Capítulo 4 Lo que se sueña y lo que se calla
Taedore estaba acostado en su habitación, con un brazo sobre el rostro, las mejillas rojas y la respiración todavía agitada.
—¿Cómo se crean los hijos en el mundo de Arianna? Acaso... ¿Por qué diría lo de la ropa? —Trataba de adivinarlo, cuando una pregunta mucho más vergonzosa le surgió sin permiso—. ¿Por dónde transmiten su esencia? — El corazón le comenzó a latir con más fuerza, como caballo desbocado y tocando sus labios con más deseos que pudor lo venció el cansancio del día y sus ojos se cerraron para dar paso al sueño.
La noche cayó sobre el castillo de Arberik con esa lentitud ceremoniosa propia de los lugares donde hasta el atardecer parece seguir un protocolo. Arianna, agotada tras un día que incluía un diagnóstico mágico, una mudanza forzosa y un sofá sacrificado en nombre de la pasión, se dejó caer sobre la cama de su nueva habitación con la sensación de que su cuerpo, por fin, había decidido rendirse.
No tardó en dormirse. Y no tardó, tampoco, en darse cuenta de que aquello no era un sueño cualquiera.
Se encontró caminando por un jardín que no existía en ningún lugar que ella conociera, bajo un cielo salpicado de estrellas demasiado brillantes para ser reales, con el aroma de flores nocturnas envolviéndolo todo.
Y entonces lo vio a él.
Taedore la esperaba junto a una fuente de agua plateada, vestido con algo sencillo, casi vulnerable, que lo hacía parecer, por primera vez, no un príncipe atrapado en el deber, sino simplemente un hombre.
—¿Esto también es magia? —preguntó ella, acercándose sin saber muy bien por qué sus pies parecían moverse solos.
—No lo sé —respondió él, con una sonrisa que Arianna no le había visto antes—. Pero si es un sueño, es el más extraño y el más hermoso que he tenido jamás.
Caminaron entre los rosales imposibles de aquel jardín, sin la urgencia ni la torpeza que los perseguía despiertos.
—Cuénteme algo de usted —pidió Taedore—. Algo que no tenga que ver con embarazos mágicos ni con reinos que la asustan.
—Me gusta el chocolate caliente en días de lluvia. Y ver series románticas desde mi SmartTV, aunque sepa que los amores de novela parecen ser imposible.
—¿SmartTV?
—Es algo de la Tierra, una tecnología de época —Sonrió, sin sarcasmo ni defensa, solo cansancio dulce—. ¿Y usted, alteza? ¿Qué le gusta a un príncipe cuando nadie lo obliga a ser príncipe?
Taedore se detuvo junto a la fuente, mirando el agua como si buscara ahí la respuesta.
—Me gustaría, algún día, no tener que calcular cada decisión en función de lo que el reino espera de mí. —Su voz sonó más baja, más honesta de lo que jamás sonaba despierto—. A veces todo se basa en reglas y estrategias políticas y olvidamos que también tenemos sentimientos como todos. Que la vida es más que castillos y sacrificarse por un bien mayor, que también la realeza tiene impulsos y deseos — la miró añorando estar más cerca.
—¿Y que deseas tu Taedore?—dijo Arianna, acercándose sin pensarlo— Acaso yo soy parte de esos pensamientos tuyos?
Arianna se dejó llevar por la libertad de aquel sueño sin ataduras, sin frenos y perjuicios, lo que no imaginaba ninguno de los dos, en aquel instante, era que aquel jardín no era un simple producto del cansancio, sino el primero de los vínculos que la magia del embarazo tejía entre ellos. Y que, a pesar de todo, estaban interactuando entre sí desde sus mentes.
Bajo aquellas estrellas imposibles, Taedore tomó su mano con una delicadeza que jamás se habría permitido despierto, y Arianna sintió que el miedo cedía terreno a algo mucho más peligroso: la ternura.
—Si esto es un sueño quisiera no tener que despertar —murmuró él— quisiera poder atesorar este momento para siempre.
—Yo también —respondió ella— deseo que sea más que solo un sueño, porque este ha sido el mejor sueño romántico que he tenido en mucho tiempo.
Mientras el jardín de los sueños envolvía a los dos jóvenes, en los aposentos privados de la reina, Ottilia recibía instrucciones de Yseult.
—Me preocupa este enlace que se ha creado con Taedore. No es bien visto un hijo fuera del matrimonio, y me niego a dejar bastardos diseminados por el mundo.
—Podría casarse con la joven.
—Esa mujer carece de casta y linaje. Sería una pésima reina para Arberik.
—Pero majestad, ya se ha creado un vínculo mágico entre ellos, e irá creciendo con los días. Si no toma precauciones, será muy evidente para todos.
—¡Vergüenza! —se lamentó—. Un ultraje para la corona y nuestra sangre.
—Podría rebautizarla, añadirle un rango y un nombre. Podría arreglar este matrimonio y reivindicar la afrenta.
En el jardín de los sueños, ajenos por completo a la conversación que sellaba su destino sin su conocimiento, Arianna y Taedore permanecían junto a la fuente, tomados de la mano.
—Debería despertar pronto —dijo Arianna, sin soltarle la mano.
—Todavía no —respondió él—. Quedémonos un poco más.
Y así, bajo un cielo que no existía en ningún mapa de ningún mundo, los dos permanecieron un rato más, mientras en algún lugar del castillo, una reina viuda tramaba un arreglo matrimonial.
Epílogo
Sentada frente a una colega, meses atrás en la Tierra, Arianna recibía la noticia de su fracaso por embarazarse.
—Lo siento mucho, pero no hay forma de que quedes embarazada de forma natural. Podríamos intentar inseminarte, pero no hay garantía de que funcione.
