Capítulo 1 Un beso lo cambia todo
Si alguien le hubiera dicho a Arianna Castelo, aquel martes por la mañana, que en menos de setenta y dos horas descubriría que era posible quedar embarazada de un beso, ella misma se habría recomendado, con toda la seriedad de su título, una evaluación psiquiátrica urgente. Pero el destino te da vueltas como nunca piensas que sucederían los acontecimientos; en ocasiones, la vida no te trata con lógica, sino con un ademán de sucesos que enredan a cada persona de la forma más inesperada.
Arianna era ginecóloga. Especialista en fertilidad, para ser exactos, lo cual significaba que se pasaba la vida ayudando a otras mujeres a conseguir lo que a ella, según la ciencia y un especialista bastante caro, le resultaba considerablemente más difícil. Su propio útero era una especie de fortaleza inexpugnable, un pequeño planeta hostil a cualquier intento de conquista. Cero bebés para la "hacedora de bebés ajenos", solía decirse a sí misma frente al espejo, con ese humor negro que solo se permite ahí.
Y como si el universo hubiera decidido cobrarse su cuota anual de ironía en un solo golpe, ese mismo año su marido había concluido que la fidelidad era un concepto demasiado rígido para un hombre de su sensibilidad. La noticia le llegó por accidente, en un mensaje de texto que jamás debió leer.
Aquella mañana, sin tiempo para revolcarse y gritarle al mundo "¿qué pasa con esta vida?", Marcela, su paciente desde hacía meses, acababa de recibir la confirmación de un embarazo de trillizos, logrado tras un esfuerzo que ambas conocían de memoria.
—Necesito unas vacaciones —le dijo Arianna a Epifanía, su enfermera—. Si confirmo un embarazo más esta semana, voy a empezar a hablarles a los embriones.
—Pues vete y no pienses en nada más —respondió Epifanía, sin levantar la vista de sus notas—. Playa, sol, nada de úteros. Te lo mereces.
Arianna no supo, en ese momento, si aquel consejo sería el mejor o el peor de su vida.
El yate era precioso: una vida entera ahorrando para tener una familia, y ahí estaba, gastándoselo todo en sí misma. El mar estaba en calma, y Arianna, por primera vez en meses, se sentía relajada, con un libro abierto sobre el regazo que llevaba tres capítulos sin leer.
Los ojos se le cerraron. ¿Sería posible tanta paz? Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer sobre su mejilla, como respondiendo a la pregunta.
El cielo, sin ninguna consideración por sus planes de descanso, se tornó gris y épico en segundos. Ráfagas de viento castigaron la embarcación, y apenas tuvo tiempo de sujetarse antes de que una ola la lanzara por la borda, justo cuando un tornado monstruoso terminaba de formarse frente a ella.
—Parece que ya no estoy en Kansas —alcanzó a decir, con ese sarcasmo que nunca la abandonaba.
Sacudida entre agua y restos de la embarcación, convencida de que aquel sería su final, sintió de pronto una calma que no pertenecía a este mundo: una bruma rosada la envolvió por completo, todo se volvió blanco, y el dolor desapareció.
Taedore llevaba tres semanas meditando bajo los árboles centenarios del bosque real, con la paciencia cada vez más desgastada. No tenía forma de saber que su tranquilidad estaba a punto de terminar de la manera más inesperada posible.
El cielo se abrió con un desgarro de luz, y algo —alguien— cayó directamente sobre él. El golpe lo derribó contra la piedra, y antes de comprender qué fuerza del destino se había desatado sobre su vida, sintió unos labios ajenos sobre los suyos.
Arianna despertó sobre algo cálido que respiraba, con forma de hombre bastante atractivo —dato que registró antes incluso que el detalle de que sus labios estaban sobre los de aquel desconocido.
Se apartó con un chillido, y se encontró cara a cara con un joven de cabello negro, ojos grises, y una expresión de puro terror.
—Esto no puede estar pasando —dijo él, llevándose una mano a la boca.
—Le aseguro que comparto el sentimiento —respondió ella, poniéndose de pie—, aunque sospecho que por razones distintas. ¿Dónde estoy? ¿Y quién es usted?
Lo observó de arriba abajo. Su atuendo parecía sacado de una novela de caballerías.
—Taedore. Príncipe de Arberik. —Se puso de pie con dignidad admirable, considerando que segundos antes ella había aterrizado sobre él como un meteorito pelirrojo—. Y usted acaba de cometer un error de proporciones que aún no logro calcular.
Arianna lo miró con curiosidad y diversión. Aquel rostro sonrojado, aquella indignación tan sincera, le resultaban demasiado ridículos para tomárselos en serio.
—¿Que usted es un príncipe? —sonrió, desafiante—. ¿Y esa cara de horror? Ni que hubiéramos vivido una noche de pasión. ¿Le robé acaso su primer beso?
Indignado ante lo que interpretó como una falta total de juicio, Taedore se acercó y le sujetó los hombros.
—No sé si está usted falta de cordura, o si es una forastera desvergonzada con intenciones ocultas. Cumpliré con mi deber como hombre, y me haré cargo de usted y de nuestro hijo.
—¿De dónde saca usted el tema de los hijos? ¿Tiene un teléfono? ¿Hay algún centro médico cerca?
Taedore no respondió. Simplemente la levantó entre sus brazos y echó a andar rumbo al campamento, ignorando sus protestas.
Fue entonces cuando un joven de cabello rubio y armadura reluciente irrumpió en el claro.
—Alteza —dijo, con voz cuidadosamente neutra—, ¿ha ocurrido algún incidente?
—Cassian —respondió Taedore, con el suspiro de quien se prepara para una conversación larga—, esta mujer me ha besado durante mi Consagración.
—Alteza... —Cassian estuvo a punto de llorar—. Su majestad la reina pedirá mi cabeza por esta deshonra.
—¿Deshonra? —Arianna alzó las manos al cielo—. Solo quiero volver a casa, a mi vida ordinaria de úteros y bebés. ¡Bájeme!
—No puedo —dijo Taedore—. Ahora lleva usted un hijo mío, heredero de Arberik. Me besó durante mi Consagración, y mi poder fértil se adhirió a usted. Yo lo sentí. Y estoy seguro de que usted también.
Fue ahí, mientras la cargaba con la solemnidad de quien porta una espada ceremonial, cuando Arianna se permitió por fin reconocer lo que llevaba minutos negándose a admitir: durante aquel beso accidental había sentido un calor extraño, un cosquilleo que la recorrió entera, y que había decidido atribuir, con la misma firmeza científica con que negaba lo del embarazo mágico, al susto. A cualquier cosa que no fuera lo que en realidad era.
—¿En serio quedé embarazada por un beso? —preguntó, con la voz mucho más pequeña de lo que le hubiera gustado.
