició mi mejilla con el dorso de la mano, un gesto tan tierno que me hizo cerrar los ojos—. Odia lo que representas. La pureza de la familia que lo hundió. Y, aunque le duela admitirlo, odia que tú fueras lo único que yo amaba. Killian siempre ha querido lo que yo tengo, aunque solo sea para destruirlo y demostrarme que él es el fuerte.

El silencio de la biblioteca se volvió de repente opresivo. Cada crujido de la madera parecía el aviso de que el monstruo estaba cerca. Me di cuenta de lo peligroso que era lo que estábamos haciendo. Estar solos, en la oscuridad, en el dominio privado de Killian.

—Vete, Julian —susurré, aunque lo último que quería era que me soltara—. Si nos encuentra aquí juntos...

Él asintió, su rostro endureciéndose por el miedo y la determinación. Me soltó lentamente, como si le costara desprenderse de la realidad que habíamos recuperado por unos minutos. Se alejó un paso, pero se detuvo al ver que yo retrocedía hacia las sombras.

—No deberías estar aquí, Elena —me advirtió Julian con los ojos llenos de una ternura que me quemaba—. Mi hermano te destruirá si nos ve juntos.

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