Capítulo 6 Capítulo 06: Cena con el enemigo

—No deberías estar aquí, Elena —me advirtió Julian con los ojos llenos de una ternura que me quemaba—. Mi hermano te destruirá si nos ve juntos.

Sus palabras quedaron flotando en el aire mientras él desaparecía entre los estantes de libros, moviéndose como una sombra que teme ser descubierta por la luz. Me quedé sola en la biblioteca, con el corazón martilleando contra mis costillas. La advertencia de Julian no era una exageración; era un hecho. En esta casa, la cercanía entre nosotros era un pecado capital que Killian cobraría con sangre.

Regresé a mi habitación casi corriendo, con los pies descalzos entumecidos por el frío del mármol. Al cerrar la puerta y echar el cerrojo, me apoyé contra la madera, tratando de calmar mi respiración. El encuentro con Julian había abierto una herida que creía cerrada, una mezcla de esperanza y terror que me hacía sentir más vulnerable que nunca.

No tuve mucho tiempo para procesarlo. Al poco rato, llamaron a la puerta. No fue el golpe autoritario de Killian, sino el toque discreto de la empleada de antes.

—Señorita Valerius, el señor Blackwood solicita su presencia para la cena en treinta minutos —dijo a través de la madera—. Ha dejado instrucciones sobre su vestuario. Hay un paquete sobre el diván.

Abrí la puerta y vi que la mujer ya se alejaba. Sobre el diván de terciopelo gris descansaba una caja negra con el emblema de los Blackwood en dorado. Al abrirla, sentí una náusea repentina. Era un vestido de seda en un tono verde esmeralda tan profundo que parecía casi negro. Era elegante, costoso y, sobre todo, una declaración. Eran los colores de los Blackwood.

Me vestí mecánicamente. El tejido se deslizaba sobre mi piel como una caricia fría. El vestido se ajustaba a mis curvas de una manera que me hacía sentir expuesta, a pesar de que no mostraba mucha piel. Era el tipo de prenda que un hombre elige para presumir de su adquisición. Me miré al espejo, me maquillé para ocultar el rastro de las lágrimas y me recogí el cabello en un moño bajo, elegante y severo. La mujer que me devolvía la mirada parecía una extraña: una muñeca de porcelana lista para ser exhibida en una vitrina de lujo.

Bajé las escaleras cuando el reloj marcó las ocho. El comedor principal era una sala larga, presidida por una mesa de caoba que podía albergar a veinte comensales, pero solo había tres cubiertos puestos. Killian ya estaba allí, sentado en la cabecera, bebiendo una copa de vino tinto que parecía sangre bajo la luz de las velas. A su derecha, Julian estaba sentado con la espalda rígida, mirando fijamente su plato vacío.

Al entrar, el silencio se volvió denso. Killian levantó la vista y sus ojos recorrieron mi cuerpo con una lentitud deliberada que me hizo querer cubrirme con las manos. Una chispa de satisfacción cruzó su rostro al ver que llevaba el vestido que él había elegido.

—Puntual. Me gusta que aprendas rápido, Elena —dijo Killian, señalando con un gesto de la cabeza el asiento a su izquierda, justo frente a Julian—. Siéntate.

Me senté con la gracia que me habían inculcado desde niña, evitando mirar a Julian. Sabía que Killian estaba analizando cada micro-expresión, cada parpadeo. El aire entre los tres estaba cargado de una electricidad estática que amenazaba con estallar en cualquier momento.

La cena comenzó con una sopa de espárragos servida en silencio por el personal. El tintineo de las cucharas contra la porcelana era el único sonido en la habitación.

—Julian me decía que la biblioteca es un lugar excelente para reflexionar —comentó Killian de repente, rompiendo el silencio como un hacha rompiendo el hielo—. ¿No es así, hermano?

Julian se tensó tanto que temí que se rompiera. Levantó la vista, tratando de mantener una expresión neutral.

—Es el único lugar tranquilo de esta casa, Killian. Sabes que me gusta la lectura.

—Sí, la lectura... y los recuerdos —Killian se giró hacia mí, clavando su mirada en la mía—. ¿Has tenido oportunidad de ver la biblioteca, Elena? Es fascinante lo que uno puede encontrar entre las sombras cuando cree que nadie lo observa.

Mi pulso se aceleró. ¿Nos había visto? ¿O simplemente estaba jugando conmigo, disfrutando del miedo que veía en mis ojos?

—Es una colección impresionante —respondí, tratando de que mi voz no flaqueara—. Aunque prefiero los lugares con más luz.

—Aquí la luz la proporciono yo —replicó Killian, tomando un sorbo de vino—. Y a partir de ahora, no quiero que deambules por la casa durante la noche. Podrías... perderte. O encontrar algo que no estás preparada para manejar.

El segundo plato fue servido: un solomillo en su punto que ninguno de nosotros tocó realmente. Killian comenzó a hablar de la empresa de mi padre, detallando con crueldad cómo estaba desmantelando cada sección, vendiendo los activos que no le interesaban y absorbiendo los que sí. Hablaba de la destrucción de mi legado como si estuviera comentando el clima.

—Tu padre era un hombre débil, Elena —dijo, cortando la carne con una precisión quirúrgica—. Se rodeó de gente que le lamía las botas mientras le robaban los calcetines. Yo solo estoy limpiando la basura.

—Mi padre cometió errores, pero no es basura —dije, sintiendo que la rabia superaba a mi miedo—. Tú solo estás disfrutando de su caída porque no tienes nada más en tu vida que este rencor podrido.

Julian soltó un pequeño jadeo de advertencia, pero Killian no se enfureció. Al contrario, sonrió. Era una sonrisa oscura, llena de una superioridad que me heló la sangre.

—El rencor es un combustible excelente, querida. Me ha traído hasta aquí. Me ha permitido ponerte ese vestido y sentarte en mi mesa. Me ha permitido ser el dueño de cada centímetro de tierra que pisas.

En ese momento, Killian dejó su cubierto y estiró la mano por debajo de la mesa. Sentí su palma caliente y firme posarse sobre mi muslo, justo por encima de la rodilla. Me tensé violentamente, pero él apretó con fuerza, sus dedos hundiéndose en la seda del vestido y en mi carne.

—¿No te parece, Julian? —preguntó Killian, sin apartar la mano de mi pierna, mientras miraba fijamente a su hermano—. ¿No crees que Elena se ve exquisita hoy? Casi parece una de nosotros.

Julian miró a Killian y luego bajó la vista hacia donde la mano de su hermano desaparecía bajo la mesa. Pude ver el dolor y la impotencia en el rostro de Julian, una lucha interna que lo estaba destrozando. Killian lo sabía. Lo estaba haciendo a propósito: estaba marcando su territorio, usando mi cuerpo para herir a su hermano y recordarnos a ambos quién tenía el control absoluto.

Durante la cena, Killian apretó mi muslo bajo la mesa con una fuerza posesiva, desafiando a su hermano con la mirada. La presión de su mano era un recordatorio constante de mi esclavitud, un grito silencioso de que yo ya no era dueña de mis actos, ni de mis silencios, ni de mi propia piel.

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