Capítulo 2 Labios en peligro
Tres semanas antes de que el cielo se abriera sobre el bosque real, Taedore y Cassian cabalgaban rumbo al monte Santo, escoltados por la guardia real, en dirección al campamento donde el príncipe pasaría su Consagración.
—El deber de todo noble es guardarse para su esposa —dijo Cassian, con la solemnidad de quien repite una lección aprendida de memoria—. Pasar la Consagración alejado de la ciudad es lo más recomendable, para evitar cualquier contacto con mujeres cazafortunas.
No había terminado la frase cuando un soldado, apostado entre la comitiva, se lanzó sobre el príncipe en busca de sus labios. Cassian, con una destreza que solo la práctica de años le permitía, sacó su espada e interpuso la hoja justo antes de que el beso se consumara.
Taedore quedó estupefacto al descubrir, bajo el yelmo caído, a una doncella disfrazada de soldado, apresada ya por la mano firme de su escudero.
—¿Lo ve, alteza? —dijo Cassian, sin soltarla—. Siempre hay quien aprovecha la ocasión para convertirse en su esposa.
Aquello, pensó Taedore mientras caminaba de vuelta al castillo con Arianna todavía protestando entre sus brazos, debería haberle servido de advertencia. Pero ni la doncella del monte Santo ni ningún sacerdote de la Orden lo habían preparado para lo que un beso accidental, caído literalmente del cielo, podía desatar.
—Bájeme —insistió Arianna, retorciéndose sin demasiado éxito—. Puedo caminar yo sola.
—Como guste.
Taedore la depositó en el suelo con una facilidad que a ella le pareció, muy a su pesar, bastante impresionante. No contaba, sin embargo, con lo que Arianna haría a continuación: apenas sus pies tocaron tierra, echó a correr entre los árboles con la determinación de quien no piensa, solo huye.
—Es muy obstinada — Alegó Cassian y apresuró el paso.
No llegó muy lejos. Cayó dando algunas volteretas por una pequeña pendiente y adolorida se puso en pie para seguir corriendo con el poco orgullo que le quedaba.
Cassian, que llevaba media vida entrenando para anticipar movimientos enemigos mucho más peligrosos que el de una forastera desorientada, la interceptó con un rodeo sencillo, cerrándole el paso sin necesidad de levantar siquiera la voz. Taedore la alcanzó un instante después, sin agitarse demasiado.
—¿A dónde pretendía ir exactamente? —preguntó, con una calma que resultaba, para Arianna, casi insultante.
—A cualquier lugar, a casa, lejos de esta tontería — Arianna parecía protestar como una niña perdida y a Taedore le pareció divertida su forma torpe de huida – ¡Lejos de tus labios!
—El bosque se extiende leguas en todas direcciones, y usted no conoce un solo camino. — le ofreció el brazo, como si aquel comentario zanjara la discusión por completo—. Sería una huida bastante breve, y bastante más peligrosa de lo que imagina.
Arianna, furiosa consigo misma por no tener un argumento mejor, no tuvo más remedio que aceptar, con los dientes apretados, que aquel hombre tenía razón.
Retomaron la marcha en un silencio incómodo, roto solo por el crujir de las botas sobre las hojas secas, hasta que un movimiento entre los arbustos puso en alerta a toda la escolta.
Un soldado —o alguien vestido como tal— salió al camino con paso decidido, directo hacia Taedore, con una mirada que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.
—¡Otra vez usted! —exclamó Cassian, desenvainando con un suspiro de fastidio profesional, como quien ya ha hecho aquello demasiadas veces esa misma semana.
La espada se interpuso entre el soldado y el príncipe justo a tiempo, y el yelmo cayó, revelando, por segunda vez, el rostro de una joven decidida a conseguir por la fuerza lo que ninguna carta de presentación formal le habría concedido jamás.
—¡Suéltenme! —protestó ella, mientras dos guardias la sujetaban— ¡Príncipe! ¡No me aleje, puedo ser una buena madre para su heredero!
Arianna observaba la escena con una mezcla de incredulidad y fascinación que no se molestó en disimular.
—¿Esto pasa seguido? —preguntó, mientras se llevaban a la joven entre forcejeos.
—Con más frecuencia de la que quisiera admitir —respondió Taedore, ajustándose la capa con el gesto cansado de quien ya considera aquello un gaje más de su cargo.
—No lo entiendo. —Arianna negó con la cabeza, todavía observando el punto por donde se había llevado a la doncella—. ¿Tan desesperadas están estas mujeres por sus labios, alteza?
—Es la Consagración. Dicen que despierta cierto... magnetismo. — El se acercó un poco y le insinuó mirándola a los ojos — ¿No lo has sentido? Dicen que es muy fuerte y desenfrenada, por eso los hombres nos recluimos lejos del alcance de las doncellas...
Ella miró los labios de Tedore y su cuerpo se sintió muy cálido y exitante, comenzaron a parecerle sumamente irresistibles. Lo cual es completamente ridículo, dadas las circunstancias.
—Pues empiezo a entender la desesperación. —Las palabras se le escaparon antes de poder contenerlas, y se arrepintió al instante, sintiendo que el calor le subía por el cuello se puso muy nerviosa—. Quiero decir...
Taedore la observó mientras trataba de explicar su punto sin lograr atinar a nada, sonrió y camino por delante de ella.
—Valla pues gracias — Dijo en un tono juguetón.
—No es un cumplido. Es un diagnóstico. Y uno bastante preocupante, si me lo pregunta. ¡Ay! — Se quejó por una pierna lastimada durante la huida. El príncipe retrocedió y sin pedir permiso la tomó en sus brazos y la llevó durante el resto del camino.
Siguieron caminando, ninguno de los dos dispuesto a añadir nada más al respecto, hasta que los árboles se abrieron y, tras un último recodo del camino, las torres del castillo de Arberik se alzaron ante ellos, doradas por la luz de la tarde, imponentes y ajenas a la tormenta que estaba a punto de desatarse puertas adentro.
