Capítulo 3 Secretos guardados y un pobre sofá
La reina Yseult no era mujer de escándalos públicos. Había gobernado Arberik ella sola durante más de una década, desde la muerte de su esposo.
Taedore entró en los aposentos privados de su madre con Arianna todavía en brazos, y la reina hizo salir a todos los sirvientes con un solo gesto de la mano, sin permitir que quedaran dentro más que Ottilia, la sanadora real, y el pobre Cassian, que hubiera preferido encontrarse en cualquier otro lugar del reino en ese instante.
—Puede bajarme ya, alteza —dijo Arianna, entre dientes, en cuanto las puertas se cerraron.
Taedore la depositó en el suelo con un cuidado casi exagerado, y se volvió hacia su madre con la espalda recta.
—Madre. Debo informarte de un incidente ocurrido durante mi Consagración.
La reina cerró los ojos un instante, reuniendo paciencia, y lanzó una mirada aterradora a Cassian, quien bajó la cabeza en señal de sumisión.
—Un beso —confirmó Taedore.
—Tres semanas. Solo tenías que sobrevivir tres semanas de recogimiento.
—Créeme, madre, nadie lamenta más que yo la puntualidad de esta forastera.
Arianna, que escuchaba aquel intercambio con la sensación de presenciar una obra sin haber leído el guion, decidió intervenir.
—Con todo respeto, majestad, soy ginecóloga, y les aseguro que un beso no provoca ningún embarazo en ningún lugar que yo conozca.
—En este sí —dijo la reina, sin la menor duda en la voz, como quien no ha necesitado dudar de nada en toda su vida—. Y lamento terriblemente que alguien tan vulgar haya de ser la madre de mi nieto. —Miró con desprecio, de arriba abajo, la ropa reveladora y poco recatada de la joven, y sin más ceremonia le indicó a la sanadora que procediera de inmediato.
Ottilia hizo recostar a Arianna sobre un sofá y descubrió su vientre con manos expertas; los jóvenes, cohibidos, apartaron la mirada con pudor. La sanadora ubicó la piedra santa sobre ella y esperó, en un silencio tenso que pareció durar mucho más de lo que en realidad duró. En pocos segundos, la piedra se iluminó con una luz dorada intensa, mientras un segundo destello surgía, simultáneo, del pecho de Taedore, como si su propio cuerpo respondiera al de ella en perfecto eco. El vientre de Arianna se movió entonces como si tuviera vida propia, y él la observó con un asombro que no logró disimular.
—Imposible —susurró ella, mirando la piedra con la misma expresión que reservaba para los resultados de laboratorio que contradecían todo lo que sabía.
—Y sin embargo, ahí está —dijo Ottilia—. Hay un nuevo miembro de la realeza creciendo dentro de usted.
La reina se puso en pie.
—Bien. Esto es lo que va a suceder: esta señorita se alojará en el ala privada, lejos de la vista del resto del palacio y de cualquier lengua chismosa, hasta que sepamos cómo proceder con este suceso tan bochornoso.
—¡Pero madre!
—¡Sin réplicas! Suficiente con un beso.
Todos asintieron sin cuestionar nada, aunque Arianna todavía no había procesado la noticia sobre su reciente maternidad.
La habitación que le asignaron era amplia y luminosa, con ventanales altos que daban a un jardín interior, y estaba, como había prometido la reina, bien alejada de cualquier curioso. Taedore la acompañó en persona, sosteniendo la puerta y ayudándola a instalarse con una atención que a Arianna, todavía aturdida, le costó no notar.
—Aquí estarás segura —dijo, abriendo la puerta con un gesto casi ceremonioso—. Cualquier cosa que necesites, solo debes pedirla.
—Lo que necesito —dijo Arianna, dejándose caer sobre un sofá de terciopelo azul— es entender cómo es posible lo que me está sucediendo. ¿Voy a tener un hijo? ¿Nadie en la Tierra se embaraza así?
Taedore se sentó a su lado, manteniendo una distancia que, a juzgar por su expresión, le costaba bastante sostener.
—¿Cómo es? —preguntó, con curiosidad genuina—. Tener un hijo. En la Tierra.
—Es maravilloso, cuando se puede. —Su voz se suavizó, perdiendo por completo el sarcasmo que solía protegerla como una armadura—. Yo ayudo a otras mujeres a conseguirlo todos los días, y siempre pensé que jamás tendría la oportunidad de vivirlo yo misma. Y ahora resulta que un beso, un simple beso, logró lo que años enteros de tratamientos nunca consiguieron. La ironía es tan grande que casi da risa, si no fuera porque también da un poco de miedo.
—¿Un beso? —Frunció el ceño, confundido—. ¿Así se conciben los hijos en la Tierra?
Arianna soltó una carcajada, la primera de verdad desde el tornado.
—No, alteza. Hace falta bastante más que un beso.
—¿Como qué?
La pregunta, tan inocente que resultaba entrañable, la dejó momentáneamente sin palabras. Lo miró, tan cerca, con aquellos ojos grises llenos de curiosidad, y sintió un calor subiéndole por el cuello.
—Digamos —respondió, con una sonrisa que se le escapó— que hace falta bastante más cercanía de la que estamos teniendo ahora mismo. Y bastante menos ropa.
Fue un error decirlo. O quizás era exactamente lo que ambos esperaban que alguien dijera.
Taedore se acercó despacio, con una intensidad que ella reconoció de inmediato.
—Arianna —murmuró, la primera vez que decía su nombre sin título alguno. Miró su boca, tocó sus labios con los dedos, y ella se dejó acariciar.
Se inclinaron el uno hacia el otro con una fuerza magnética que parecía gobernarlos. Taedore apoyó una mano en el respaldo del sofá, sin medir del todo la fuerza recién descubierta que corría por su cuerpo.
El crujido fue estruendoso.
El sofá se partió por la mitad, y ambos se separaron de un salto, cayendo cada uno hacia un extremo.
—¡Cielo santo! —murmuró Taedore, mirándose las manos—. Lo siento. Yo no pretendía...
Arianna, con el cabello revuelto y las mejillas ardiendo, se puso de pie, alisándose la ropa, atrapada en aquella sensación, sin saber cómo se había dejado llevar tan frenéticamente por los labios de un desconocido.
Taedore se levantó también, respirando con la agitación de quien acaba de correr una distancia considerable.
—La veré en la cena —dijo, con una formalidad repentina que a ninguno de los dos engañó, y salió con pasos rápidos, dejando tras de sí un sofá partido, y un corazón acelerado.
